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Discurso del Premio de la Paz
Tribuna
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Si la paz fuera un premio

¿Qué hacemos con la libertad de expresión cuando sufre abusos por doquier? Es preciso contrarrestar los relatos falsos con mejores relatos, responder al odio con amor y creer que la verdad aún puede triunfar, incluso en una época dominada por las mentiras

El escritor Salman Rushdie ofrece una rueda de prensa durante la Feria del Libro de Fráncfort, el pasado 20 de octubre.
El escritor Salman Rushdie ofrece una rueda de prensa durante la Feria del Libro de Fráncfort, el pasado 20 de octubre.KAI PFAFFENBACH (REUTERS)

Gracias a todos por su presencia hoy aquí. Gracias al alcalde Mike Josef (qué preciosa introducción), a Robert Habeck y sus colegas del Gobierno y los parlamentos regionales, y por supuesto a todos ustedes, los que han venido desde cerca o desde lejos, para que yo pueda presentarme aquí. Agradezco enormemente este magnífico premio, que conozco y respeto desde hace mucho tiempo, sin haber llegado siquiera a imaginarme que pudiera encontrármelo en mi camino, y cuya lista de anteriores ganadores, que en algunos casos nos acompañan hoy, no tiene parangón. Mi más profundo agradecimiento al jurado del Premio de la Paz, presidido por Karin Schmidt-Friedrichs. También a Daniel Kehlmann, a quien tanto admiro como escritor. Me alegro mucho de que haya dejado a un lado las tareas de publicación de su propio libro y que haya encontrado tiempo para presentar su hermosa laudatoria. Igualmente desearía presentar mis respetos al edificio en el que estamos reunidos, un símbolo de la libertad. Es un privilegio que te pidan hablar entre estos muros.

Y ahora, para empezar, permítanme que les cuente una historia. Érase una vez dos chacales, Karataka, cuyo nombre significaba cauteloso, y Damanaka, cuyo nombre significaba atrevido. Tenían un rango secundario en el séquito del rey león Pingalaka, pero eran ambiciosos y astutos. Un día el rey león se asustó al oír un estruendo en los bosques, que los chacales sabían que era el mugido de un toro desbocado, algo que no debía asustar a un león. Los chacales visitaron al toro y lo convencieron de que se presentara ante el león y se declarara amigo suyo. Al toro le daba miedo el león, pero aceptó, así que el rey y el toro se hicieron amigos, y el agradecido monarca ascendió a los chacales al rango superior. Por desgracia, el león y el toro comenzaron a pasar tanto tiempo juntos conversando que el primero dejó de cazar y los animales de su séquito pasaban hambre. Entonces los chacales convencieron al rey de que el toro estaba conspirando contra él, y al toro lo convencieron de que el león planeaba su muerte, así que el león y el toro se enfrentaron, el toro murió, todos tuvieron carne de sobra para alimentarse, la consideración que los chacales le merecían al león mejoró aún más, porque le habían advertido de la conspiración, y los demás habitantes de la selva también comenzaron a valorar de otro modo a los chacales, salvo, por supuesto, el pobre toro, aunque eso ya no importaba, porque estaba muerto y a todos les había proporcionado un excelente almuerzo.

En líneas muy generales, este es el marco en el que se desarrolla la historia de la primera y más larga de las cinco partes del llamado Panchatantra, un libro de fábulas protagonizadas por animales, y cuyo título es Sobre cómo llevar a los amigos al desacuerdo. La tercera parte, Guerra y paz, un título posteriormente utilizado por otro libro bien conocido, describe un conflicto entre cuervos y búhos, en el que los engaños de un cuervo traicionero provocan la derrota y la destrucción de los búhos. En mi novela Ciudad Victoria utilicé una versión de este relato.

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Lo que siempre me ha parecido fascinante o realmente atractivo de las historias del Panchatantra es que muchas de ellas no son moralizantes. No predican ni la bondad, ni la virtud, ni la modestia, ni la sinceridad ni la contención. Con frecuencia, todos los obstáculos se salvan gracias a la astucia, la estrategia y la amoralidad. Los buenos no siempre ganan (y ni siquiera suele estar claro quiénes son). Esta es la razón de que al lector actual esos cuentos le parezcan asombrosamente contemporáneos, porque nosotros, los lectores actuales, vivimos en un mundo amoral, desvergonzado, traicionero y artero, en el que por doquier es frecuente que los malos ganen.

“¿De dónde vienen las historias”, pregunta el pequeño Harún al fabulador de su padre en mi novela Harún y el mar de las historias, y la esencia de la respuesta es que provienen de otras, del océano de historias en las que todos navegamos. Pero hay que señalar que no es ese su único origen. También están la propia experiencia del fabulador y sus opiniones vitales, así como la época en la que vive; pero, en cierto modo, la mayoría de las historias hunden sus raíces en otras historias, quizá en muchas otras, que se combinan, conectan y transforman, para así convertirse en otras nuevas. A este proceso lo llamamos imaginación.

A mí siempre me han inspirado las mitologías, los cuentos populares y los de hadas, no porque contengan milagros, como animales que hablan o peces mágicos, sino porque sintetizan la verdad. Por ejemplo, la historia de Orfeo y Eurídice, que fue una importante inspiración para mi novela El suelo bajo sus pies, se puede contar en menos de cien palabras, pero contiene, de forma condensada, preguntas trascendentales sobre la relación entre el arte, el amor y la muerte. Se pregunta si el amor, con la ayuda del arte, puede vencer a la muerte. Pero quizá su respuesta sea: ¿acaso la muerte, a pesar del arte, no vence al amor? O quizá nos diga, más bien, que el arte, al centrarse en el amor y la muerte, trasciende esos temas, convirtiéndolos en historias inmortales. Esas cien palabras contienen profundidad suficiente para inspirar mil novelas.

Los depósitos de mitos son realmente abundantes. Están los griegos, por supuesto, pero también la prosa nórdica y la Edda poética. Esopo, Homero, El anillo de los Nibelungos, las leyendas celtas y las tres grandes tradiciones europeas: la francesa, relacionada con el corpus de historias que rodean a Carlomagno; la de la Roma clásica, relativa al imperio, y la británica, con leyendas que tienen que ver con la figura del rey Arturo. Aquí en Alemania ustedes tienen los cuentos populares reunidos por Jakob y Wilhelm Grimm. Sin embargo, en la India, antes de escuchar todas esas historias, yo me crié con el Panchatantra, y cuando, como ahora, voy a iniciar un proyecto literario después de finalizar otro, regreso a esos astutos y taimados chacales, cuervos y otros animales, para preguntarles qué historia debo narrar a continuación. Hasta ahora nunca me han defraudado. Todo lo que necesito saber sobre bondad y su contrario, sobre libertad y cautividad, y sobre conflictos, se encuentra en esos relatos. Sin embargo, para encontrar amor, hay que buscar en otra parte.

Y ahora estoy aquí para recibir un premio de la paz y me pregunto qué nos dice el mundo de la fabulación sobre la paz.

La respuesta no es muy alentadora. Homero nos dice que la paz llega tras una década de guerra, cuando todos nuestros seres queridos han muerto y Troya está en ruinas. Los mitos nórdicos nos dicen que la paz llega después del Ragnarøk, el crepúsculo de los dioses, cuando estos destruyen a sus enemigos tradicionales, pero estos también los destruyen a ellos. La palabra alemana para designar este acontecimiento, Götterdämmerung, es mucho más exacta que su equivalente en inglés twilight (crepúsculo). El Mahabharata y el Ramayana también nos dicen que la paz se paga con sangre. Y el Panchatantra nos dice que la paz, es decir, la muerte de los búhos y la victoria de los cuervos, solo se alcanza mediante una traición. Y si abandonamos durante un momento las leyendas del pasado para centrarnos en dos leyendas del último verano —me refiero, por supuesto, al doble bombazo cinematográfico llamado Barbenheimer—, la película Oppenheimer nos recuerda que la paz solo llegó después de que dos bombas atómicas llamadas Little Boy y Fat Man (El Niño y El Gordo) se lanzaran sobre los habitantes de Hiroshima y Nagasaki; en tanto que el taquillazo titulado Barbie deja claro que la paz sin fisuras y la felicidad en estado puro, en un mundo en el que todos los días son perfectos y las noches siempre son juergas de chicas, solo existe cuando eres de plástico rosa.

Y aquí estamos reunidos para hablar de paz cuando, no muy lejos de aquí, hay una guerra encarnizada, una guerra concebida por un tirano y por su ambición de poder y conquista, una triste historia que el público alemán conocerá bien, y otro espantoso conflicto ha estallado en Israel y la franja de Gaza. Ahora mismo, la paz parece una fantasía concebida bajo los efectos de un narcótico que se fuma en pipa. Hasta el significado de la palabra guerra es algo sobre lo que los combatientes no se ponen de acuerdo. Para Ucrania, la paz significa algo más que el cese de las hostilidades. Significa, y así debe ser, la recuperación del territorio ocupado y una soberanía con garantías. Para el enemigo de Ucrania, la paz significa la rendición de esta, y el reconocimiento de que los territorios perdidos, perdidos están. La misma palabra, con dos definiciones incompatibles. Para Israel y los palestinos, la paz parece estar todavía más lejos.

Es difícil firmar la paz, y también alcanzarla.

Sin embargo, es cierto que no dejamos de anhelar, no solo la gran paz que llega al final de una guerra, sino la pequeña paz de nuestra vida privada, la que consiste en sentirnos en paz con nuestra propia existencia y con el pequeño mundo que nos rodea. Para Walt Whitman, la paz era como el sol que nos baña todos los días:

¡Oh, sol de paz verdadera! ¡Oh, luz apresurada!

¡Oh, libre y extático! ¿Cuál es aquí mi canto? ¿Cuál mi preparación?

¡El sol del mundo se alzará, deslumbrante, y alcanzará su cenit.

Y tú también, ideal mío, te alzarás sin duda!

El “ideal” de Whitman era la paz. Así que, reunidos como estamos en este hermoso lugar, coincidamos con él en que, por difícil que sea alcanzarlo, por imposible que parezca poder conservarlo, ese algo tan difícil de definir, pese a todo, es uno de nuestros grandes valores, algo que hay que buscar fervientemente.

Mis padres así lo pensaban cuando me llamaron Salman, un nombre que procede del sustantivo salamat, que significa paz. De manera que Salman es “pacífico”. Y, de hecho, yo fui un muchacho enormemente tranquilo, obediente, aplicado, de nombre y naturaleza pacíficos. Los problemas vinieron después. Pero yo siempre me he visto de esa manera. Aunque de adulto haya tenido otras ideas.

En mi obra han influido las fábulas, pero un premio de la Paz también tiene un elemento claramente fabulador. Me gusta pensar que la paz misma pueda ser realmente el premio, que este jurado tenga algo de mágico, incluso de fantástico; que haya un jurado de sabios benefactores tan infinitamente poderoso que, una vez al año, ni una más, pueda otorgar a un solo individuo, ni a uno más, el premio de un año de paz. La paz misma, verdadera, dichosa, perfecta, no el contento trivial de una paz corriente, sino una excelente añada de Pax Francfortiana que durante todo un año te entreguen a domicilio, en elegantes botellas. Ese sería un premio que me encantaría recibir. Estoy pensando incluso en dedicarle una historia: El hombre que recibió como premio la paz.

Imagino que tiene lugar en un pueblo pequeño, quizá durante las fiestas. Se celebran los concursos habituales: a las mejores tartas y galletas, a las mejores sandías y verduras; concursos para adivinar el peso de un cerdo; concursos de belleza, de canciones, de bailes. En un carromato pintado de vivos colores tirado por un caballo llega un buhonero vestido con una andrajosa levita; parece el embaucador Profesor Marvel de El mago de Oz, y dice que, si le permiten evaluar a los concursantes, ofrecerá los mejores premios que verse puedan. “¡Los mejores premios!”, proclama. “¡Acérquense, acérquense!”, y la gente sencilla del pueblo se acerca, y el buhonero entrega botellitas a los diferentes agraciados, botellas marcadas con etiquetas que dicen Verdad¸ Belleza, Libertad, Bondad y Paz. Qué decepción para los aldeanos. Habrían preferido dinero contante y sonante. Y durante el año posterior a las fiestas se producen extraños sucesos. Después de beber el líquido de su botella, el ganador del premio a la Verdad comienza a molestar a sus paisanos y a distanciarse de ellos diciéndoles la opinión que verdaderamente le merecen. La Belleza, después de beber su premio, se vuelve aún más hermosa, por lo menos eso es lo que ella cree, pero también se hace insufriblemente fatua. El licencioso comportamiento de la Libertad escandaliza a muchos de sus paisanos, que llegan a pensar que su botella debía de contener alguna potente sustancia. La Bondad se proclama santa y, por supuesto, después a todo el mundo le parece insoportable. Y la Paz se limita a sentarse sonriente debajo de un árbol. En una aldea tan agitada, esa sonrisa también resulta enormemente irritante. Un año después, cuando se vuelven a celebrar las fiestas, el buhonero regresa, pero lo echan del pueblo. “¡Lárgate!”, le espetan los aldeanos. “No queremos premios como esos. Una escarapela, un queso, un trozo de jamón o una cinta roja sujetando una brillante medalla. Esos sí son premios normales. Esos son los que queremos”.

No sé si llegaré a escribir esa historia. Por lo menos puede servir para ejemplificar, con buen humor, algo bastante serio: que hay conceptos que, aunque creamos que todos podemos considerarlos virtuosos, pueden acabar viéndose como vicios, y que todo depende del punto de vista de cada uno y de los efectos de esos conceptos en el mundo real. En el libro de Italo Calvino El vizconde demediado, el héroe queda partido en dos cuando una bala de cañón le alcanza de pleno en el pecho. Sus dos mitades sobreviven porque un diestro medico restaña las heridas, pero resulta que el vizconde ha quedado partido en dos mitades tan distintas moral como físicamente. Ahora, una de las dos es increíblemente bondadosa, en tanto que la otra es de una absoluta perversidad. Sin embargo, las dos causan el mismo daño al mundo, y su trato es igualmente espantoso, hasta que el mismo médico vuelve a unirlas, y, una vez en un mismo cuerpo, retoman la pluralidad moral, es decir, la propia del ser humano.

Durante muchos años, mi destino ha consistido en beber de la botella marcada con la etiqueta Libertad, y, por tanto, escribir sin comedimiento los libros que se me venían a la cabeza, y ahora, cuando estoy a punto de publicar mi novela vigésimo segunda, tengo que decir que en 21 de esas 22 ocasiones ha merecido la pena beber el elixir, y que he tenido una buena vida desempeñando el único trabajo que siempre quise tener. En la ocasión que falta, es decir, cuando publiqué mi cuarta novela, aprendí —muchos aprendimos— que la libertad puede desatar una fuerza igual y opuesta de aquellos que se le oponen, y también aprendí cómo enfrentarme a las consecuencias de esa reacción, y a continuar ejerciendo mi arte lo mejor que pude, sin trabas, como siempre quise. Igualmente aprendí que muchos otros escritores y artistas, en el ejercicio de su libertad, también se enfrentaban a los enemigos de la antilibertad, y que, en suma, beber el vino de la libertad puede ser peligroso. Pero eso hacía que defenderla fuera todavía más necesario, más esencial, más importante, y yo creo que, junto a otros muchos, he hecho todo lo posible por defenderla. Confieso que ha habido momentos en los que habría preferido haber bebido el elixir de la Paz y pasarme la vida sentado debajo de un árbol con una sonrisa gozosa y beatífica, pero no fue esa la botella que me dio el buhonero.

Vivimos una época que no pensé que llegara a vivir, una época en la que la libertad —y en concreto la de expresión, sin la cual el mundo de los libros no podría existir— se ve en todas partes atacada por voces reaccionarias, autoritarias, populistas, demagógicas, poco formadas, narcisistas y descuidadas; en la que los centros educativos y las bibliotecas suscitan hostilidad y censura, y en la que ideologías extremistas, religiosas y fanáticas han comenzado a inmiscuirse en esferas de la vida que no les atañen. Y también se están alzando voces progresistas a favor de un nuevo tipo de censura biempensante, de apariencia virtuosa, que mucha gente, sobre todo jóvenes, ha comenzado a identificar con la virtud. De manera que la libertad sufre presiones a izquierda y derecha, de jóvenes y viejos. Es un fenómeno nuevo, que complican todavía más las novedosas herramientas de comunicación, internet, en las que páginas bien diseñadas de mentiras malintencionadas conviven con la verdad, y a mucha gente le resulta difícil distinguir entre unas y otra; y nuestros medios sociales, en los que todos los días se abusa del concepto de libertad para permitir que con frecuencia imponga sus criterios una especie de turba digital, que los multimillonarios propietarios de esas plataformas parecen cada vez más dispuestos a fomentar y a sacarle provecho.

¿Qué hacemos con la libertad de expresión cuando sufre abusos por doquier? Tenemos que seguir haciendo, con renovado vigor, lo que siempre hemos necesitado hacer: cuando el discurso es malo, hay que responderle con un discurso mejor; es preciso contrarrestar los relatos falsos con mejores relatos, responder al odio con amor y creer que la verdad aún puede triunfar, incluso en una época dominada por las mentiras. Debemos defenderla fervientemente, y darle una definición lo más amplia posible; así que debemos, sin duda, defender discursos que nos ofenden, porque, de no ser así, no estaríamos defendiendo en absoluto la libertad de expresión. Los editores se encuentran entre los principales guardianes de la libertad. Gracias por la labor que desempeñan ustedes; les ruego la hagan todavía mejor y con más coraje, permitiendo que se expresen mil y una voces, de mil y una formas distintas.

Como decía Cavafis, Los bárbaros llegarán hoy y yo estoy seguro de que a la ignorancia se responde con el arte, a la barbarie con la civilización y de que, en una cultura de guerra, quizá artistas de todo tipo —cineastas, actores, cantantes, y también, por supuesto, creadores de ese arte que todos los años reúne a las gentes del libro en Fráncfort— todavía pueden, si se unen, expulsar a los bárbaros de sus puertas.

Antes de terminar esta intervención me gustaría dar las gracias a todos aquellos que en Alemania y otros países alzaron su voz para solidarizarse y mostrarme su simpatía después del atentado que sufrí hace unos 14 meses. Ese apoyo fue muy importante para mí, y también para mi familia, y demostró que, en todo el mundo, la libertad de expresión se defiende apasionadamente y que está muy extendida. La indignación que se manifestó después del atentado del 12 de agosto surgió de la simpatía hacia mí, pero también, y esto en aún más importante, del horror —vuestro horror—, que suscitó que un valor capital de las sociedades libres se hubiera visto atacado de forma tan brutal por la ignorancia. Lo que más agradezco fue la corriente de amistad que recibí, y haré lo posible por seguir luchando por aquello que todos vosotros defendisteis al alzar la voz.

Sin embargo, cuando me vaya a casa con este Premio de la Paz, también me detendré un momento a beber el elixir, y a sentarme tranquilamente bajo un árbol con una sonrisa gozosa y beatífica. Gracias a todos.

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