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tribuna
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¿Qué hacer con Rusia?

Durante años, la Unión Europea ha tenido una política hacia Moscú que, como poco, se puede tachar de escasamente hábil. Letonia es un laboratorio del que aprender

Vladímir Putin
Una pancarta de protesta contra Vladímir Putin se desplegó el pasado mes de febrero en el centro de Riga para recordar el primer aniversario del inicio de la invasión rusa de Ucrania.Andrey Rudakov (Bloomberg)

No es tiempo todavía para hablar de paz con Rusia. La agresión no tiene visos de parar. Ceder ahora los territorios ucranios ocupados por la fuerza no traerá la paz a Ucrania, sino una tregua que no sabemos cómo terminaría, porque serviría, seguramente, solo para reforzar las posiciones del régimen ruso. Necesitamos otra Rusia con la que hablar. Y necesitamos otras estrategias.

Durante años, la Unión Europea ha tenido una política hacia Rusia que, como poco, se puede tachar de escasamente hábil. Por un lado, aceptando con remilgos la deriva cada vez más autoritaria e imperialista de Vladímir Putin, pensando que pasaría todo cuando se diera cuenta de las ventajas —económicas— de cooperar con Europa. Sin poner límites a las agresiones, más que con la boca pequeña. Por otro, humillando a los rusos —tanto a los opositores como al mundo putinista— por no ser capaces de comprender cómo interactuar con Rusia, dejando a veces en manos de políticos llenos de prejuicios antirrusos la política hacia el Este. Y, sobre todo, sin ser capaces de ofrecer una alternativa europea, poderosa, clara, vinculante, que hubiera atraído en un concepto de seguridad y cooperación tanto a Rusia, como a Ucrania. Sí, a la vez. Se pudo haber logrado. En especial, la actuación europea durante la crisis del Maidán fue extraordinariamente torpe. Pero habría que haber empezado mucho antes. Y se dijo. Se advirtió. Pero la política diaria arrastraba demasiado.

Reconozco que es difícil conjuntar direcciones tan divergentes de la política exterior. Pero al menos el diseño de un espacio que hubiera posibilitado superar las reticencias rusas, evitando la sensación de aislamiento, que ha reforzado al régimen una y otra vez, habría sido posible. Quizá la última posibilidad de esto fue, ya lo escribí en EL PAÍS por entonces, durante la crisis bielorrusa de 2020.

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¿Qué podemos hacer ahora? Tenemos la conciencia clara de que hay que apoyar a Ucrania hasta el final. Esta es la única posibilidad para que el régimen ruso cambie. Pero esto no basta. No es buena idea tampoco dejar que Estados Unidos penetren aún más y más en los diseños de las políticas europeas hacia el Este. Sus intereses son muy distintos de los nuestros, incluso en algunos aspectos hasta incompatibles. Con Estados Unidos hay que tener unidad en la construcción de las defensas militares europeas. Pero no en la fundamentación del entramado político que las sustente. Eso es, y debe ser, cosa nuestra. Y hay que encontrar alternativas.

Últimamente he pasado algún tiempo en Riga, capital de Letonia. Aquí la guerra de Ucrania está presente por todos lados —aunque admito que algo menos que hace un año—. Hay por todos lados banderas ucranias, en los cafés hay huchas para recaudar ayuda humanitaria, se ven también —igualmente en menor cantidad— refugiados.

Letonia es un lugar muy especial. Al menos un tercio de la población habla ruso en su vida diaria. En Riga es posible entrar en casi cualquier café o tienda y pedir directamente en ruso. Lo más probable es que se te conteste directamente en ese idioma. Esto es algo que no es tan evidente como parece: Letonia tiene una larga historia de estar bajo el dominio ruso, pero hasta después de la Segunda Guerra Mundial el idioma de prestigio era el alemán —los alemanes del Báltico, que habían fundado Riga, fueron la élite durante siglos— y el de la población general, el letón, un idioma no eslavo. Durante el breve periodo de independencia entre 1920 y 1940, el letón se convirtió en idioma oficial, pero la reconquista soviética —aquí percibida como rusa— tras la guerra llevó a que se impusiera el ruso como idioma de la Administración. Con la industrialización, cientos de miles de personas de otras partes de la Unión Soviética emigraron a Letonia y el idioma ruso se convirtió en dominante, al menos en las ciudades. Durante los más de 40 años de control soviético, el forcejeo de los letones para preservar el idioma fue incesante.

Cuando se hundió la URSS, algo en lo que los letones, como los demás bálticos, tomaron parte activa, la población rusófona —la que utilizaba el ruso como lengua cotidiana— apoyó de forma quizá sorprendente la independencia del país. Y es que el movimiento por la independencia, que tenía muy diversas raíces, supo desplegarse como una búsqueda de la democracia, la prosperidad y el “retorno” a Europa. Los miles de rusos étnicos de Letonia, pero también muchos otros rusófonos que no eran rusos —ucranios, bielorrusos...— comprendieron que una Letonia integrada en Europa y que respetara los derechos humanos podría ser mucho más beneficiosa para ellos y sus hijos que una Rusia renacida de la que, en el fondo, nadie se fiaba. En ese sentido, demostraron tener razón.

Las relaciones entre las dos comunidades no han sido fáciles en estos años. Los nacionalistas letones —en contra de las promesas de la época de la lucha común contra la dictadura soviética— tendieron a reducir los derechos de los rusófonos. Una ley desproporcionada concedía la ciudadanía solo a los que habían sido ciudadanos de Letonia antes de 1940 o a sus descendientes, lo que privó de derechos a cientos de miles de personas incluso que habían nacido ya en el país. Aunque la presión de la Unión Europea consiguió una revisión de la ley, las trabas impuestas llevaron a que todavía hoy haya miles de no-ciudadanos (así llamados). Esto se unió al canto de sirena de la propaganda del régimen de Putin. La discriminación real condujo a que personas que no se sentían “rusas” antes, descubrieran de pronto que la Federación Rusa se convertía en su defensora, les ofrecía pasaporte, orgullo, resistencia contra la opresión. La discriminación llevó a que se cimentara una diferencia étnica que no tendría por qué haber existido.

A lo largo del tiempo, los nacionalistas rusos han podido medrar en los márgenes, acogiéndose a los agravios reales, pero también a una agitación populista que les facilita el hecho de que las generaciones mayores de rusófonos se informan sobre todo a través de los medios de comunicación controlados por Putin. Letonia no ha conseguido integrar en su espacio mediático —por insistencia seguramente de no usar la lengua rusa— a buena parte de esta minoría. Resulta interesante que el partido mayoritario durante mucho tiempo —pero que no ha conseguido formar gobierno— haya sido una formación, Harmonia, considerada como “rusa”. De hecho, durante años, la capital ha tenido —como ahora mismo— alcaldes “rusos”, elegidos en elecciones libres.

Hablo sin embargo con jóvenes letones. Algunos de ellos son rusófonos, otros hijos de matrimonios mixtos. Todos son conscientes de ser letones. Y europeos.

El estallido de la agresión directa contra Ucrania ha puesto las cosas difíciles a los nacionalistas prorrusos. Los nacionalistas letones les miran ahora con peores ojos, si cabe. Pero también, la situación ha planteado un reto a la minoría rusófona. Más allá de las afinidades culturales o lingüísticas, más allá de los sentimientos de agravio. ¿Cómo enfrentar la polaridad de los vínculos que los unen con el mundo ruso sin dejar de ser europeos? Algunas formaciones de la minoría rusa han reiterado una visión: construir una Letonia sobre la base de la ciudadanía, los derechos cívicos, el patriotismo constitucional, la aceptación de la lengua letona pero la libertad lingüística para los rusófonos, sin prejuicios ni discriminación. Y si plantean esto para Letonia, tiene también que pensar en qué hacer con Rusia. Para ellos no parece haber otra posibilidad que un cambio de régimen. Que conseguir que sus parientes o conocidos en Rusia se den cuenta de la situación real. Que no se aíslen del mundo.

Esto es muy difícil. Para ello se necesitan muchas cosas No ceder ni un palmo de tierra ucrania, pero tomar en serio los miedos rusos y ofrecer soluciones concretas —sí, ya, hoy, durante la guerra—. Dar golpes de timón en un sentido europeísta, reforzando nuestros intereses por encima de los de la beligerante América actual, sumida en su ya larga crisis política. Incrementar —masivamente— la información hacia Rusia en ruso. Hacer comprender que solo la defensa de los derechos y libertades cívicos garantiza la soberanía nacional y la prosperidad mutua. Reforzar y recuperar la idea europea en Rusia. Para ello, Letonia es un laboratorio del que aprender.

Conseguir esto implica mucho esfuerzo, ideas claras. Pero sobre todo una cosa: un propósito y una visión de Europa. No es casual que los nacionalpopulistas de derecha y de izquierda miren con buenos ojos a la Rusia de Putin. Acabar con Europa es su objetivo común.

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