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TRIBUNA
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No te sacrifiques por el futuro del planeta

El cambio climático no es un problema de futuro, sino de absoluto presente y los afectados somos nosotros. La solución no tiene que plantearse en términos de renuncia, sino como la oportunidad de reconstruir la idea de bienestar de forma coherente con el mantenimiento de la vida

No te sacrifiques por el futuro del planeta. Cristina Monge
CINTA ARRIBAS
Cristina Monge

La crisis climática y los efectos de la invasión de Ucrania han provocado una tormenta perfecta que difícilmente se podrá gestionar si no se alinean los actores públicos, privados y sociales en la misma dirección, desde un marco adecuado que impulse a la transformación. La manera como se entienda y se explique el desafío es crucial. De ahí que sea importante cuestionar algunos elementos que se han convertido en mitos. El desafío climático no acabará con el planeta, ni es un problema de futuro, ni mucho menos exige sacrificios. Vayamos por partes.

Primer mito: el principal problema no lo tiene el planeta, sino quienes lo habitamos. Como la ciencia se ha encargado de demostrar, la parte más vulnerable ante la crisis climática no es el planeta como ente físico, sino los sistemas biológicos que sustenta, y en particular nuestras sociedades. Aunque la concatenación de desastres ecológicos puede alcanzar puntos de no retorno, la Tierra tiene una enorme capacidad de resiliencia y puede recuperarse de muchas de las tropelías a las que la sometemos. Un buen ejemplo es el agujero de la capa de ozono, que generó preocupación años atrás, y que, gracias a la prohibición de los CFC (clorofluorocarburos) mediante un tratado internacional, ha conseguido reducirse y, con el concurso de algunos elementos atmosféricos, cerrarse casi por completo. Se comprobó también en la pandemia, cuando al bajar drásticamente el tráfico en las ciudades mejoró de forma clara la calidad del aire, y la naturaleza pujó por recuperar espacio en el ámbito urbano.

La mayor vulnerabilidad no es la del planeta como tal, sino la de los seres vivos que lo habitamos. Solamente en España y solo en el último año, el Instituto de Salud Carlos III ha hecho un primer cálculo de en torno a 6.000 muertes asociadas a temperaturas extremas: 4.500 a las altas temperaturas y 1.500 a las bajas. A esto hay que añadir que, según la Agencia Española de Meteorología, las situaciones anticiclónicas en España se están haciendo más persistentes, lo que lleva a un aumento de la contaminación en las ciudades que las investigaciones de Julio Díaz y Cristina Linares relacionan con 10.000 muertes prematuras al año en España a corto plazo, así como con nuevos casos de cáncer de pulmón, enfermedades neurodegenerativas en adultos o trastornos de la conducta en niños. Si nos fijamos en la sequía, según la Organización Mundial de la Salud, Naciones Unidas y el último informe del IPCC, afecta cada año a más de 55 millones de personas en todo el mundo, incrementando notablemente el riesgo de morbilidad y mortalidad, especialmente en países subdesarrollados.

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La crisis climática nos enferma y nos mata, aunque a unos más que a otros. Personas mayores, niños y niñas, quienes arrastran problemas de salud y, por supuesto, los más pobres sufren en mayor medida los efectos del cambio climático. Ese cambio opera como un agravante de problemas previos. No ha sido él el causante de la desigualdad, ni de las brechas de género, ni de los conflictos, pero exacerba cada uno de estos problemas, convirtiendo a la sociedad en más desigual, más conflictiva y más violenta. El cambio climático nos enferma como personas y como sociedad.

Segundo mito: el cambio climático no es un problema de futuro, sino de absoluto presente. Lo acontecido este verano en España es una muestra. Tuvimos que afrontar 42 días oficialmente declarados como olas de calor —siete veces más que el promedio calculado entre 1980 y 2010—, incendios de sexta generación que han arrasado tantas hectáreas como en los cuatro años anteriores juntos, o la sequía que mantiene en jaque los embalses y desecado buena parte de los humedales, que ha ocasionado pérdidas de más del 30% de cereal, ha terminado con buena parte del marisco de nuestras costas y empieza a requerir restricciones de agua en municipios como Sevilla e incluso en la cordillera Cantábrica. Se acabó, por tanto, vincular el desafío climático al futuro y a las próximas generaciones. Lo tenemos aquí, ahora, nos está matando, empobreciendo y haciendo nuestras sociedades más desiguales y conflictivas.

Tercer mito: no se trata de sacrificios, sino de disfrute. Ante esta realidad demoledora, llama la atención que se haya abierto paso la idea de “sacrificio” como palanca de transformación. Sacrificarse hoy a cambio de un futuro vivible. Se trata de una estrategia perdedora, construida, en el fondo, desde consideraciones del modelo de vida actual como algo deseable y placentero al que habría que renunciar. Es llamativo, y altamente contradictorio, que hasta las posiciones más críticas con el modelo de desarrollo actual se apunten a dicha tesis. Un análisis más detallado la desmiente.

La idea de sacrificio se sustenta sobre la pérdida de algo positivo. Se sacrifica tiempo de estar con la familia para cumplir con los compromisos laborales, se sacrifican horas de sueño para entrenar el siguiente maratón, o tardes con los amigos para acudir al fisio a la sesión de rehabilitación. Es evidente que renunciar a estar con la familia, descansar o disfrutar con los amigos representa una pérdida objetiva de algo positivo. No ocurre así cuando se pretende poner en marcha la transición ecológica.

Reducir el consumo de carne abre la puerta a un universo distinto de alimentos, sabores y gastronomía de la que disfrutar; dejar el coche en casa en los desplazamientos cotidianos evita atascos, problemas de aparcamiento, estrés y permite hacer algo de ejercicio caminando o yendo en bici; aislar adecuadamente la casa para evitar pérdidas de energía permite ahorrar y reduce los ruidos molestos. Tres ejemplos en los que en ningún momento está justificada la idea de sacrificio ni de renuncia. De la misma manera que no concebimos la expresión “sacrifícate y deja de fumar”, no deberíamos plantear el abandono de nuestra adicción a la energía (especialmente procedente de fuentes fósiles) en términos de renuncia y sacrificio, sino como la oportunidad de reconstruir la idea de bienestar de forma coherente con el mantenimiento de la vida y el disfrute de la naturaleza.

Se puede alegar que no en todos sitios se dispone de transporte público, o que no en todas las familias se puede diversificar el menú con alimentos más variados y saludables, y en efecto es así. De ahí la importancia de que la idea de transición ecológica vaya estrechamente unida a la de justicia. He aquí una de las cuestiones cruciales en el momento actual: cuando alguno de esos comportamientos implica un esfuerzo desproporcionado es cuando la política, la ciencia o la tecnología no están consiguiendo sus objetivos. Por poner un ejemplo, si no es posible liberarse de la dependencia cotidiana del coche privado porque no se dispone de alternativas de transporte colectivo y si no se puede organizar la vida para evitar tantos desplazamientos, hay que reclamar de la política, de las empresas y de la tecnología la puesta en marcha de las medidas oportunas. ¿Acaso la subvención del abono de transporte en Cercanías y Media Distancia no ha sido un antes y un después en el transporte público de las grandes ciudades? Faltaría articular mecanismos en el mismo sentido más allá del ámbito urbano.

Todo esto no exonera de la responsabilidad individual de cada cual a la hora de adoptar comportamientos más responsables con la sostenibilidad. Ahora bien, toda la concienciación del mundo servirá para poco si no se dispone de las estructuras sociales, políticas y económicas que permitan activar las medidas de transición ecológica como lo que son: una oportunidad para el disfrute y el placer.

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Sobre la firma

Cristina Monge
Imparte clases de sociología en la Universidad de Zaragoza e investiga los retos de la calidad de la democracia y la gobernanza para la transición ecológica. Analista política en EL PAÍS, es autora, entre otros, de 15M: Un movimiento político para democratizar la sociedad y co-editora de la colección “Más cultura política, más democracia”.

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