Columna
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Un ángulo muerto

Escarnecer al catolicismo como una realidad unánimemente retrógrada sin comprender que se halla atravesado por numerosas tensiones no va a favorecer que surjan en él las voces críticas que contribuyan a renovarlo

Fieles en misa en la basílica de la Macarena en Sevilla, en abril.
Fieles en misa en la basílica de la Macarena en Sevilla, en abril.PACO PUENTES

El término “laico”, del griego laos, “pueblo”, significaba en un principio “popular” y designaba a aquellos que no pertenecían a ninguna institución eclesiástica. Sólo después de que las guerras de religión desgarrasen países como Francia o Inglaterra, pasó a designar el proyecto político de apartar los sentimientos religiosos de la esfera pública. Pero en aquellos países en los que el catolicismo se impuso sin problemas, la Contrarreforma reprimió el laicismo, defendido por los humanistas. Muchos de los cuales, por cierto, eran cristianos.

Subrayo este hecho, porque es un error habitual confundir el laicismo con el anticlericalismo y el ateísmo, y el anticlericalismo y el ateísmo con el progresismo. Primero, el ateísmo es, malgré moi, una convicción “teológica”, de modo que intentar imponerla como “religión de Estado” supondría atentar contra el laicismo. Segundo, el anticlericalismo es la crítica a la oficialidad religiosa, blandida muchas veces en nombre de una religiosidad más auténtica, como fue el caso de la Teología de la Liberación. Tercero, existe un cristianismo progresista, así como también existe un progresismo cuya actitud de menosprecio o burla hacia los creyentes es contraria a la libertad y la tolerancia que dice perseguir.

Desgraciadamente, este tipo de confusiones son habituales en algunos sectores de la izquierda. Es cierto que, además de sus errores históricos, en las últimas décadas, la Iglesia oficial ha dado, como tantas otras instituciones o movimientos, un giro reaccionario. Pero escarnecer al catolicismo como una realidad unánimemente retrógrada o corrupta sin atender al hecho de que se halla atravesado, como toda comunidad, por numerosas tensiones, no va a favorecer que surjan en él las voces críticas que contribuyan a renovarlo, ni que se abran en los demás los oídos que escuchen lo que estas también tienen que aportar. Al contrario, provocará en todas partes un repliegue identitario, que acallará voces y cerrará oídos, para entregarle todo el protagonismo a los fanáticos.

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Lo cual no sólo supone un error político, por atentar contra uno de los valores fundamentales de la democracia como es el laicismo, sino también un fallo estratégico, ya que arroja a un gran número de creyentes al vacío político interestelar. Por eso, en las cuestiones religiosas (y probablemente también en las nacionales), lo mejor sería, como recomendaba Cervantes, “que cada uno meta la mano en su pecho”. Y que no la saque más que para ayudar a aquellos que, dejando a un lado las diferencias accesorias, apuntan desde otras posiciones a unos mismos objetivos fundamentales. Se trata, en fin, de hacer que resuciten los ángulos muertos.

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