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Pan o libertad

Desde la revolución neolítica, el dilema de la humanidad ha sido si mantenemos la capacidad de elegir o se la damos al tirano a cambio de una hogaza

Detalle de un ticket de la compra en un mercado de abastos sevillano, el 12 de agosto.
Detalle de un ticket de la compra en un mercado de abastos sevillano, el 12 de agosto.María José López (Europa Press)

¿Cuál es el primer valor para todo el mundo? La libertad ¿Y qué es lo primero que estamos dispuestos a sacrificar para mantener nuestro bienestar? La libertad, la propia o la de otros. Ahora, la de los ucranios. Que se sometan a Putin, pedimos muchos, antes que tener que subir dos grados el aire acondicionado o quedarnos sin pan.

Desde la revolución neolítica, el dilema de la humanidad es pan o libertad. ¿Mantenemos la capacidad de elegir o se la damos al tirano a cambio de una hogaza? La cuestión clave no es libertad o igualdad. Ahí siempre nos inclinamos, voluntariamente, hacia la libertad. Pero con el pan, no.

Por eso, esa disyuntiva es el núcleo de algunas grandes narrativas colectivas. Y es lo que, a su vez, las hace atractivas, porque no presentan soluciones simplonas a esa pregunta. En el Éxodo, Moisés no libera a los israelitas del yugo egipcio para llevarlos a la Tierra Prometida, sino para vagar antes 40 años por el desierto. Lógicamente, algunos echaban de menos el látigo del faraón que, al menos, daba pan. 40 días y 40 noches pasa también Jesús en el desierto, donde el diablo le tienta para que convierta las piedras en pan. Pero, como señala el cardenal de la Inquisición en Los hermanos Karamazov de Dostoievski, Jesús marca un elevado estándar moral a toda la humanidad: no entreguéis vuestra libertad de conciencia al poderoso que os ofrezca pan. No sólo de pan vive el hombre. Un mensaje que, como se queja amargamente el viejo inquisidor, perjudica a toda la arquitectura político-ideológica que ha montado la Iglesia de Roma durante siglos para dar pan y circo, o pan y cilicio, a sus súbditos.

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Hoy la libertad cotiza de nuevo a la baja y el pan al alza. Hace una década, la mitad de la población mundial vivía bajo dictadura. Ahora, es el 70%. Las autocracias más emblemáticas, como China, Arabia Saudí o Rusia, no sólo afilan los cuchillos de la represión y amplían los hornos de pan, sino que cada vez cuentan con más propagandistas, ahí y aquí, de su modelo de “paz”.

En Occidente, cada familia ideológica tiene sus miembros más a favor de la libertad (la izquierda a los socialdemócratas, la derecha a los liberales) y del pan (comunistas y conservadores, respectivamente). No por casualidad, los primeros están más con el pueblo ucranio. Afortunadamente, no sólo de pan viven todos los políticos. @VictorLapuente

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