EDITORIAL
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Sin hielo

Los problemas de fabricación por el precio de la energía se agravan con las compras injustificadas y compulsivas de la ciudadanía

Un trabajador trasladaba la semana pasada un palé de bolsas de hielo en la fábrica de hielo Hocosol de Málaga.
Un trabajador trasladaba la semana pasada un palé de bolsas de hielo en la fábrica de hielo Hocosol de Málaga.Álvaro Cabrera

Algunas cadenas de supermercados restringieron la última semana las ventas de bolsas de hielo por cada comprador ante el miedo al desabastecimiento. Los fabricantes les han advertido de que no dan abasto a sus pedidos. Parte de la escasez de cubitos en las tiendas tiene una explicación razonable. Muchas empresas decidieron ralentizar su producción industrial de hielo en invierno y primavera por los altos costes de la electricidad, esperando retomarla cuando bajaran los costes. Y ahora, sin apenas reservas almacenadas, son incapaces de responder a una demanda disparada por una aguda ola de calor en plena temporada turística.

La escasez se ve exacerbada por otro fenómeno: las compras compulsivas. No es una nueva dinámica. Ya en 1973, también en plena escalada inflacionista por la crisis del petróleo, miles de familias japonesas acabaron con las existencias de papel higiénico de los supermercados (décadas antes de la pandemia de la covid) ante el rumor de que se avecinaban problemas de suministro. Solo unos días después, el pánico se trasladaba a EE UU. Un congresista de un Estado con una potente industria papelera leía la noticia de lo que ocurría en Tokio y enviaba a la prensa una prudente y bienintencionada nota. Esta llegó a manos de Johnny Carson, un célebre cómico con un programa en horario de máxima audiencia, que obvió todas las cautelas y proclamó a los cuatro vientos que en EE UU faltaba papel higiénico. Millones de espectadores le creyeron y corrieron a hacer acopio de ese producto, creando una escasez real. Episodios similares se han ido produciendo de forma cíclica a lo largo de los años. En Japón (2011), Taiwán (2018) y en todo el planeta cuando arrancó la pandemia en 2020. España sufrió de nuevo ese síndrome en marzo de 2022, aunque en esa ocasión, el artículo estrella fue el aceite de girasol, la mayoría del cual procede de Ucrania. En apenas una semana las compras se cuadruplicaron y los supermercados tuvieron que limitar las ventas.

Ante circunstancias que lo desbordan, el ciudadano cree que recupera cierto control de su día a día haciéndose con lo básico, que en ese momento es a su vez lo más codiciado. En un agosto en el que miles de españoles han huido de las ciudades para refugiarse en las playas pese a los precios desorbitados de la hostelería, este nuevo capítulo de acopio masivo demuestra el entorno de incertidumbre en el que navega Europa, obligada a una austeridad energética por la posibilidad de un cierre total del grifo del gas de Rusia que agudizaría la escalada de precios y acabaría por abocarla a una nueva recesión.

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A ese panorama sombrío se añade de nuevo el poder de las redes sociales y las aplicaciones de mensajería móvil. Las imágenes de frigoríficos y viales vacíos, pero también los bulos y las exageraciones, amplifican el miedo a quedarse sin el producto deseado. En esas plataformas también se halla buena parte de la explicación de que el fenómeno del acopio compulsivo se produzca con mayor frecuencia. Esta vez ha sido por el pánico a quedarse sin agua congelada.


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