tribuna
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Exiliados rusos

Deberíamos dedicar más atención a los ciudadanos que han huído de Rusia por ser contrarios al régimen de Putin. Desean lo mismo que nosotros: que esta guerra la gane la democracia

Exiliados rusos protestaban el 12 de junio en Varsovia contra la invasión de Ucrania.
Exiliados rusos protestaban el 12 de junio en Varsovia contra la invasión de Ucrania.ALBERTA ZAWADA (EFE)

Hace un siglo, la Revolución de Octubre de 1917 y la guerra civil que la siguió generaron una enorme ola de exiliados rusos: se calcula que hasta dos millones de personas abandonaron Rusia a consecuencia de la revolución y la guerra. Entre ellas, una gran parte de la intelectualidad salió en busca de libertad para su creación, con nombres que se hicieron célebres: Marina Tsvetáieva, Vladímir Nabokov, Nina Berberova. Si Tsvetáieva se hizo conocida por sus versos sobre el triste destino del refugiado, los que se quedaron —entre ellos nombres no menos conocidos como Anna Ajmátova, Mijaíl Bulgákov, Boris Pasternak— fueron perseguidos, y en muchos casos hasta la muerte, por el régimen estalinista. Así lo describe Ajmátova: “No me amparaba ningún cielo extranjero, no, alas extranjeras no me protegían. Estaba entonces entre mi pueblo y con él compartía su desgracia”. Aunque hay que decir que las alas extranjeras no protegían tampoco a los exiliados: en una época en que buena parte de la intelectualidad europea admiraba al nuevo país bolchevique, los emigrados fueron condenados como “rusos blancos” o enemigos de todo lo progresista. Mal vistos en todas partes, tenían las puertas cerradas en su país de origen y en el país de adopción les costó conseguir trabajos decentes. “El amor es compartir una hoja de alcachofa”, describió Nina Berberova la convivencia con su pareja, el poeta Jodasevich.

Al igual que hace un siglo, el exilio ruso que ha generado la actual guerra de Rusia contra Ucrania cuenta con una importante fuga de cerebros. De los 150.000 refugiados rusos hasta hoy, se calcula que la mayoría son personas bien formadas en las universidades rusas, relativamente jóvenes, y una tercera parte son especialistas en informática. Entre esta ola migratoria, recibida en Occidente sin demasiado entusiasmo, al igual que hace un siglo, se hallan algunos creadores célebres.

Chulpan Khamátova, una de las actrices rusas más veneradas —en Occidente pudimos verla en la película Goodbye Lenin, entre otras—, en el inicio de la guerra firmó un manifiesto en contra de la invasión rusa de Ucrania. Las autoridades del Kremlin le advirtieron que su firma podría traerle problemas. Ante esa amenaza, Khamátova se fugó con sus hijas a Letonia, donde está aprendiendo a toda prisa letón para volver cuando antes a los escenarios. Olga Smirnova, una de las grandes estrellas del ballet clásico, abandonó su trabajo en el Teatro Bolshoi de Moscú para integrarse en el Dutch National Ballet en Ámsterdam. “Cada fibra de mi alma está en contra de esta guerra”, dijo Smirnova, cuyo abuelo era ucranio, al abandonar Rusia.

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El escritor y médico Maxim Osipov se marchó en marzo de 2022 a Yerevan, capital de Armenia, país que no pide visado a los rusos, una excepción: Tiflis, capital de Georgia, otra de las antiguas repúblicas soviéticas, además de visado exige lealtad; cada inmigrante debe presentar una declaración de condena del régimen de Vladímir Putin. (Otros destinos favoritos de los rusos son Bakú —Azerbayán—, Samarkanda —Uzbekistán—, Tel Aviv —Israel—, Bishkek —Kirgizstán—, Nur-Sultan —Kazajstán—, además de varias ciudades turcas. Recordemos que la UE no acepta vuelos desde Rusia). Osipov encontró una actitud humillante en los guardas del control de pasaportes que preguntaban a los viajeros con destino a Armenia: “¿Si se va de vacaciones, como usted insiste, por qué se lleva su partida de nacimiento, títulos universitarios, además de un perro?”. De Armenia Osipov toma un avión con destino a Alemania. “Helados, avergonzados, aliviados,” dice el escritor sobre su huida. Subraya sentirse humillado, abochornado: cada vez que tenía que enseñar su pasaporte, se le caía la cara de vergüenza.

Viktor Muchnik, director de TV2, huyó de la ciudad siberiana de Tomsk también a Armenia. Las nuevas leyes nacidas del conflicto significaban para el equipo de televisión que en cualquier momento podrían ser detenidos y encarcelados si hacían ni que fuera un mínimo comentario sobre la guerra. Además, la censura bloqueó TV2 junto con muchas otras emisoras de televisión y radio. Pocos días después del cierre de la emisora, Muchnik y su mujer Viktoria hicieron las maletas y se fueron a Armenia. “Seguramente para siempre. No queremos vivir en un país que que ha empezado una guerra y entre gente que la apoya. Cuesta mucho vivir en Rusia en medio de esa histeria militarista. No volveremos”.

También el conjunto punk-rock Pussy Riot huyó: Nadia Tolokónnikova a Georgia, Maria Alyójina a Islandia, disfrazada de transportista.

Y es que muchos exiliados, además de los que permanecen en Rusia y están contra la guerra, se enfrentan a sus familias y amigos de toda la vida. La guerra ha roto familias y amistades. Los rusos que residen en países occidentales han perdido el derecho a las tarjetas bancarias y su supervivencia su vuelve cada vez más difícil porque no encuentran trabajo: en la actualidad las simpatías de los occidentales están reservadas para los ucranios. Aunque es comprensible, deberíamos dedicar más atención a los ciudadanos rusos contrarios al régimen de Putin. Piensan como nosotros, desean lo mismo que nosotros: que esta guerra la gane la democracia.

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