De mar a mar
Columna
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Nubarrones en el horizonte de América Latina

La Reserva Federal calcula que a comienzos de 2023 la tasa de interés en dólares podría estar en 3%, en el comienzo de una nueva era

Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, en una comparecencia ante el Senado en septiembre pasado.
Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, en una comparecencia ante el Senado en septiembre pasado.POOL (Reuters)

En Washington D.C., alojada en el edificio Marriner S. Ecles, existe una sala en la que cuatro personas se encierran, con una periodicidad que por lo general es bimestral, para tomar una decisión tan cifrada como estratégica: definen el costo del dinero. Son los directores de la Reserva Federal, el Banco Central de los Estados Unidos. Ese cuarteto, que preside el abogado Jerome Powell, tiene en sus manos el destino material del planeta.

En su última reunión, que ocurrió el 16 de marzo pasado, Powell y los demás directores abandonaron la inercia en la que estaban instalados. Al cabo de dos años de quietud, resolvieron subir el costo del dinero en 0,25%. Con este giro, los créditos en dólares, que se habían mantenido con tasa cero desde el comienzo de la pandemia, pasan a situarse en un rango que va de 0,25% a 0,5%. El mercado se prepara para nuevas subidas, tal vez más pronunciadas. Calcula que a comienzos de 2023 la tasa de interés en dólares podría estar en 3%. Es el comienzo de una nueva era.

La Reserva Federal reaccionó de ese modo al aumento de la inflación en los Estados Unidos. Los americanos están azorados con una aceleración de los precios que fue de 7,9% en 2021. La más alta desde 1982. Esta alteración, que tiene derivaciones sobre la economía global en su conjunto, instala en el horizonte de América Latina inquietantes nubarrones.

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El incremento de las tasas tiene un efecto inmediato en los flujos de capital. Conseguir dólares para financiarse será más costoso porque los ahorristas preferirán, frente a opciones más inciertas, comprar bonos del Tesoro, que se vuelven ahora más rentables. Es un desafío especial para los Estados. Los expertos que prevén este movimiento, encienden alarmas sobre las economías latinoamericanas. Es lo que sucedió el martes de la semana pasada en una reunión organizada por el Centro Latinoamericano de Políticas Económicas y Sociales (CLAPES) de la Universidad Católica de Chile, de la que participaron varios ex ministros de Economía de la región: la peruana Mercedes Aráoz, el argentino Nicolás Dujovne, el chileno Felipe Larraín, el colombiano Mauricio Cárdenas, el mexicano José Meade y el paraguayo Santiago Peña, todos coordinados por el economista Sergio Urzúa.

Dujovne puso bajo la lupa el dato principal: los países latinoamericanos entraron a la pandemia con una deuda del 45% del PBI y salieron de ella con otra del 55%. Ese mayor endeudamiento se corresponde con una duplicación del déficit fiscal, que fue de 0,8% a 1,6%. Financiar esa deuda será más difícil a partir de ahora. No es, por supuesto, un problema homogéneo. Afecta más a las tesorerías que incurrieron en mayores desequilibrios. La de Argentina y la de Brasil van a la cabeza.

Contra este telón de fondo operan otras peculiaridades. Tendrán menos contratiempos las sociedades que cuenten con un mercado de capitales más consistente para financiarse en moneda local. Por eso es tan relevante para los economistas chilenos que hayan fracasado en el Congreso dos retiros de los fondos de pensión, como informó Rocío Montes en EL PAÍS. Como se ve, se va configurando un nuevo panorama: si acceder al mercado financiero se vuelve más dificultoso, los gobiernos deberán encarar ajustes reduciendo gastos o, lo que es más frecuente, aumentando impuestos.

La subida de tasas de la Reserva Federal tiene otra derivación, menos directa. Los que quieran resguardar sus ahorros con bonos del Tesoro, deberán hacerse de dólares para adquirir esos papeles. Esa corriente compradora determinará la depreciación del resto de las monedas frente a un dólar que, al resultar más demandado, saldrá fortalecido. Sin ir más lejos, el dólar index, que compara la cotización de la moneda americana con la de las demás divisas, tuvo en abril una suba de 3,7%, la más alta desde 2015. La desvalorización de las otras monedas encarecerá las importaciones de bienes o de insumos. La mayoría de las cosas será menos accesible.

En la conferencia del CLAPES hubo muchas referencias a este problema. Cárdenas, por ejemplo, recordó que en su país, Colombia, la inflación, que se pautó para un rango de 2 a 4%, ya está en 8%. La peruana Aráoz analizó el impacto que tiene sobre los precios el aumento de los combustibles y los fertilizantes, que es una consecuencia de la invasión de Rusia a Ucrania. Dujovne agregó otro factor: durante la pandemia todos los gobiernos, empezando por el de los Estados Unidos, se lanzaron a una expansión del gasto público y de la emisión de moneda cuyas consecuencias se ven ahora en la ola inflacionaria. El incremento en el precio del gas y del petróleo agrava esta tendencia. Como observó Cárdenas, los gobiernos prefieren asumir ese costo adicional a través de subsidios para no trasladar los nuevos precios a los consumidores. Las cuentas fiscales se vuelven más deficitarias en el preciso momento en que el financiamiento se vuelve más costoso. Hay sociedades para las que esta complicación se agrava. Larraín recordó que Chile importa el 98% de los combustibles que consume. La mejora en el precio del cobre no alcanza a compensar esa mayor erogación.

Para que el futuro inmediato se vuelva más preocupante aparece otra consecuencia de la subida de la tasa de interés americana: como hay menos dólares disponibles, se reduce el comercio internacional. Por lo tanto, el precio de las materias primas se abarata. América Latina, que es un gran vendedor de materias primas, tendrá menos ingresos. Quiere decir que la bonanza en los precios que se registra en estos meses, derivada en especial de la pandemia y de la agresión de Rusia a Ucrania, se irá desvaneciendo.

Menos capitales para financiar emprendimientos y para solventar el déficit de los Estados. Monedas más débiles para pagar las importaciones, que aumentarán de precio. Abaratamiento de los productos que la región ofrece al mundo. Son noticias preocupantes, sobre todo porque serán recibidas por sociedades disconformes con las prestaciones que les brinda la política. La pandemia enrareció el clima público. En especial porque arrojó más gente a la pobreza. Y perturbó la educación. El mexicano Meade presentó en esa reunión de ex ministros de Economía una información escalofriante: las personas que no terminaron la escuela secundaria o preparatoria, tienen una existencia tan mortificante que su vida sufre un acortamiento dramático. En México es de cinco años. En Chile, de 10 años.

Las elecciones en toda la región ponen en evidencia ese desasosiego que se expresa en radicalización ideológica y, como consecuencia de esta, en fragmentación partidaria. Los políticos suelen responder a este clima de inquietud con reflejos demagógicos. Aquí es cuando lo que sucede en aquella sala de la Reserva Federal resulta tan desagradable: el dinero, que será más caro, estará menos disponible.

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