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Lecciones de la reforma laboral

Si Ayuso gana en brillo y desparpajo a Pablo Casado, Garamendi le ha dado ahora una lección de estrategia y oportunidad

Yolanda Díaz durante una reunión con (desde la izquierda) Pepe Álvarez, de UGT; Unai Sordo, de CCOO; Antonio Garamendi, de la CEOE ,y Gerardo Cuerva, presidente de Cepyme.
Yolanda Díaz durante una reunión con (desde la izquierda) Pepe Álvarez, de UGT; Unai Sordo, de CCOO; Antonio Garamendi, de la CEOE ,y Gerardo Cuerva, presidente de Cepyme.Jaime Villanueva

El debate sobre la reforma laboral da un buen retrato de situación de la escena política española. La patronal ha demostrado tener más cintura —y más sentido práctico— que el PP. Colocando los prejuicios y las querencias ideológicas por detrás de sus intereses, la CEOE ha sostenido un largo ciclo negociador con el Gobierno, y en especial con Yolanda Díaz, que está en plena construcción de liderazgo para acabar con el minifundismo izquierdista, buscando el equilibrio que les permitiera salvar algunas de sus prioridades a cambio de ciertas concesiones. El resultado es un acuerdo, al que le queda un complejo recorrido parlamentario, que ha dejado al PP descolocado y algunos sectores del empresariado contrariados.

La reforma —después de la contrarreforma desplegada por el PP— era inevitable, en tanto que propuesta emblemática del pacto que permitió la formación del Gobierno de coalición. La patronal sabedora de que al Gobierno le saldrían los números en la fase de bloques en la que estamos, ha actuado en consecuencia. Los resultados son evidentes: ha conseguido una cierta modulación de la reforma. Y deja el marrón en manos del Gobierno que es el que ahora ha de conseguir que sus socios potenciales no le arruinen el éxito. Dicho de otro modo, la patronal ofrece margen de transigencia, dónde la derecha no quiere ni siquiera entrar en el juego. Es decir, Pablo Casado traza más corto que los empresarios que se da por supuesto que son mayoritariamente de los suyos.

¿Sabe la derecha realmente dónde estamos? ¿Tenemos que entender que su apuesta por la extrema derecha es estructural y no coyuntural? Parece como si Pablo Casado se moviese todavía en la lógica del bipartidismo imperfecto que imperó desde 1982 hasta 2014. En un sistema con solo dos grandes partidos, el que llegaba primero gobernaba con el apoyo de los partidos gozne —tradicionalmente PNV y CIU— que le daban, logradas las correspondientes compensaciones, los votos necesarios para completar las mayorías. Pero los tiempos han cambiado y ahora mismo no hay dos partidos sino dos bloques, con poco margen para cruzar la frontera, en buena parte fruto de la radicalización del PP que, no olvidemos, empezó con la llegada de Mariano Rajoy a la presidencia del Gobierno y su proyecto de restauración conservadora de la mano de Ruiz-Gallardón (restricción de derechos y libertades) y de José Ignacio Wert (contrarreforma educativa).

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Pablo Casado, convencido de que su única posibilidad de acceso al poder pasa por el discurso de confrontación, se mueve a piñón fijo: con la presión de Vox por la espalda y descargando su ansiedad contra el Gobierno sin otro horizonte que la descalificación permanente. Si Ayuso le gana en brillo y desparpajo, Garamendi le ha dado ahora una lección de estrategia y oportunidad. Y Yolanda Díaz pasará la primera prueba de su capacidad de moverse en amplio espectro: ¿conseguirá los apoyos parlamentarios que le faltan?



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