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Colón y el laberinto catalán

La lógica de competición política en España puede hoy resumirse en una frase: si la derecha no logra la mayoría absoluta en las próximas elecciones, el PSOE gobernará de nuevo

ENRIQUE FLORES

Oriol Junqueras ha sabido entrar en escena en el momento oportuno. Su renuncia por escrito a la vía unilateral proporciona una valiosa cobertura argumental a un Gobierno en apuros ante la inminente firma de los indultos. Sin embargo, creo que se han exagerado excesivamente las implicaciones que puede tener la carta de Junqueras para la política catalana. No es cierto que ERC haya renunciado a la unilateralidad de forma repentina e inesperada. En realidad, se trata de una estrategia que lleva persiguiendo desde inicios de 2018, cuando tomó nota del fracaso del llamado proceso soberanista. La necesidad de abrir una nueva etapa política, basada en la voluntad de “ensanchar la base” independentista y en establecer vías de negociación con el Gobierno ha sido el tono general de ERC durante los últimos años.

Es un error considerar que la carta de Junqueras supone el inicio de una nueva etapa política en Cataluña, pues esta no aporta en esencia ninguna información que no se supiera ya. La política catalana antes de la carta ya se caracterizaba por la contraposición entre la estrategia rupturista de Junts per Catalunya y la vía de distensión de ERC. Creer que el independentismo catalán seguía siendo un actor unitario con una agenda compartida de ruptura unilateral es ilusorio. Es ignorar, por desidia o por intereses espurios, que precisamente esa pugna estratégica entre Esquerra y Junts ha sido el eje en torno al cual ha pivotado la política catalana en los últimos tres años.

Si nos encontramos hoy ante el inicio de una nueva etapa en la política catalana (y española) no es por la carta de Junqueras, sino por la victoria de ERC en las pasadas elecciones autonómicas. La investidura de Pere Aragonès sí puede leerse como un punto de inflexión, pues permite retomar en condiciones la mesa de diálogo entre Generalitat y el Gobierno. Los contactos hasta este momento habían sido altamente disfuncionales, especialmente porque la delegación catalana estaba encabezada por Quim Torra, de Junts per Catalunya, más partidario de la ruptura unilateral que del pacto y la negociación. Con la victoria de Aragonès, se impone la coherencia entre quien impulsó la creación de la mesa y quien la liderará.

La negociación entre Generalitat y Gobierno será uno de los pilares en los que se sustentará la segunda mitad del mandato de Pedro Sánchez. ¿Qué debemos esperar de ella? Creo que Colón es la respuesta. Las concentraciones en la madrileña plaza de Colón no responden simplemente al rechazo a la figura del “relator” o a los indultos a los presos catalanes. Su lectura política debe ser más ambiciosa. Los actos de Colón son una escenificación del poder de veto que tiene la derecha a cualquier reforma del modelo territorial de España. Las fotos de Colón son un “no” a mayores cotas de descentralización. Son una demostración de que el Gobierno no cuenta con el beneplácito de una parte importante de los españoles. Son, en definitiva, la constatación de que la reforma no es políticamente viable. Si la intención del Gobierno es resolver el encaje de Cataluña, la aventura no parece tener buenas perspectivas. Sin el PP a bordo, cualquier solución es, como mínimo, inestable.

Existe la creencia de que la apuesta de Pedro Sánchez de firmar los indultos y retomar la mesa de negociación es arriesgada en términos electorales. Ciertamente, las cuestiones relacionadas con la identidad nacional generan un gran consenso en la derecha, pero dividen profundamente al electorado de izquierda. En la mayor parte de las comunidades autónomas, el número de votantes socialistas que prefieren una España más unitaria es muy superior a los que quieren potenciar la descentralización. Pero ocurre justo lo contrario en las comunidades históricas como Cataluña, País Vasco o Galicia. Cuando el nacionalismo monopoliza la agenda pública, el PSOE se encuentra en aprietos: haga lo que haga, diga lo que diga, tendrá a una porción de sus votantes descontentos. Y mi impresión es que el conflicto catalán, seguirá enquistado en la agenda durante lo que queda de legislatura. No tanto por los indultos, que quizás caigan en el olvido con el tiempo, sino por la mesa de negociación entre Gobierno y Generalitat. Las imágenes que nos ofrecerán los presidentes Sánchez y Aragonès en cada photocall previo al inicio de la mesa de negociación representarán una poderosa dosis de recordatorio de que el conflicto catalán sigue ahí.

El Gobierno ha apostado a enfrentarse a una parte importante de su electorado con la firma de los indultos y, sobre todo, con la mesa de negociación. Eso puede acarrear al PSOE costes electorales, sin duda. Sin embargo, creo que es un error realizar diagnósticos solo en términos de votos. Por supuesto los partidos buscan que las urnas se llenen con sus papeletas. Pero no debemos olvidar que ganar elecciones no siempre implica gobernar. Es tan importante conseguir votos como ser capaz de tejer alianzas con otras formaciones para alcanzar mayorías parlamentarias.

La estrategia de confrontación de Colón configura una lógica de competición política en España que puede resumirse en una frase: si la derecha no logra la mayoría absoluta en las próximas elecciones, el PSOE gobernará de nuevo. La posición del PP en el debate territorial y su alianza con Vox lo aleja de los nacionalistas periféricos de ERC o PNV. Si éstos siguen siendo necesarios para superar investiduras como en el pasado, ¿podrá gobernar el PP aún ganando las elecciones? En ausencia de mayorías absolutas, gobierna quien cuenta con más compañeros de viaje. Desde esta perspectiva, quizás la mesa de negociación y las fotos de Colón no sean tan nocivas para el PSOE. Este escenario político podría llevar a Pedro Sánchez a la aparente paradoja de estar maximizando opciones de gobernar a costa de perder votos.

En su conjunto, el escenario político actual en España produce cierta sensación de déjà vu. La mesa de negociación y los actos de Colón emiten aromas que evocan a episodios políticos del pasado. En concreto, existen fuertes paralelismos con lo ocurrido en el primer mandato de José Luis Rodríguez Zapatero. Entonces, el PSOE decidió abrir una reforma del modelo territorial a pesar de no contar con la complicidad del principal partido de la oposición, algo que propició un contexto de alta crispación política. El nuevo Estatut de Cataluña acarreó al PSOE un desgaste electoral entre sus bases más moderadas o de centro. Uno de cada diez votantes socialistas de ese espacio se pasó a las filas del PP y de UPyD. Sin embargo, las altas dosis de crispación que marcaron esa legislatura permitieron al PSOE compensar esas pérdidas con nuevas adhesiones de muchos votantes de IU, ERC y CiU, que votaron a los socialistas para evitar que el PP pudiera regresar a la Moncloa. Es cierto que fueron años marcados por el ruido, la crispación y una reforma territorial fallida. Pero Zapatero consiguió gobernar una segunda legislatura.

¿Podríamos encontrarnos hoy ante una situación similar? Puede que sea aún pronto para saberlo y especular es siempre un ejercicio aventurado. Pero creo que la experiencia del presidente Zapatero representa un precedente inspirador. Ciertamente el debate territorial puede generar un gran desafecto entre una porción del electorado socialista, pero, a su vez, empuja a los nacionalistas periféricos a bloquear el regreso del PP a la Moncloa.

Lluís Orriols es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid.

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