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¿Por qué nos cuesta tanto el paro?

Continuar colocando el trabajo en el centro de nuestra existencia es una estrategia suicida tanto a nivel individual como colectivo

Varias personas hacen cola a las puertas de una oficina del Servicio Valenciano de Empleo y Formación (Servef).
Varias personas hacen cola a las puertas de una oficina del Servicio Valenciano de Empleo y Formación (Servef).Manuel Bruque / EFE

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¿Por qué nos cuesta tanto el paro? La primera respuesta es evidente: porque vivimos en una sociedad en donde para cubrir nuestras necesidades la mayoría necesitamos un sueldo que obtenemos con un trabajo. Sin embargo, el paro nos cuesta mucho más que un sueldo. En la extraordinaria cinta El año del descubrimiento (2020) de Luis López Carrasco varios de sus personajes relatan el sentimiento de inutilidad, la depresión y los problemas de ansiedad que entraña, a pesar del subsidio, la pérdida del empleo.

En España hay casi cuatro millones de paradas y parados, más de un 16% de la población activa. La previsión es que con el cambio tecnológico se pierdan sobre un 14% de puestos de trabajo. Hay economistas que creen que se inventarán nuevos empleos, otros piensan que habrá gente que no llegue a trabajar en la vida, no serán ni siquiera parados, sino gente excedente. Continuar colocando el trabajo en el centro de nuestra existencia es una estrategia suicida tanto a nivel individual como colectivo. Sabemos de sobra que nuestro maltrecho planeta no aguanta la lógica productivista al que lo tenemos sometido. ¿Por qué entonces nos cuesta tanto parar? ¿Por qué no podemos quitarnos de la cabeza las interminables lecciones de nuestros mayores? Estudia y colócate. ¿Por qué somos incapaces de resignificar ese verbo? ¿Podríamos pensar que colocarse es algo diferente a conseguir un buen y anacrónico empleo?

Quedarse sin trabajo, quedarse en casa, no significa reposar. En primer lugar, hay que buscar otro empleo y, además, tenemos que dedicarnos a aquellas actividades que permiten el mantenimiento de la vida, lo que para Hannah Arendt, constituye la forma más básica de la vita activa, la labor. Desde la antigüedad, la labor ha sido considerada una tarea propia de esclavos o mujeres, que, para el caso, veníamos a ser lo mismo. El desprecio por este empeño continúa a lo largo de los siglos. Tanto Marx como Adam Smith consideraban el esfuerzo que suponía cocinar, limpiar, cuidar animales, hijos o ancianos… una labor improductiva y parasitaria de la que se obtenía un único beneficio: la libertad del amo para dedicar su tiempo a actividades más nobles. Solo en las últimas décadas, la ética del cuidado viene a reivindicar y dignificar este tipo de actividades. El nuevo ideario revisa los valores del heteropatriarcado y reivindica otro tipo de sociedad. Sin embargo, la labor y la ética del cuidado están orientadas hacia la vida, y parece que estamos demasiado preocupados por disfrazar la muerte como para atender a tales banalidades.

Otra de las caras de la vita activa es el trabajo. La Edad Moderna lo glorificó como la forma de construir un mundo que perdurase más allá de nuestra propia existencia. El mundo resultante nos daría seguridad, ya que viviríamos en un escenario artificial más estable que el desasosegante ciclo vital. La principal misión del homo faber es la de construir mundos reales o virtuales. En la actualidad seguimos psicológicamente anclados a la glorificación del trabajo, a pesar de que ya hace bastante tiempo que nos enfrentamos a la sobreproducción y la economía de los países no siempre depende de su industria sino del mercado financiero. No podemos mantener una sociedad de trabajadores sin trabajo. No podemos alentar un modelo que destruye el planeta y nuestra propia autoestima. Por supuesto, pienso fundamentalmente en España y países del entorno. A escala global, no tiene sentido hablar de posindustrialismo, ya que los centros de producción a través de líneas montaje —muy parecidas a las fábricas europeas de principios del siglo XX— han sido trasladadas fundamentalmente a China y el Sudeste asiático.

Una de nuestras primeras reacciones ante la falta o disminución de trabajo es la autoexplotación. Filósofos y analistas alertan del aumento del estrés al que nos ha conducido trabajar desde casa. Los artistas y los trabajadores precarios freelance del mundo de la cultura sabemos mucho de esto. Utilizo el anglicismo freelance a conciencia; una gran parte de las trabajadoras a las que me refiero no trabajamos por cuenta propia ni estamos contratadas de manera regular. La maraña de situaciones laborales con las que sorteamos el fin de mes asustaría al más maquiavélico jefe de personal. El artista en la sociedad contemporánea se ha convertido en el prototipo de trabajador flexible y precario. La filósofa, dramaturga y performer eslovena, Bojana Kunst, afirmaba en 2014 que los artistas son pequeños emprendedores que llevan a cuestas su propia empresa. El trabajo que se realiza gratis o casi gratis es un trabajo cuya dedicación e intensidad deja muy poco espacio para la vida. Lo más preocupante del estudio de Kunst es que los artistas suelen estar a la vanguardia de la sociedad. ¿Es este el modelo que queremos instaurar?

Decía el Premio Nobel de Economía, Jean Tirole, que hay que pasar de proteger el empleo a proteger al trabajador. No sé ustedes, pero yo me pregunto si no sería más lógico que de una vez por todas dejáramos las figuras de mediación, evitáramos disfrazar la realidad y protegiéramos sencillamente a las personas.

Mar Gómez Glez es socióloga, escritora y doctora en Filosofía por la Universidad de Nueva York.

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