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Análisis

Hungría-Bulgaria: el despertar de un ensueño

La ola ultra no acabará mientras el centroderecha y el centroizquierda no hagan políticas más decididas para paliar la rampante desigualdad y la pérdida de poder adquisitivo

Un hombre pasa junto a un muro empapelado con carteles electorales de Ruman Radev y otros candidatos en Sofía (Bulgaria) el lunes, el día después de las elecciones.Valentina Petrova (AP)

El ensayista indio Pankaj Mishra, tal vez quien mejor ha retratado la edad de la ira en la que nos encontramos, describe a los neomaquiavélicos que pueblan la política mundial como un puñado de líderes, capitaneados por Donald Trump, que voficeran contra el orden internacional y proponen un sueño hipermasculino (hay excepciones, pero casi todos los demagogos de ultraderecha son hombres) de grandiosidad, heroísmo, sacrificio, poder y conquista. Todas esas virtudes marciales sufrieron una derrota contundente hace unos días, cuando Viktor Orbán, archimodelo de todos los fachas, perdió las elecciones en Hungría.

En Europa se desató la euforia. Bruselas corrió a decir que el péndulo ha tocado techo. Los optimistas quisimos creer que la marea ultra puede empezar a bajar desde ya; lo mismo creímos cuando Zohran Mamdani conquistó la alcaldía de la icónica Nueva York.

En el país más pobre y uno de los más corruptos de la UE, Bulgaria, este fin de semana ha ganado un candidato afín a Putin, Rumen Radev, un expiloto de las fuerzas armadas con los consabidos tics antieuropeos, probablemente con menos talento que Orbán para ponerlo todo patas arriba pero lo suficientemente populista como para admitir que no hay un patrón consistente que permita decir que la ola de ultraderecha empieza a remitir. El ensueño ha durado exactamente una semana.

“Hemos derrotado a la apatía”, dijo Radev la noche del domingo tras prometer una nueva era de radiantes colores. Radev es un tipo que sostiene que Crimea “es Rusia”, que se ha opuesto a que Bulgaria envíe ayuda a Ucrania “porque eso podría arrastrar al país a la guerra”, y que como presidente de su país (cargo que abandonó para convertirse en primer ministro) ha demostrado una y otra vez unas sólidas credenciales euroescépticas, a pesar de que la economía búlgara necesita imperiosamente los fondos europeos.

Radev pidió antes de las elecciones una relación más pragmática con Putin; al fin y al cabo, Emmanuel Macron dice exactamente lo mismo. Pero la exitosa campaña de Radev no destaca por la nostalgia rusófila, sino por una mezcla de promesas anticorrupción y compromisos para rebajar la inflación y mejorar el poder adquisitivo de los búlgaros. “Es la economía, estúpido”, decía Bill Clinton hace 30 años. Pero no, no es eso: es cómo se redistribuye la riqueza; son las condiciones materiales de la vida, como dijo aquel barbudo alemán en el siglo XIX, lo que de veras cuenta.

La ola de insurrección no acabará mientras el centroderecha y el centroizquierda no hagan políticas más decididas para paliar el problema económico fundamental, la rampante desigualdad y la pérdida de poder adquisitivo. Los demagogos aparecen aquí y allá con bálsamos de Fierabrás y se parecen como gotas de agua, con rasgos característicos en función de la historia y las peculiaridades de cada país. Radev es uno de ellos.

El pesimismo, combinado con un malestar profundo, sigue ahí. Y Bruselas y los partidos centristas siguen trazando líneas en la arena y anunciando que el final de la pesadilla está cerca. Pero incluso los líderes más combativos con la marejada ultra, pongamos Pedro Sánchez, han sido incapaces de atacar la raíz del problema: siete años después, uno de los gobiernos más a la izquierda de Europa no ha logrado sacar adelante una reforma fiscal, últimamente ni siquiera un presupuesto, que haga que la presión fiscal de este país deje de estar claramente por debajo de la media europea y que consiga que la economía española deje de ser una de las que menos redistribuyen en toda Europa, según dicen la OCDE, la Comisión Europea y el FMI.

La ultraderecha va camino del 25% en España, y está ya en un puñado de gobiernos autonómicos. En Europa se sienta en el Consejo Europeo: Radev se suma al club de los Robert Fico (Eslovaquia), Andrej Babis (República Checa), Giorgia Meloni (Italia), diría que también Bart de Wever (Bélgica), y veremos si también Marine Le Pen o Jordan Bardella en las que serán las elecciones más importantes de 2027: las de Francia.

No, no estamos como para tirar cohetes: incluso en la Alemania del “nunca más” posnazi hay partidos posfascistas como AfD “con líderes que echan espumarajos por la boca”, según Mishra. En pleno empacho de conflictos bélicos, una danza macabra que se asemeja a una guerra civil global, Bulgaria, un país que acaba de entrar en el euro con menos de siete millones de habitantes y el PIB más pequeño de la Unión, pone de manifiesto que Europa sigue en tierra de nadie.

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