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La mejora de la economía brasileña da un respiro a Bolsonaro en la recta final de las elecciones

Brasil encadena datos positivos en inflación y empleo, pero el apoyo al actual presidente entre los más pobres sigue lejos del de su rival Lula da Silva

Jon Martín Cullell
Un mercado al aire libre en el barrio de Tijuca, en Río de Janeiro, en abril.
Un mercado al aire libre en el barrio de Tijuca, en Río de Janeiro, en abril.Maria Magdalena Arrellaga (Bloomberg)

La economía trae buenas noticias para la campaña de reelección del presidente brasileño, Jair Bolsonaro. Tras unos años complicados de pandemia y agravados por la guerra en Ucrania, Brasil registra en los últimos meses caídas en el desempleo y en la inflación. El actual mandatario ha utilizado estos datos como munición electoral para tratar de recuperar terreno frente al líder en las encuestas, su rival Luiz Inácio Lula da Silva. A menos de tres semanas de la segunda vuelta, Bolsonaro se mantiene por detrás aún con la mejora económica, y la brecha de apoyo entre los más pobres luce difícil de salvar en tan poco tiempo.

El panorama económico de Brasil parece despejado, al menos a corto plazo. El FMI acaba de mejorar el pronóstico de crecimiento para este año, del 1,7% al 2,8%; el desempleo se sitúa en 8,9%, el menor nivel desde 2015; y la inflación cayó en septiembre por tercer mes consecutivo hasta el 7,1% anual, según datos publicados este martes. Además, por primera vez en un año, han bajado los precios de los alimentos, un alivio para las personas con menos recursos.

En el mercado municipal de São Paulo, un sólido edificio marrón de los años 30, el comerciante Roberto Bispo ha empezado a notar las reducciones. El lomo de cerdo está a 29 reales el kilo —unos cinco dólares—, un real menos que hace un mes; y el rabo, a 26 reales, tres menos. Bispo, de bata blanca, es optimista y cree que los precios van a seguir cayendo. Por esta razón, asegura que votará a Bolsonaro. “Brasil estaba creciendo como nunca hasta que llegó la pandemia, y el presidente merece otra oportunidad”, señala con buen talante.

Detrás de la mejora hay una combinación de política y circunstancia. La apertura económica tras la pandemia se ha traducido en una recuperación del empleo, mientras que la disminución en el precio mundial del petróleo ha ayudado a contener la inflación. Por el lado de la política pública, el Banco Central ha mantenido la tasa de interés en un 13,7%, una de las más altas entre las grandes economías del mundo. A eso hay que sumar una serie de medidas anunciadas por el Gobierno a pocos meses de las elecciones, como la imposición de límites al impuesto sobre la gasolina, y un aumento millonario en las ayudas a los más pobres, el programa conocido como Auxilio Brasil.

La bonanza no tiene pinta de durar mucho. El FMI augura un frenazo el año que viene —un crecimiento del 1%, el segundo menor entre los países sudamericanos y lejos del 2,7% mundial—. Los economistas, por otra parte, dudan de la sostenibilidad financiera de los cuantiosos incentivos fiscales y apoyos sociales, aprobados con una evidente intención electoral. “Los impuestos van a volver en enero y la inflación también. La caída es artificial”, advierte Paulo Feldmann, profesor en la Facultad de Economía de la Universidad de São Paulo. “Se viene un 2023 mucho más difícil”.

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Pese a las advertencias, lo que cuenta para Bolsonaro es el ahora. La recuperación económica, por muy incierta que esta sea, es el mensaje más poderoso con el que cuenta su campaña, que propone continuar con las privatizaciones y bajar impuestos en un hipotético segundo mandato. “Cuando parecía que todo estaba perdido para el mundo, Brasil va y resurge como una economía pujante”, declaró triunfalmente hace un mes.

Frente a este discurso, la campaña del Partido de los Trabajadores (PT) rebobina al periodo entre 2003 y 2010 en que Lula era presidente: una media de crecimiento anual del 4%, y millones de personas salidas de la pobreza gracias a los programas sociales. En contraste, el candidato dice que nunca vio “a tanta gente pasando hambre” como ahora. Algo de cierto hay en eso. El 59% de los brasileños vive en una situación de inseguridad alimentaria, un nivel parecido al de la década de los 90, según un informe de una red de ONG encabezadas por Oxfam. De ganar, Lula plantea aumentar el salario mínimo conforme a la inflación, algo que no se ha hecho en cuatro años.

La mejora económica y el aumento en los apoyos no han tenido, hasta ahora, el efecto esperado por Bolsonaro. Entre los que reciben las ayudas sociales de Auxilio Brasil, el respaldo al mandatario se mantiene bajo. Según una encuesta reciente de Datafolha, ha habido un pequeño incremento en su aprobación, del 27% hace dos semanas al 31% en la pasada. Sin embargo, una aplastante mayoría de las 20 millones de familias que reciben los subsidios sigue prefiriendo a Lula.

La nostalgia de los buenos tiempos de hace una década a menudo pesa más que los modestos avances recientes. Natalia Mamede, de 27 años, sale del mercado con una bolsa llena de fruta. Carne de res solo compra una vez por semana, en vez de las tres o cuatro que solía antes. Ella dice que va a votar por el PT: “Todo era más barato y hasta se podía viajar en avión”. Un vuelo de ida y vuelta a las playas de Fortaleza, en el norte, ronda esta semana los 1.400 reales, unos 260 dólares. Es más de lo que gana el 38% de la población en un mes.

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Sobre la firma

Jon Martín Cullell
Es redactor de la delegación de EL PAÍS en México desde 2018. Escribe principalmente sobre economía, energía y medio ambiente. Es licenciado en Ciencias Políticas por Sciences-Po París y máster de Periodismo en la Escuela UAM- El PAÍS.

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