La malnutrición en África: “Vivimos algo nunca visto”

La subida de precios de los alimentos básicos, unida a los conflictos y las crisis climáticas, desfonda al Sahel y la región oriental del continente

Zania Muhammed, con su hijo Mazzam, en Chad.
Zania Muhammed, con su hijo Mazzam, en Chad.ANDREW CABALLERO-REYNOLDS / Unión Europea

La pequeña Djawahir Adam, con apenas siete meses, se aferra a la vida a través de un tubo de oxígeno conectado a su nariz. Desde que ingresó en el hospital con malnutrición aguda severa, su madre, Goumsou Tidjani, no le quita la vista de encima. Pero no están solas. Todas las salas de la unidad de nutrición de este hospital de Yamena, la capital de Chad, están a reventar de madres y bebés, algunos de ellos al borde de la muerte, sin fuerzas siquiera para llorar. Tan desbordados están que el jueves tuvieron que negar las primeras admisiones. “Es una decisión durísima para un sanitario”, asegura Ousmane Ahmat, enfermero jefe de esta unidad financiada por la Unión Europea, “pero vivimos algo nunca visto”. Con una capacidad para 60 niños, acogen a 106. En lo que va de año han atendido el doble de casos que en 2021. “La subida escandalosa de los precios de los productos alimenticios básicos está detrás de este pico”, añade.

Basta acercarse al bullicioso mercado de Yamena para ver la diferencia. A principios de año, un litro y medio de aceite costaba 1.000 francos CFA (unos 1,5 euros), pero hoy está a 2.200 francos (unos 3,3 euros); un saco de arroz de 100 kilos valía 60 euros y en la actualidad cuesta más de 80; un pan tenía el precio de 15 céntimos de euro y ahora está a 22. Para uno de los países más pobres del mundo, donde una tercera parte de sus 17 millones de habitantes sufre inseguridad alimentaria, estas diferencias son enormes. “Este es el peor año que recuerdo. Si ya estamos al 180% de nuestra capacidad, cuando el verdadero pico estacional comience en junio no sé qué vamos a hacer”, añade Ahmat, de la ONG Alima. Los otros cuatro servicios de atención a la malnutrición de Yamena padecen el mismo problema.

La escalada de precios que sufre Chad y se extiende por toda África es anterior a la guerra de Ucrania y comenzó a dejarse sentir como un efecto de las perturbaciones comerciales ligadas a la pandemia de covid-19, pero el conflicto en Europa la ha incrementado aún más. “Ya teníamos unos precios récord de los alimentos básicos en febrero, un nivel que no habíamos visto desde 1990, cuando empezamos a evaluando”, asegura Mario Zappacosta, responsable del sistema global de información y alerta temprana de la Agencia de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), “pero en apenas dos meses de guerra en Ucrania, los precios han subido un 20% más sobre ese nivel récord. Y quienes más lo empiezan a sufrir son los países más vulnerables que sufren conflictos o shocks climáticos, como sequías e inundaciones, Yemen, Afganistán y una veintena de países africanos”, explica.

En esa lista entra el castigado Sahel (Malí, Níger, Burkina Faso, Nigeria, Chad, Sudán y Sudán del Sur), pero también Madagascar y su crisis climática, la República Democrática del Congo y el Cuerno de África, con Somalia, Kenia y Etiopía como países más sensibles debido a una sequía que dura ya tres años.

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“Nos preocupa que el impacto será mucho más notable a finales de 2022 debido a las bajas producciones agrícolas. Rusia es el principal exportador mundial de fertilizantes y la alteración en su suministro puede provocar una reducción de la superficie cultivada o una caída de los rendimientos. Todo ello incidirá aún más en la subida de precios”, añade Zappacosta. “Si la guerra continúa y se prolonga esta situación, va a golpear a todos los productos y en todos los países”.

Un saco y una garrafa

Alimi Abali espera con paciencia a la sombra de un raquítico árbol bajo un sol de justicia. Hoy es día de reparto de ayuda alimentaria en Fourkoulom, un asentamiento de desplazados por el conflicto yihadista cerca del lago Chad, y se ha puesto su mejor ropa para llevarse su saco mensual de cereales y su garrafa de aceite. Antes era comerciante y la venta de pescado, arroz y azúcar le daba para vivir y mantener a los suyos, pero hace siete años, Boko Haram atacó su pueblo y tuvo que salir con lo puesto. Ahora depende de la ayuda humanitaria. Cuando, en octubre, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) redujo a la mitad las raciones y el dinero en efectivo que reparten a los desplazados debido a la falta de fondos para esta crisis, aún le quedaba la esperanza de comprar maíz en el mercado local. “Pero ya no es posible. El saco de 100 kilos que costaba 10.000 francos CFA ahora se ha puesto a 30.000 (unos 45 euros) y no los puedo pagar”, asegura con un gesto de hastío.

Un sanitario mide el brazo de un niño para chequear la desnutrición mientras su madre, Theoula Louma, lo sostiene en una clínica administrada por la ONG Concern en el campamento de Baga Sola, Chad.
Un sanitario mide el brazo de un niño para chequear la desnutrición mientras su madre, Theoula Louma, lo sostiene en una clínica administrada por la ONG Concern en el campamento de Baga Sola, Chad.Andrew CABALLERO-REYNOLDS (2022 European Union)

A pocos kilómetros de Fourkoulom, en un flamante hospital amarillo construido con ayuda internacional en el pueblo chadiano de Liwa, el pequeño Issa Mahamat, de seis meses, camina por la cuerda floja. Ingresó hace nueve días por debajo de los tres kilos de peso: malnutrición aguda severa. Su madre, Baha Mahamat, de 25 años, dejó a los dos mayores con la familia para quedarse junto al bebé, que apenas solloza y respira a duras penas. Desplazada también por una guerra que ha provocado la huida de sus hogares de medio millón de personas en Chad, sin tierras donde cultivar, sin ganado, lejos del pescado que les alimentaba, su futuro es incierto. Otro conflicto, en esta ocasión lejano y ajeno, ha venido a complicarle aún más la vida.

El 5 de mayo, Unicef lanzaba una alerta a sus socios internacionales: el precio del Pumply Nut, la comida terapéutica lista para usar (RUTF, por sus siglas en inglés) que se distribuye en sobres a los niños con malnutrición en todo el mundo como el pequeño Issa Mahamat, va a sufrir un incremento de hasta el 16% con respecto a 2021 en los próximos meses. Según esta agencia de Naciones Unidas, la extrema volatilidad de los precios de los alimentos en los mercados, y por tanto, de las materias primas para elaborar este complemento nutricional, y la subida del petróleo, la energía y los fertilizantes, están en el origen del problema. “Son necesarios más fondos con carácter inmediato para mantener la respuesta ante las emergencias nutricionales”, asegura Unicef. El Pumply Nut ya escaseó en Chad el año pasado; para 2022 se teme que no llegue para todos a partir de octubre.

Muchos países africanos están adoptando medidas para hacer frente a la excepcional alza de precios. Senegal acaba de aprobar una ayuda de urgencia de 120 euros para medio millón de familias desfavorecidas; Kenia ha aprobado una subida del salario mínimo del 12% y Marruecos del 10%. Pese al esfuerzo que supone, estos países se lo pueden permitir, pero en lugares donde los conflictos y el cambio climático se dejan sentir con fuerza, la mayor parte de los Estados dependen de la ayuda humanitaria exterior.

Según la OCDE, 27,3 millones de personas sufren inseguridad alimentaria en el Sahel y África occidental en la actualidad y esa cifra subirá a 40,7 millones en el mes de agosto. Naciones Unidas teme que otros 20 millones de personas se deslicen por la pendiente del hambre este año en el Cuerno de África, donde el PMA solo ha recibido un 4% de los fondos solicitados.

“La mayoría de lo que distribuimos aquí viene de fuera, no hay suficiente producción local para abastecer a todos los refugiados y desplazados por el conflicto”, asegura Clement Watimbwa, responsable de esta agencia de la ONU en la región chadiana de Lago, “por eso la subida de precios ya está teniendo un impacto sobre nuestra ayuda”.

En la cola para recibir su media ración, Yakoura Mahamat, con un vestido de colores brillantes, se acomoda sobre la arena recalentada por el sol, dispuesta a esperar lo que haga falta. “Perdí a siete miembros de mi familia durante un ataque. Mientras no haya seguridad no puedo volver a casa, pero aquí nos falta de todo”. Mientras el viento sopla con fuerza y levanta la arena nublando la vista, el agricultor Blama Karimbou añora su tierra fértil, su isla junto al lago. “Tengo manos para trabajar, pero ahora mismo solo las uso para recoger la comida que me dan. Es insoportable”, comenta.

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Sobre la firma

José Naranjo

Colaborador de EL PAÍS en África occidental, reside en Senegal desde 2011. Ha cubierto la guerra de Malí, las epidemias de ébola en Guinea, Sierra Leona, Liberia y Congo, el terrorismo en el Sahel y las rutas migratorias africanas. Sus últimos libros son 'Los Invisibles de Kolda' (Península, 2009) y 'El río que desafía al desierto' (Azulia, 2019).

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