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ANÁLISIS i

Un año difícil, más difícil que el anterior

Pese al misil ultrasónico que Putin le ha "regalado" a Rusia, las autoridades no logran incrementar el nivel de vida de la ciudadanía

El presidente ruso, Vladímir Putin, durante una visita el pasado día 26 de diciembre al Centro Nacional de Control de Defensa ruso.
El presidente ruso, Vladímir Putin, durante una visita el pasado día 26 de diciembre al Centro Nacional de Control de Defensa ruso.

Para el cantante ruso Semión Slepakov, 2018 fue “un año difícil, más difícil que el anterior, porque inesperadamente nos trajo muchos problemas”. “Viene un año nuevo, que nos trae la suerte y confío en que dentro de un año nuestra gente dirá: 'este fue un año difícil, más difícil que el anterior, porque inesperadamente…” Con este estribillo, popularizado en las redes sociales, el cantante Slepakov, que es también comediante, guionista y doctor en ciencias económicas, se hace eco del estado de ánimo de sus conciudadanos ante el año que comienza.

Los pronósticos sobre Rusia para 2019 van desde negros y grises —entre los expertos no gubernamentales— hasta blanquecinos y blancos en las previsiones oficiales. Los economistas coinciden en que en las previsiones de desarrollo influirán (en proporciones diversas) la imposición de nuevas sanciones por parte de EE UU, la toxicidad de las mismas para sujetos de terceros Estados y los precios de los hidrocarburos. Los sociólogos, por su parte, constatan el desgaste del equipo dirigente con Vladímir Putin a la cabeza. La adaptación del sistema de pensiones al ahorro presupuestario ha acabado con la relación cuasi religiosa existente entre la ciudadanía y el presidente Putin.

En el escenario global, Putin quiso concluir 2018 con un “estupendo regalo” a los rusos, a saber el misil ultrasónico Avangard, que se incorporará al Ejército, según dijo, en 2020. Tal como lo presentan, el Avangard es un elemento más en la escalada armamentista con EE UU, pues resulta indetectable para el escudo antimisiles norteamericano. De esto se infiere que Washington debe ahora apresurarse a ponerse a la altura del nuevo desafío ruso. El Avangard “tiene sobre todo un carácter de política interna”, opina Alexéi Venedíctov, director de la emisora El Eco de Moscú, según el cual, al ser un arma de “respuesta” y no de ataque, permanecerá inactiva a menos que Rusia sea atacada.

Las autoridades, que no pueden incrementar el nivel de vida de la ciudadanía, tratan de compensarla con ese “regalo” asociado a la recuperación del papel de superpotencia que tuvo la URSS. El solo hecho de considerar las armas como obsequios da la medida del cambio en la retórica política en relación con la época en que el “regalo” se asociaba a paz y desarme.

En su propio vecindario, Rusia podría llegar a una guerra más cruenta en Ucrania, según la visión de Venediktov, basada en el acuciante problema de la falta de agua en Crimea. Antes de la anexión, el agua llegaba a la península por un sistema de canales de irrigación, ahora bloqueado por las autoridades ucranianas. El problema no se puede solucionar sin contar con Kiev, que no muestra ninguna intención de ceder. ”El papel de los enfrentamientos bélicos se ha incrementado sustancialmente” debido al agravamiento del problema impostergable, afirma Venedíktov. “Ciertamente este será un año difícil en las relaciones con Ucrania”, sentencia el periodista, que aborda el tema “con gran pesimismo”.

Para recuperar la euforia de 2014 tras la anexión de Crimea, el Kremlin se plantea una nueva anexión, esta vez sin intervención militar, según una tesis que se ha afianzado últimamente entre respetados analistas. En el punto de mira está Bielorrusia, país con el que Rusia formó en 1999 un “Estado Unido”. Bielorrusia es una gran tentación para el Kremlin por su dependencia económica y porque los mecanismos perfilados hace veinte años (cuando era Alexandr Lukashenko, el presidente bielorruso desde 1994, quien ambicionaba pasar a dirigir Rusia) podrían ser la fórmula legal para que Putin permanezca en el poder por la vía de la “refundación” estatal más allá de 2024, cuando concluye su actual mandato, según los politólogos Konstantín Eggert e Iván Preobrazhenski.

En las últimas semanas Lukashenko y Putin han mantenido varias intensas sesiones de trabajo, en las que el líder ruso habría presionado al bielorruso con el fin de subordinarlo y proceder a una mayor integración, comenzando con una moneda única. ¿Defendería entonces Occidente al autoritario Lukashenko para contrarrestar el expansionismo ruso? Según Eggert, Lukashenko está solo; Europa no se enfrentará a Moscú por él y la débil oposición bielorrusa es incapaz de salvar al país de ser engullido por el gran vecino.

Pero la situación puede ser más compleja. Lukashenko, pese a su alianza con Rusia, trata denodadamente de posicionarse como un valor independiente entre la OTAN y Rusia. A fines de octubre el presidente organizó por primera vez en Minsk una sesión de la Conferencia de Seguridad de Munich con el fin de incrementar su protagonismo como mediador entre el Este y el Oeste.

En su alocución de fin de año, Lukashenko prestó especial atención a los conciudadanos que “crearon el primer Estado soberano e independiente” en la tierra de Bielorrusia, según la agencia Tut.by de Minsk. Citando al mismo dirigente, la agencia rusa Tass afirmaba que “la unión entre los dos pueblos ha sido un éxito” y anunciaba que en 2019 se celebrará su 20 aniversario.

Rusia dispone de hasta las próximas elecciones parlamentarias en 2021 para realizar el proyecto bielorruso, si decide utilizarlo para el “reformateo” estatal en aras de la prolongación del poder de Putin.

La relación directa entre la política exterior rusa y las dificultades económicas es captada de forma progresiva por la ciudadanía. En 2014, los rusos seguros del futuro y dispuestos a sufrir dificultades por ello eran el 52% frente a un 40% de inseguros y preocupados; hoy la relación se ha invertido, según el sociólogo Lev Gudkov, director del centro de encuestas Levada.

Las sanciones occidentales no ahogan, pero estancan la economía rusa. Según el exministro de Finanzas y hoy jefe del Tribunal de Cuentas, Leonid Kudrin, las sanciones cuestan a Rusia un 0,5% del PIB, calculando un ritmo de crecimiento del 1,8% al 2%, pero su coste puede aumentar. A los expertos rusos les preocupa sobre todo la imprevisibilidad de las sanciones norteamericanas. La lista de personas físicas y jurídicas confeccionada por Washington en abril de 2018 afectó a varios grandes empresarios rusos que, como Víctor Vekselberg y Oleg Deripaska, se ven obligados a aceptar hoy las condiciones norteamericanas para seguir operando en un entorno global. Moscú teme que las sanciones disuadan a jugadores económicos internacionales de invertir o comerciar con empresas rusas.

El Kremlin podría tratar de compensar los problemas en Occidente con una apertura por el Este, pero no en relación a China, socio difícil y aguerrido defensor de sus propios intereses, sino en relación a Japón, al que se tienta con la promesa de devolver una de las islas Kuriles que la URSS se anexionó al fin de la Segunda Guerra Mundial (menos de lo que Nikita Jrushov prometió a los japoneses en los años cincuenta) a cambio de inversiones en el Este de Rusia y un tratado de paz.

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