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Jubilarse en Rusia para seguir trabajando

Uno de cada cuatro pensionistas del país euroasiático tiene un empleo formal. La reforma de las pensiones está restando popularidad a Putin

Liuba Rubchova, 62 años, en un salón de exposiciones en Moscú.
Liuba Rubchova, 62 años, en un salón de exposiciones en Moscú.

A Olga Antonova jubilarse le ha alterado muy poco el horario. “Creo que incluso me levanto más temprano”, explica. A sus 67 años, esta mujer alta y enjuta continúa trabajando. Antigua maestra de primaria, ha cambiado las aulas por un empleo en una biblioteca. Con su pensión de unos 14.500 rublos al mes (unos 190 euros) no le llegaba para pagar las facturas, así que cuando se jubiló se buscó un empleo. Intentó seguir dando clases, pero las cosas se complicaron y terminó por encontrar un puesto en la biblioteca en la que lleva ya ocho años. “Empecé a trabajar a los 17 años, así que es obvio que me habría gustado descansar o viajar. Pero bueno, así no me oxido”, relativiza.

Rusia tiene una de las edades de jubilación más bajas del mundo desarrollado: 60 años para los hombres y 55 para las mujeres. Algo que, unido a las delgadas pensiones públicas—de media unos 13.323 rublos mensuales (unos 175 euros), según datos oficiales—, han creado un ecosistema de jubilados trabajadores. Como Antonova, 9,25 millones de rusos de los casi 40 que reciben una prestación por jubilación tiene un empleo formal, según datos de la Administración. Es decir, uno de cada cuatro. Aunque la cifra puede ser incluso mayor, como reconocen en el Fondo de Pensiones de Rusia, ya que no todos los empleos necesitan registrarse.

Estos números sufrirán un parón. A partir del año que viene y gradualmente, la edad de jubilación de los hombres se incrementará hasta los 65 años y la de las mujeres hasta los 60. Se trata de la primera gran medida estructural de calado de este nuevo mandato de Vladímir Putin. Y desde que se anunció en julio, en pleno Mundial de fútbol, la nueva norma ha provocado protestas en todo el país.

Movilizaciones que han obligado al Gobierno a alterar sus planes que en un principio eran incrementar la edad de jubilación de las mujeres hasta los 63 años, resalta Andréi Kolesnikov, analista del Centro Carnegie de Moscú. El objetivo, ha dicho el Kremlin, ahorrar dinero al presupuesto estatal, flexibilizar el mercado laboral y reducir gastos que se orientarán a infraestructuras, salud y educación.

Pero el 82% de la ciudadanía rusa desaprueba el aumento en la edad de jubilación, como revela una encuesta reciente de la Public Opinion Foundation. Y uno de cada tres hombres afirma que teme no vivir para el momento en que le toque jubilarse. Rusia, y sobre todo algunas de sus regiones, tiene una de las esperanzas de vida masculinas más bajas del mundo desarrollado: 71,5 años, según datos globales del Banco Mundial.

La impopular reforma, unida al estancamiento de la economía rusa y el efecto de las sanciones de Occidente contra Moscú por la anexión de Crimea en 2014, están costando al presidente Putin parte de su popularidad. Por primera vez desde la anexión, quienes volverían a votarle en unas elecciones ha bajado del 60%, según el último sondeo del centro Levada (en marzo, Putin obtuvo más del 76% de los sufragios). Además, un 55% le considera responsable de los problemas económicos del país.

Pero el presidente y su Gobierno han prometido que con la reforma no solo se logrará sanear la economía rusa, también que las pensiones serán más altas. Así, para aquellos que no trabajan se incrementará unos 1.000 rublos al año, para que en 2024 los jubilados cobren, de media, el equivalente a unos 263 euros.

Un asunto fundamental, analiza Liuba Rubchova, mientras se retoca el peinado en el espejo del vestíbulo de una enorme sala de exposiciones de Moscú. Cabello plateado a media melena, ojos azules y una energía de una chica de 23, Rubchova, de 62 años y una pensión de algo menos de 15.000 rublos mensuales (unos 200 euros), trabaja de cuando en cuando como “modelo de edad”. También ha hecho unos cuantos papeles en series de televisión. “Buscaba algo para complementar la pensión, pero he encontrado algo que me apasiona. Y es una forma de dejar claro que la vejez puede ser algo muy bello y que las personas mayores tenemos mucho que aportar”, afirma mientras observa el bullicio a su alrededor, donde varias chicas se preparan para desfilar en una pasarela blanca y dorada.

Rubchova, que trabajó fundamentalmente como enfermera, explica que en una ciudad cara como Moscú, donde vive ahora con su segundo esposo, es casi imposible vivir adecuadamente solo con una pensión como la suya. En la capital, el coste medio de la vida es de unos 16.463 rublos (unos 216 euros al cambio actual) mensuales, según datos oficiales; en Rusia, la cifra media es de unos 10.328 rublos (136 euros). Pero la modelo combina sus ingresos y su pensión con los de su marido, que trabajó la mayor parte de su vida como minero en la ciudad norteña de Vorkutá y que, pese a estar también jubilado, ejerce ahora de restaurador especializado. Con todo ello ahora viven bien, afirma Rubchova. E incluso les da para viajar a China de vez en cuando, su gran pasión.

Marina Utkina, de 58 años, en un centro social de Moscú.
Marina Utkina, de 58 años, en un centro social de Moscú.

Como Rubchova, Marina Utkina, no pensó en hacerse un plan de pensiones privado. Algo que en Rusia solo tienen 1,5 millones de personas. A sus 58 años, esta programadora informática continúa trabajando en la misma empresa que hace años, con el mismo horario y con el mismo sueldo. Excepto que ahora lo combina con la pensión de unos 210 mensuales. “Solo con eso habría sido imposible pagar la hipoteca. Además, si hubiera dejado de trabajar así, radicalmente, probablemente me aburriría”, apunta la programadora. Así que se toma la pensión “como un complemento”.

Es un enfoque común para muchos rusos, como ha explicado la subdirectora del Instituto de Política Social de la Escuela Superior de Economía, Oksana Sinyavskaya, que defiende que el sistema de pensiones —cuya edad de retiro no cambia desde 1928— debe reformarse para adaptarse a la realidad sociodemográfica del país. Para 2044, el número de jubilados podría ser igual al de trabajadores, según las previsiones del Gobierno. Y eso, recalca el Ejecutivo, puede ejercer una presión grave sobre el presupuesto nacional.

Sin embargo, otros analistas sostienen que la reforma—que de manera controvertida no afecta a la edad de jubilación de los miembros de los servicios de seguridad del Estado ni a los oficiales de policía— no supondrá un ahorro significativo y en cambio puede fomentar no solo la economía informal, sino dificultar aún más que las personas de más de 50 encuentren empleo.

“Si cuando se acerca la edad de jubilación un trabajo peligra, a esta edad es muy difícil encontrar algo. Yo he tenido mucha suerte de poderme quedar en la misma empresa”, apunta Marina Utkina. La programadora recalca que aprovechará para trabajar todos los años que pueda. Cuenta que el poco tiempo libre que le queda lo usa para visitar a su hija y a su nieto. También canta en un coro y va al teatro y exposiciones. “En la mayoría de los países europeos te jubilas para descansar. Aquí es imposible porque no te llega para vivir. Así que nos vamos adaptando”, explica.

Aleksandr Kovilin, de 66 años, jubilado y entrenador de ciclismo de montaña, en Moscú.
Aleksandr Kovilin, de 66 años, jubilado y entrenador de ciclismo de montaña, en Moscú.

A sus 66 años, Aleksandr Kovilin tampoco tiene pensado dejar de trabajar en un futuro cercano. Este deportista de cabello aún muy castaño y ojos sonrientes lleva 50 años entrenando a niños y jóvenes en ciclismo de montaña y ahora, ya jubilado, sigue haciéndolo en una academia deportiva de Moscú. Reconoce que con su pensión, del equivalente a menos de 200 euros al mes, no le llegaría para vivir. Pero también recalca que su motivación principal no es el sueldo. “Los niños son como diamantes que hay que pulir. Encontrar un buen deportista es difícil, pero entrenarlos genera una enorme satisfacción. Y su energía es contagiosa” afirma. Hace casi una hora y media en transporte público para ir a la academia y otro tanto para volver a casa cada día. “Y casi seguro que lo seguiré haciendo hasta el día que me muera. Bueno, o hasta que deje de hacerme feliz”, dice tajante.

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