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Las injerencias extranjeras inquietan a los países nórdicos

Los cinco Gobiernos del Norte de Europa ven en las inversiones directas de actores externos una amenaza a su seguridad nacional

El Consejo Nórdico, en la edición de 2018 en Oslo (Noruega).
El Consejo Nórdico, en la edición de 2018 en Oslo (Noruega). AFP

Las democracias más fuertes y sanas del mundo están preocupadas por sí mismas. El Consejo Nórdico —la reunión anual de los líderes de Islandia, Noruega, Dinamarca, Suecia y Finlandia (con representación también de las regiones autónomas de Groenlandia, las islas Feroe y el archipiélago de Åland)— ha dedicado los tres días de cumbre en Oslo a debatir sobre cómo afrontar un desafío que, aseguran, se les escapa de su control: las injerencias extranjeras. “Hemos identificado un aumento de actividades [extranjeras] en las infraestructuras críticas de nuestra región”, advirtió el (todavía) líder sueco, Stefan Löfven.

Presión. Amenaza. Desestabilización. Valores. Guerra híbrida. La cumbre, a la que EL PAÍS ha sido invitada y que concluyó este jueves, estuvo plagada de escenarios catastróficos que deben afrontar en el futuro cercano las democracias liberales, especialmente en Occidente. “Estamos bajo presión”, resumió Tone Wilhelmsen Trøen, presidenta del Stortinget (Parlamento noruego) al abrir la sesión.

Katrín Jakobsdóttir, la primera ministra islandesa que además ostentará la presidencia de esta organización en 2019, insistió en la necesidad de señalar el origen de la injerencia que tiene como objetivo la desestabilización de la sociedad porque, incluso en el remoto país de poco más de 350.000 habitantes, la preocupación por la desinformación empieza a ser notable “tanto en el ámbito público como en el privado”, anunció la ecologista. “Hay que ser mucho más transparente”, asumió Jakobsdóttir con autocrítica. Su país ocupa el puesto número 13 (de 180) en el ranking de corrupción (siendo cero el país más limpio en sus instituciones) de la ONG Transparencia Internacional. Bastante por debajo que sus socios: Dinamarca ocupa el segundo lugar; Finlandia y Noruega el tercero; y Suecia, el sexto. Nueva Zelanda encabeza la lista de países con más transparencia en sus sistemas.

Noruega, Islandia y Suecia lideran, por este orden, el índice de democracia de 2017 de The Economist. Dinamarca y Finlandia ocupan el quinto y noveno lugar respectivamente de un total de 167 países analizados. Pero a pesar de estos buenos resultados, los nórdicos se han unido este año para reconocer que sus sistemas están bajo las amenazas extranjeras de otros países y —más preocupante— de actores no estatales difíciles de perseguir. Lo que se conoce como la guerra híbrida. "Durante muchos años, hemos dado por sentado el sistema democrático. Ahora la cuestión es ¿Cómo lo vamos a proteger?", señaló la ministra de Exteriores noruega, Ine Eriksen Søreide.

A pesar de que Rusia esté bajo el foco de muchos Gobiernos como presunto autor de ataques, especialmente cibernéticos —aunque también químicos como el ocurrido en Salisbury (Reino Unido) la pasada primavera—, los nórdicos señalan a China y a otros actores extranjeros que no consiguen identificar. Y esas injerencias, explicaron los cinco líderes, muchas veces llegan a través de inversiones extranjeras directas en infraestructuras críticas. Sin ir más lejos, la multinacional danesa Maersk fue en 2017 una de las muchas víctimas del brutal ciberataque a nivel mundial. Para combatir las injerencias, los Gobiernos se han comprometido a iniciar controles mucho más estrictos para estudiar quién invierte, dónde se invierte y cómo se invierte en su territorio. Y es que en 2017, Finlandia batió su propio récord en inversión extranjera directa, según el primer ministro, el liberal Juri Sipilä. “En ocasiones es difícil identificar quién es el inversor último. Por eso hay que implementar leyes que nos aseguren que tenemos la información de quién está detrás de todos los negocios. Para ello es necesario fomentar la transparencia”, pidió.

Otra solución común a las amenazas más escurridizas —que en su mayoría llegan a través de la tecnología y las redes sociales— es unánime en los nórdicos: educación y más educación. “Mi Gobierno está aprendiendo a combatir el caos informativo de las fake news para mantener la democracia”, anunció la islandesa Jakobsdóttir, quién reconoció que el tema es muy complejo. “No somos lo suficientemente maduros en conocimientos tecnológicos y necesitamos estar más vigilantes. Conocer el uso del Big Data es fundamental”.

Noruega, en cuanto a este tema, es más escéptica. La primera ministra, la conservadora Erna Solberg, pide no caer en la "paranoia" de las noticias falsas porque “hay que identificar soluciones reales, para problemas reales de la gente real”, dijo. Dinamarca y Finlandia en cambio, que tienen un proceso electoral en ciernes (principios y mediados de 2019 respectivamente), pidieron a sus socios que no fueran tan “naífs” porque, como señaló el primer ministro danés, el liberal Lars Løkke Rasmussen: "Los ataques y amenazas son más serios que nunca”.

Proteger las elecciones

Copenhague anunció un presupuesto de 1.400 millones de coronas danesas (unos 188 millones de euros) para combatir las ciberamenazas, especialmente de cara a las elecciones de mediados del año próximo. “Nos estamos preparando para defender nuestra democracia”, explicó Rasmussen, quién reconoció que su programa para hacer frente a posibles injerencias en los comicios se basa en el que puso en marcha Suecia en la campaña electoral del pasado septiembre. Finlandia también lo adoptará. "Hay que proteger el proceso democrático", repitió Sipilä.

Tanto en Suecia como en Dinamarca la extrema derecha xenófoba cosecha últimamente unos excelentes resultados. En Suecia, a pesar de un cordón sanitario (aislamiento pactado) de los partidos tradicionales, los populistas se han tornado fundamentales para la formación de Gobierno (aun por definir); y en Dinamarca ocuparían entre el segundo y el tercer puesto, según las encuestas. La noruega Ena Solberg, cuyo partido conservador se mantiene en el Ejecutivo gracias a una frágil coalición con la ultraderecha del Partido del Progreso y los democristianos, urgió sin embargo a las demás capitales nórdicas a “no tapar la boca” de las opiniones discordantes, en clara referencia a los populistas, potenciales beneficiarios del ruido mediático y la desinformación generada gracias a las injerencias de actores externos.

Suecia quedó retratado como ejemplo en la región de prevenir injerencias en procesos electorales. Finlandia, sin embargo, por alojar en Helsinki el centro de lucha contra la guerra híbrida en el que colaboran 18 países (Islandia aún no forma parte de él) y está apoyado por la Unión Europea. Sin embargo, algunos miembros del Consejo, como el conservador sueco Pål Jonsson, sugirieron pedir ayuda a los bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) para combatir los ciberataques: “Tenemos que contar con ellos porque saben bien cómo hacerlo”, justificó. Estonia es el país más digitalizado del mundo y la región báltica tiene una gran experiencia en combatir propaganda prorrusa. "Tenemos que unirnos para proteger esta región única", sentenció el danés Rasmussen.

De la costa catalana al fiordo de Oslo

B. D. C (Oslo)

La llamada internacionalización del conflicto catalán, por parte de los líderes independentistas, surte efecto. La cuestión de los políticos independentistas presos —en particular la situación de la expresidenta del parlament, Carme Forcadell— se ha instalado en el debate del Consejo Nórdico, la reunión anual de los líderes de Islandia, Noruega, Dinamarca, Suecia y Finlandia, con representación también de las regiones autónomas de Groenlandia, islas Feroe y el archipiélago de Åland.

"Forcadell lleva en prisión sin una sentencia durante 20 meses y podría estar 30 años en la cárcel", dijo Magni Arge, diputado de las islas Feroe (Dinamarca) y que anunció que visitará en prisión a la expresidenta del parlament la semana que viene. "Necesitamos encontrar y apoyar una solución pacífica a este conflicto", sugirió en una cámara completamente dividida respecto al mero hecho de debatir la cuestión de Cataluña. Jenis av Rana, también de Feroe, insistió en que "la prisión política de Carme Forcadell va en contra de todos los valores nórdicos".

Los ministros de Exteriores de las cinco potencias del Norte, en cambio, dieron la callada por respuesta y se limitaron a repetir que el catalán es "un asunto interno de España que se debe solucionar con el Estado de derecho y la Constitución", coincidieron Margot Wallström e Ine Eriksen Søreide, titulares de Exteriores de Suecia y Noruega respectivamente. "España está actuando conforme a los valores europeos. Y si eso cambia, actuaremos", concedió el ministro de Exteriores danés, Anders Samuelsen. Rana, feroés, elevó el tono y en un claro discurso en clave interna hacia el Ejecutivo en Copenhague (Dinamarca celebra comicios en 2019) dijo: "Este tema se debe abordar más seriamente. No hay que tener tanto miedo".

Y es que en este Consejo también existen sensibilidades nacionalistas. De hecho, Groenlandia y las islas Feroe (pertenecientes a Dinamarca) y el archipiélago de Åland (dependiente de Finlandia) gozan de una representación idéntica a la de los primeros ministros nacionales; ocupan todos la misma mesa de debate; y sus banderas ondean —como las otras— a las afueras del Stortinget (Parlamento noruego).

Poco después de un tenso debate, los miembros del Consejo Nórdico concluyeron por 62 votos a favor, 12 en contra y dos abstenciones que esta asamblea no es el lugar para debatir la cuestión de Cataluña. En la cumbre de diciembre de 2017, en Helsinki, el tema de Cataluña sólo se rumoreaba en los pasillos sin micrófonos. Este 2018 ya ha entrado en el parlamento.

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