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La juventud iraní ansiosa por huir que sueña, incluso, con América

La salida de EE UU del acuerdo nuclear da el último empujón a los jóvenes que no ven futuro en la República Islámica

Jóvenes en la Feria del Libro de Teherán el martes.
Jóvenes en la Feria del Libro de Teherán el martes. Getty

“Donde sea, menos aquí”, responde Afrah sin dudarlo cuando se le pregunta dónde sueña su futuro. Aquí es Irán y Afrah, que tiene 18 años, estudia Sociología en la Universidad Allameh Tabatabai de Teherán. Como ella son numerosos los jóvenes iraníes que han perdido la esperanza en que su país les ofrezca no ya formación y trabajo, sino simplemente lo que describen como “una vida normal”. El abandono del acuerdo nuclear por parte de Estados Unidos ha sido la gota que ha colmado el vaso. Aun así, muchos siguen aspirando a “América” como destino.

Incluso si se veía venir, la decisión del presidente norteamericano, Donald Trump, ha caído como un jarro de agua fría en Irán. La firma del Plan Integral de Acción Conjunta (PIAC), el nombre formal del pacto firmado en Viena en 2015, se recibió con especial alivio por parte de la generación millennial que creció en la era de las redes sociales, pero limitada por las sanciones internacionales. Casi la mitad de los 81 millones de iraníes tiene menos de 30 años y 26 millones han nacido desde el cambio de milenio.

“Claro que no estamos contentos. Va a afectar a la gente y a encarecer todo”, resume Mohammad Reza, de 21 años, que estudia ingeniería de la Universidad Amir Kabir. Él, como la mayoría de la docena de entrevistados para este reportaje, apoyó la firma del acuerdo porque creyó que iba a ayudar a ampliar las relaciones con otros países, mejorar la economía, solucionar los problemas de acceso a la tecnología, e incluso a animar a muchos expatriados iraníes a regresar a casa.

La elección de Trump truncó esas esperanzas. En los dos años transcurridos desde el levantamiento de las sanciones, pocos han visto cambios significativos. “En parte es responsabilidad de [nuestros] gobernantes porque exageraron los beneficios del acuerdo”, señala el analista Abas Aslani. Otros observadores mencionan que la mala gestión iraní también ha limitado los resultados. A pesar del aumento en la venta de petróleo (de 1,5 millones de barriles diarios a 3,8 millones), el acceso a medicinas, piezas de repuestos industriales y de aviación o a las aseguradoras internacionales, EE UU mantuvo restricciones propias que impidieron la normalización de las transacciones financieras.

“No es la primera vez que nos vemos en esta tesitura; sabemos lo que es vivir con tensiones y dificultades, pero me preocupan los efectos sobre los más vulnerables”, declara Sara, estudiante de Derecho de 20 años, convencida de que “los más ricos incluso sacarán beneficio de la situación”.

De momento, el cierre de las casas de cambio para evitar el desplome de la moneda local, el rial, y los controles cambiarios, ya están causando escasez de divisas y especulación entre quienes almacenan recambios o medicinas importados. También ha complicado los planes de aquellos que preparaban su salida del país. “Tras la dificultad de conseguir un visado; ahora nos quedamos sin posibilidad de usar el dinero que habíamos ahorrado”, confía F. angustiado porque los 500 euros que las autoridades permiten cambiar antes de salir del país le resultan insuficientes.

Pijos de Teherán

La Food Court del Royal Address es el último garito de moda entre los pijos de Teherán. El centro comercial, como otra media docena que se han levantado en los últimos años, no desmerecerían en Dubái o Manhattan. Sus precios, tampoco. Sólo las calles adyacentes, con aceras rotas y esquinas llenas de basuras, ponen en evidencia las incongruencias de la capital iraní. ¿Quién puede pagar 40 euros por un filete en Kassab cuando un profesor universitario gana entre 600 y 1.000 (al cambio oficial)? Ya no son los taghutis, como los primeros revolucionarios se referían a los ricachones de la época del sha. Lo que se mueve en los Palladium y los Sam Center es dinero nuevo. “Son los hijos de los altos cargos, que se han forrado con la privatización encubierta de los bienes públicos y las conexiones”, afirma un observador.

“Lo que no te mata, te hace más fuerte”, defiende Fatemeh, de 21 años, estudiante de Gestión Cultural en la Universidad Soore (privada) y la única entre los entrevistados que no apoyó el PIAC, una postura minoritaria entre los iraníes. “Queríamos algo que EE UU y Europa tienen, tecnología nuclear, y no considero que debamos plegarnos a los deseos de EE UU”, justifica. Ella no ve la necesidad de irse del país. “También hay gente que se queda y tiene una buena vida”, asegura.

Fatemeh es la única de las estudiantes de esta cafetería cercana a la Universidad de Teherán que lleva chador, el sayón negro que usan las piadosas chiíes y que el régimen islámico ha convertido en bandera de su identidad. Para ella, el eventual deterioro de la situación por la salida de EE UU del acuerdo constituye una oportunidad. “Hemos estado peor. Las limitaciones a la importación de medicinas nos obligaron a desarrollar nuestra propia industria farmacéutica; ahora debiéramos hacer lo mismo con otras industrias”, defiende.

Eso es lo que parece tener en mente el líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, que este sábado ha hecho un llamamiento a que los musulmanes unan sus esfuerzos para “avanzar en la ciencia y la civilización” de forma que EE UU no pueda dominarlos. Sin embargo, en su propio país la universidad se queja de abandono.

El ayatolá Ali Jamenei en la Feria del Libro de Teherán el viernes.
El ayatolá Ali Jamenei en la Feria del Libro de Teherán el viernes. AFP

“He dejado mis clases en la Universidad de Teherán porque hace dos años que no me pagaban”, confía un profesor no titular. “No nos forman bien. No nos apoyan. Al menos en la pública no hay presupuesto. Quizá en Medicina o en las ingenierías estén mejor, pero en Sociología no tenemos futuro”, denuncia Afrah. Por su parte, Sara admite que le hubiera gustado estudiar Literatura, pero que eligió Derecho porque su padre es abogado y podrá trabajar en su bufete. “Nadie se coloca sin enchufe”, afirma.

La tasa oficial de paro entre los jóvenes aumentó hasta el 28,40 % durante el último trimestre de 2017 (desde el 27,30 % el trimestre anterior), pero entre los graduados universitarios es del 42%. Más grave aún, hay un alto porcentaje de subempleo. Muchos titulados se ven obligados a aceptar puestos muy por debajo de su cualificación o en condiciones precarias.

“No nos hacen contrato, así que no tenemos seguridad social, desempleo o jubilación; no nos han subido el sueldo desde hace cuatro años y además nos descuentan un 10 % que no se refleja en la nómina, donde figura que nos han pagado una extra por el año nuevo que nadie hemos visto”, confía un traductor que trabaja para un organismo estatal. Si se quejan, les dicen que tienen suerte de tener trabajo.

La decisión de Trump, muy criticada por todos (“los acuerdos se respetan e Irán ha cumplido”, dicen incrédulos), ha matado las últimas esperanzas. “Es como volver diez años atrás. ¿Qué va a ser de nosotros ahora? Quienes tienen dinero se han preocupado de sacarlo fuera o de hacerse con un segundo pasaporte, pero la gente normal ¿dónde vamos a ir si ni siquiera nos dan visados?”, se pregunta un joven periodista que, como la mayoría, sólo aspira a “tener una vida normal”.

“Los estudios son un pasaporte para salir del país, especialmente para quienes cursamos humanidades”, explica Mohammad, de 20 años y compañero de clase de Afrah. A él le gustaría hacer su doctorado en EE UU, Alemania o Francia. “Donde consiga una beca”, dice. Pantea, 19 años y aspirante a diseñadora de moda, irá a Italia con ayuda de su padre. Mohammad Reza, el estudiante de ingeniería, tiene la vista puesta en Holanda. Su compañero Mehdi, de 22 años, mira hacia Canadá, donde un familiar puede echarle una mano. Afrah, que se declara anticapitalista, admite entre risas que quiere ir a… “América”.

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