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COLUMNA

De aquí a 25 años

Nadie sabe en qué consiste la multipolaridad que nació de los escombros del Muro de Berlín; en un cuarto de siglo el mundo se ha desencuadrado

La conmemoración de los 25 años de la caída del Muro es, en realidad, un dos en uno, porque no se entiende ese 9 de noviembre de 1989 sin adjuntarle su prolongación en junio y diciembre de 1991, en que, repetidamente, se proclamó la desaparición de la URSS. Concluía el mundo de la Guerra Fría y comenzaba otro que llamamos de la multipolaridad, que nadie sabe en qué consiste, quizá porque su principal rasgo sea no consistir. Paralelamente, un 9-N pretende decirnos que también, con las votaciones del domingo en Cataluña, un tiempo se acaba y comienza una nueva era en la que la comunidad autónoma diga adiós a España.

En este cuarto de siglo el mundo se ha desencuadrado. Se habla con aprensión en Europa y con fruición en América Latina del ascenso de China, pero eso afecta básicamente al Pacífico, e incluso los restantes tigres asiáticos mantienen relaciones privilegiadas con EE UU. Europa se ha desencajado a la espera de saber si el Reino Unido deja la UE, lo que sería malo para todos, pero no peor que su remolona permanencia en la organización; y lo verdaderamente decisivo ha sido la transformación de Alemania en líder económico continental. El África negra ha conocido tasas de crecimiento inéditas, aunque hipotecadas a la explotación de recursos naturales, sin que parezca que la construcción de Estados nacionales gane terreno. América Latina emerge como sujeto político internacional, pero esa nueva relevancia subraya las diferentes apreciaciones sobre el camino a seguir, el de la Alianza del Pacífico (México, Colombia, Perú y Chile) fiadora del comercio de grandes superficies, o el de la tropilla bolivariana (Venezuela, Ecuador y Bolivia), que marcha sobre el propio terreno, aunque siga entonando el mantra de un nuevo orden económico mundial.

En el mundo árabe se han sucedido extensas algaradas que la prensa apresuradamente llamó primaverales porque derrocaban dictadores, pero sin que eso condujera a la democracia, con la posible excepción de Túnez. En Oriente Medio un salto atrás histórico: el califato del Estado Islámico sustituye a Al Qaeda como aspirante a enemigo público número uno del mundo occidental. Y, por último, el conflicto árabe-israelí, inmutable a conmociones geodésicas, está, si cabe, peor que nunca, con el reconocimiento palestino de que ni siquiera se negocia para negociar.

La URSS podía haber durado todavía un tiempo si no se hubiera empeñado Mijaíl Gorbachov en inyectarle un cierto pluralismo político que la convirtiera en auténtico par de EE UU. Pero el expresidente soviético no sabía en qué país vivía. Moscú probablemente habría acabado por bajar los brazos, porque nunca tuvo capacidad económica ni soft power para rivalizar con EE UU, pero no era obligatorio suicidarse. EE UU y Rusia —ya no los titanes de antaño— son capaces, sin embargo, de escenificar lo que Gorbachov ha llamado “una nueva guerra fría” por Ucrania. Pero, quizá, no hay para tanto, porque a su enfrentamiento, medido como en un paso de danza, le falta el componente ideológico.

Ese es el mundo que se encontraría Cataluña si la separación terminara imponiéndose, aunque eso tampoco sea para mañana. Preguntémonos hoy, si acaso, qué aniversario es el que se celebrará dentro de 25 años.

 

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