me gusta el olor a instagram por la mañana

La invasión de lo ‘influencer’: cómo la cultura del yo se extiende por el cine, la música y las ciudades

Muchos los veían como un chiste, pero los hoy llamados creadores de contenido ya son medidos en términos económicos, sociales y hasta arquitectónicos. Ayuntamientos y negocios buscan la esquina perfecta para Instagram, el cine habla de ellos como un estrato social relevante y los documentales los retratan como una generación cuyos códigos ya son táctiles y rectangulares

Antes la realidad se pasaba por un filtro "Valencia" para embellerse. Desde hace un tiempo, la propia realidad se convierte en el filtro: negocios y ciudades tienen rincones fotogénicos hechos para las redes y la cultura de los 'influencers' se filtra de manera natural a la música, el cine y la televisión.
Antes la realidad se pasaba por un filtro "Valencia" para embellerse. Desde hace un tiempo, la propia realidad se convierte en el filtro: negocios y ciudades tienen rincones fotogénicos hechos para las redes y la cultura de los 'influencers' se filtra de manera natural a la música, el cine y la televisión.Collage: Blanca López / Getty Images

La escena tuvo lugar en la Isla de Lobos, territorio deshabitado (el último farero murió hace 20 años) situado a dos kilómetros de la costa de Corralejo, en Fuerteventura. Hay una cala con aguas turquesas y un viejo muelle de madera que salían en todas las guías de la isla. En Instagram las fotos son espectaculares: basta con buscar la localización en la red social para ver cientos de fotos de turistas de todos los colores y fisionomías sentados en aquel muelle, observando las rocas y tomando el sol. Era solo una media hora de camino por los terrenos áridos para encontrarla. Y allí apareció, pero no era exactamente como en las imágenes: en la cola para subirse al muelle y hacerse la foto sentado, mirando al horizonte, había unas 200 personas. Cada uno daba el móvil a su acompañante, se sentaba, simulaba un momento de paz y meditación y osaba repetir la foto solo unas dos o tres veces, dado que el resto de la cola empezaba a protestar al cuarto disparo. Lo presenció el que firma estas líneas, que siguió su camino y se quedó sin foto.

Este zoom que nos aleja de la foto, el que muestra la realidad fea que rodea a un encuadre perfecto listo para arrasar en me gustas en Instagram, es la razón de ser de cuentas como Influencers in the wild (“Influencers en su hábitat”), que en Instagram atesora un millón y medio de seguidores y ya ha sido aplaudida por medios como The New York Times. “Sí, tiene algo de realidad”, confirma Diana Millos, que con su alias dianamiaus alcanza 130.000 seguidores en Instagram gracias a sus espectaculares imágenes tomadas en viajes por todo el mundo. “No es siempre así, pero una foto perfecta puede esconder madrugones, escaladas, cambios de estilismo, colas, pasar frío, pasar calor, largas esperas, comida que se enfría y horas de edición”. Esto puede parecer lógico para Diana, creadora de contenido que ayuda a empresas turísticas en sus estrategias de marketing digital, pero empieza a ocurrir ya al otro lado de la pantalla, tenga uno 130.000 seguidores o solo cincuenta. La posibilidad del me gusta es demasiado tentadora. Y el resto del mundo está dispuesto a llevárselo también.

La influencer Dianamiaus, con 128.000 seguidores, en uno de sus posts de viajes.

Basta echar un vistazo a la oferta cultural que nos rodea, o a los últimos locales inaugurados en las grandes (o pequeñas) ciudades para darse cuenta de la cultura del influencer, que se ha demostrado ya lo suficientemente estable y trascendental como para que nadie se siga riendo de ella: el retorno de la inversión en este tipo de escaparates, según informó EL PAÍS en 2020, es cada vez mayor para las marcas que deciden pagar por ellas. Desde hace un tiempo ha extendido también sus tentáculos sobre la televisión, el cine, la música y la arquitectura. ¿Qué ocurre cuando Rosalía repite “¡la-ro-sa-lí-a!” en varias de sus canciones? Lo explicó a ICON Julio Arce, profesor en el departamento de Musicología de la Universidad Complutense de Madrid: “Esto es una extrapolación de la cultura del selfi a lo sonoro. La cuestión central es la autorreferencia. Ves el Instagram de Rosalía y está lleno de selfis. Es normal que eso se traslade también a sus canciones”.

Hace tiempo que la televisión se ha apuntado a la tendencia. Si al principio series como Black Mirror lo hacían desde una perspectiva entre socarrona y apocalíptica (el primer episodio de la tercera temporada, Caída en picado, habla de un mundo en el que popularidad de las redes sociales determina tu poder socioeconómico y tus posibilidades en la vida y la protagonista acaba delinquiendo para conseguirlo), ficciones más recientes como Emily in Paris (de Netflix) introducen el elemento como algo natural. La pizpireta Emily camina por París haciendo fotos, subiéndolas a su perfil de Instagram y disfrazando de comedia dulce la angustiosa realidad de trabajar 18 horas al día (un día, en el futuro, algún filósofo analizará el popular hashtag #AmoMiTrabajo ante el asombro de sus coetáneos). Ese París que capta el iPhone de Emily hace un homenaje (tal vez no pretendido) a la estética impuesta por la propia Netflix: primeros planos, colores chillones, composiciones sencillas. Ese será, probablemente, el primer gran legado de Netflix. Ha hecho que proyectemos nuestra propia vida y sigamos las vidas ficticias de otros desde el mismo dispositivo: el móvil. Al segundo llegaremos dentro de tres párrafos.

“Ves el Instagram de Rosalía y está lleno de selfis. Es normal que eso se traslade a sus canciones”, dice Julio Arce, de la Universidad Complutense de Madrid.

Hace once años La red social (dirigida por David Fincher y escrita por Aaron Sorkin) abrió la puerta al fenómeno de la popularidad digital en el cine. Desde entonces diversos personajes que se dedican a triunfar en las redes sociales han aparecido en las pantallas, casi siempre para ser pasto un chiste (recordemos a Cristina Pedroche en Sin rodeos, de 2018). La recién estrenada Shook lleva a los influencias a un nuevo género que, históricamente, ha funcionado mejor que ningún otro como termómetro de los miedos, carencias y pasiones de cada momento y cada sociedad: el terror.

Shook, recientemente estrenada en Estados Unidos y aún sin fecha de desembarco en España, cuenta la historia de una estrella del maquillaje de las redes sociales que comienza a ser acosada por un psicópata que sabe todo sobre ella (vaya, como sus cientos de miles de seguidores). Jennifer Harrington contó en la web especializada Filmint que no sabía mucho sobre la cultura influencer hasta que empezó a investigar para el guion. “Cuánto más miraba más sentía esa apariencia, ese pretender ser otra persona. Puedes ver perfectamente que es una interpretación. Y te preguntas: ¿quiénes son de verdad? No es que muestren solo lo positivo de la ida, es que se crean una nueva personalidad. Eso tiene que empezar a influir en tu mente al cabo de un tiempo. Empiezas a tener más de una identidad”. Esta película ya la hemos visto y data de 1956: se llamaba La invasión de los ultracuerpos.

Shook puede parecer pequeña (es de bajo presupuesto y se ha estrenado en plataformas de streaming), pero la historia nos ha enseñado que cuando una realidad entra en el cine de terror, empieza a formar parte del discurso de una época para siempre. Las criaturas deformes y los monstruos en el cine hicieron de catarsis para la Primera Guerra Mundial, las cintas sobre doble personalidad rubricaron las secuelas de la Gran Depresión, los hombres lobo se hicieron populares populares durante la Segunda Guerra Mundial, los extraterrestres malvados durante la Guerra Fría, las cintas de asesinatos sangrientos juveniles tipo Viernes 13 después de la guerra de Vietnam, las diferentes crisis inmobiliarias dejaron como legado decenas de películas sobre casas encantadas y el terror al sida resucitó a los vampiros en los ochenta. En realidad, Shook es hija natural de un nuevo tipo de película de terror post 11-S, y anterior a las redes sociales como tales, que lleva triunfando durante quince años: la que habla de la hipervigilancia y tiene sus mayores ejemplos en sagas como Paranormal Activity, REC y la serie Black Mirror. Documentales como Fake Famous, de HBO, o el popular El dilema de las redes, de Netflix, nos ponen frente a una paradoja casi más grande que ver en un dispositivo films que hablan de los peligros del dispositivo y es el segundo gran legado de Netflix: el algoritmo advirtiéndonos de los peligros del algoritmo.

Borja Terán, crítico televisivo y autor de Tele. Los 99 ingredientes de la televisión que deja huella, recuerda que la televisión ha precedido a las redes sociales a la hora de crear una iconografía inmediatamente reconocible dentro de un cuadrado (que antes se llamaba televisor). “Los estadounidenses han ido por delante al potenciar mucho la iconografía de sus programas antes de las redes sociales: en Estados Unidos, por ejemplo, te podías comprar la taza de la NBC y Ellen DeGeneres tiene hasta su linea de calzoncillos. En España no hay tanta cultura en ese sentido, pero en la puerta del plató de Leit Motiv de Buenafuente, por ejemplo, se ha construido una especie de marquesina de teatro clásico donde el público se puede hacer la foto y subirla para promocionar el programa, algo que a la televisión de pago le viene bien para visibilizarse. La productora El Terrat ha sido muy pionera en cuidar esa liturgia de la experiencia televisiva en directo”. Terán va incluso más lejos y cree que la principal influencia es al revés: los programas de televisión clásicos aún proyectan una gigantesca sombra sobre lo que hacen los influencers. “¿No están copiando los de Twitch a la tele, en realidad?”.

Pero mas allá de la pantalla: ¿estamos decorando la realidad para que se acomode a la belleza de lo que vemos en las redes? Si Jennifer Harrington descubrió que había personas intentando aparentar ser otra cosa, ¿están los lugares transformándose para encajar perfectamente en el cuadrado que define ahora nuestra personalidad digital? Diana Millos lo confirma: “La esquina instagrameable es algo que cada vez se busca más. Es una oportunidad para cafés, restaurantes, hoteles y destinos de destacar sobre los demás y conseguir atraer, sobre todo, a millennials y a la generación Z”. Desde los llamativos neones de un restaurante mexicano en Chueca –frente a los que hay cola para fotografiarse– a las letras de Madrid recién inauguradas en Madrid Río, la propia capital de España se está convirtiendo en una galería de espacios prestos para subir la imagen a Instagram –no hacen un servicio urbano, no son especialmente bonitas, solo sirven para hacerse una foto– y dejar claro que has estado aquí. El interiorista y diseñador Guille García-Hoz alerta sobre los peligros e incomodidades de construir una realidad que encaje en lo que exigen las redes sociales: “Una cosa es hacer un instagram spot [o sea, un rincón fotogénico] para que la clientela de manera orgánica te ayude con la publicidad y otra es perder el norte haciendo escenografías del todo invivibles en viviendas que son para seres humanos reales, que pasan tiempo con sus familias y desarrollan su vida cotidiana, no virtual, en ellas”.

Eche un ojo a las casas de los influencers más famosos, o a las de aquellos especializados en decoración, o las esquinas que proponen algunas de las cuentas mas populares de Pinterest. Un “rincón de lectura” en medio del pasillo. Una “estación de café” en una esquina inservible de la cocina. García-Hoz confirma que decorar un espacio para la pantalla y decorarlo para la vida “son dos cosas diferentes. Veo ciertos perfiles que se han metido en fregados de proyectos enteros queriendo hacer cosas como las de la foto donde muchas veces no se podía. Algunas veces ves fotos en redes y revistas donde las cosas de verdad no caben o no tienen las proporciones necesarias. Me abruma que alguien pueda sacrificar la funcionalidad por los me gusta. Creo que son dos mundos diferentes que en ocasiones se tocan, pero una casa es una casa y un muro de Instagram, un muro de Instagram. Como nos olvidemos de eso acabaremos viviendo a base de aguacates y smoothies, y yo soy más de torreznos y cerveza”.

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