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‘Viernes 13’, 40 años después: por qué disfrutamos (especialmente ahora) viendo matar y morir en el cine

Hace 40 años se estrenó una película de terror de bajo presupuesto que se convirtió en un clásico y dio lugar a una saga de beneficios millonarios. Tras su aparente simplicidad se esconde un discurso que nos retrató como sociedad entonces y sigue haciéndolo hoy, en medio de una crisis mundial

Jason y su víctima respetando, por poco tiempo, la distancia social en la nueva versión de 'Viernes 13' que se estrenó en 2009. Es, por ahora, la última película de una franquicia que ha recaudado hasta hoy más de 500 millones de euros en taquilla.
Jason y su víctima respetando, por poco tiempo, la distancia social en la nueva versión de 'Viernes 13' que se estrenó en 2009. Es, por ahora, la última película de una franquicia que ha recaudado hasta hoy más de 500 millones de euros en taquilla. Alamy

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Habla Betsy Palmer, actriz curtida en el Actor’s Studio que trabajó con John Ford, Paddy Chayefsky y Tenneessee Williams y, según ella, tuvo un romance con James Dean. Recordando un episodio que le sucedió a finales de la década de los setenta, contó lo siguiente: “Tenia un Mercedes y se me estropeó en una autopista de Connecticut. Así que me dije: 'Necesito un coche nuevo'. Fui a buscar uno y me enamoré de un Volkswagen Scirocco. Quería un coche pequeño y bonito como ese. Me llamó mi agente y me preguntó: ‘¿Quieres hacer una película?’. ‘¡Estupendo!’, dije. ‘Así podré pagar el coche’. Y añadió: ‘Pero tengo que decirte una cosa: es una película de terror’. Cuando me llegó el guión y lo leí, pensé: ‘¡Menudo pedazo de mierda!’. Pero también pensé: ‘Nadie va a ver esta película. Se estrenará, se olvidará y yo podré comprarme mi Scirocco’.

La trama era tan sencilla como una historia de terror que cualquiera puede contar alrededor de una hoguera: los jóvenes monitores de un campamento de verano van muriendo a menos de un psicópata con un machete. ¿Buscaría usted tintes freudianos en Viernes 13? Pues los hay, están por todas partes

La película se llamaba Viernes 13, recaudó sesenta millones de dólares con un presupuesto de 550.000 y creó una franquicia que tiene, hasta hoy, doce películas, una serie de televisión, videojuegos y merchandising y ha recaudado más de 500 millones en taquilla. En España se estrenó un 13 de junio de hace 40 años, clasificada "S" por su violencia y con una crítica en EL PAÍS de Ángel S. Harguindey bastante graciosa y benevolente: "Lo importante es no dar respiro al espectador. La película no tiene otra finalidad, es medio y fin en sí mismo. [...] En tiempos del franquismo habría sido prohibida. La OJE [siglas de Organización Juvenil Española, de ideas conservadoras] no habría aceptado el mensaje. Los habitantes de El Escorial, tras las experiencias de los jóvenes nazis y los jóvenes nuevos y forzudos, se solidarizarán con el asesino".

Viernes 13, se llamaba: si es importante empezar por su nombre es porque por ahí comenzaron sus creadores. El director Sean S. Cunningham, que más que prestigio ansiaba dinero, ideó un título atrayente para una película comercial sorprendido porque nadie lo hubiera usado antes (se equivocaba: hay una película británica de 1933 y una novela de Thomas W. Lawson de 1907 llamadas igual). Pagó después una página completa en Variety (histórico semanario sobre la industria del entretenimiento) para promocionarla como “la película más terrorífica jamás hecha”. Todo esto cuando no había ni película, ni guión, ni reparto, ni financiación. Es posible que fuese avaro y cínico, pero Hollywood no se construyó sobre otros cimientos. La inspiración era La noche de Halloween, la película de John Carpenter de 1978 hecha con 300.000 dólares de presupuesto que acabó recaudando 70 millones. “La mayor influencia que saqué de esa película –declaró el director Sean S. Cunningham al escritor David Grove en el libro Making Friday the 13th– fue el título. Era un titulo tan bueno que incluso aunque hubieran hecho una mala película hubiese sido un éxito”.

James Dean y Betsy Palmer, que acabaría interpretando a la asesina de 'Viernes 13' lustros después, en un episodio de la serie de CBS 'Danger' en 1953.
James Dean y Betsy Palmer, que acabaría interpretando a la asesina de 'Viernes 13' lustros después, en un episodio de la serie de CBS 'Danger' en 1953. Getty Images

Pronto encontraron inversores (unos tipos que tenían una cadena de cines en Boston y que, sobre todo, querían vender entradas) y un guionista (Victor Miller, que venía del mundo de los culebrones y, por lo tanto, manejaba lo más importante para una película de palomitas: la estructura). Miller escribió un guión que cumplía todas las normas y clichés que le indicó Cunningham: unos jóvenes atractivos en un lugar donde no hay supervisión adulta mueren de forma horrible. ¿Y en qué lugar no hay ningún adulto? ¡En un campamento! Pero ahí también hay niños, ¿qué hacemos con los niños? ¡En un campamento que todavía no ha abierto sus puertas! Viernes 13, el título, ya tenía una trama.

Los miedos de cada generación no solo se han representado en la ficción, también se han purgado y aplacado en ella. Dentro de unas décadas alguien analizará qué cine salió de la pandemia del covid-19, se estudiará cómo un mundo paralizado y confinado reaccionó al terror al virus con el terror en la ficción

Y era tan sencilla como una historia de terror que cualquiera puede contar alrededor de una hoguera: los jóvenes monitores de un campamento de verano van muriendo a menos de un loco con un machete. Y ya está. ¿Buscaría usted tintes freudianos en algo tan ramplón como Viernes 13? Pues los hay, están por todas partes. Están en el aire, por ejemplo: la famosísima banda sonora de Harry Manfredini que parece imitar unos susurros está repitiendo, en realidad, las sílabas "Kill, kill, ma, ma" (o sea, "¡Mátalos, mamá!"). Porque aunque el que se llevó la fama fue el famoso Jason, esa bestia parda con máscara de hockey, la asesina de la primera entrega, ese loco del que hablamos, era su madre. Por primera vez en el género slasher (de “slash”, corte, que denomina al subgénero de psicópatas trinchando a jovencitos), quien mataba sin remordimiento y con saña era una mujer. No solo una mujer: la madre de Jason parecía una señora respetable con jersey de punto azul cielo y peinado de hechuras arquitectónicas rematado con laca, de esas que si habían aparecido con un cuchillo alguna vez en la pantalla era solo para cortar un pavo de acción de gracias.

La asesina de Viernes 13, interpretada por Betsy Palmer (la que pensó que nadie vería la película y se podría comprar un coche, que falleció en 2015 a los 88 años), mata para vengar la muerte de su hijo Jason, que se ahogó en el lago del campamento años antes al ser desatendido por dos monitores que estaban haciendo el amor. Al final de la película, tras matar a nueve jóvenes, la única superviviente, Alice, le corta la cabeza. Pero con la película convertida en un éxito mundial, los productores querían más, y con la villana descabezada, la única posibilidad era devolver a la vida al propio Jason. ¿Acaso no se había ahogado realmente? ¿O se había ahogado y había resucitado? Da igual. La intención era crear una saga rentable y, tras resucitarlo en la segunda entrega y ponerle una máscara de hockey en la tercera, nació uno de los iconos definitivos del terror contemporáneo. Jason era huérfano, virgen, probablemente asexuado, edípico perdido, bruto como un arado, una máquina de matar y un tipejo oscuro, en resumen, que ha convertido a su madre literalmente en un fetiche (en la segunda parte tiene su cabeza puesta en un altar).

¿Lo escucha? La famosísima banda sonora de Harry Manfredini para Viernes 13 dice, en realidad, 'Kill, Kill, ma, ma', o sea, "¡Mátalos, mátalos, mamá!".

En el olimpo de los iconos de terror contemporáneos, Jason tiene un lugar especial. Freddie Krueger (de la saga Pesadilla en Elm Street), tan locuaz y socarrón, era un asesino consciente de su autoparodia que se diría que leía a Kafka en sus ratos libres. Michael Myers (de la saga Halloween), con una máscara completamente blanca y movimientos lentos y elegantes, tenia cierta flema british, era el asesino que hubiesen imaginado Merchant e Ivory de haber creado un slasher. En este sentido, Jason es el asesino más efectivo, rápido y placentero para los sentidos del espectador del género. Y a su manera, el más estadounidense: libre de un pasado cultural o mitológico (de Freddie o de Michael se hartaron de contarnos su vida y árbol genealógico en sus franquicias respectivas), libre de molestos intervencionistas como los padres o la policía (que apenas aparecen en toda la saga), Jason solo existía para matar rápido, bien, rentable y espectacularmente.

“Uno debe preguntarse si el ritual compartido por las películas de horror de subcategoría slasher no es, en última instancia, el castigo de adolescentes activos sexualmente, sino más bien un rito de iniciación disfuncional: la contemplación y representación colectiva del asesinato de la infancia a través del sexo prematuro impulsado por los medios”

David J. Skal, autor de 'Monster Show'

En la franquicia entera se ha cargado (hasta ahora) a más de 190 personas. Freddie mataba en sueños y dejaba un poso shakesperiano. Michael mataba en esas casas perfectas y alineadas tan propias del triunfo en los suburbios, y dejaba, si acaso, una relectura propia de Polanski sobre los demonios de la comunidad. Pero Jason mata en el bosque, sin sentido, sin motivos, sin estilo propio. De todos, es el más atávico. Y, de acuerdo a los números (fue hasta 2018 la saga de terror más rentable de la historia) el que más nos gusta. ¿Por qué?

Pasar miedo es divertido

El análisis de por qué nos gusta el terror es uno de los más fecundos de la teoría cinematográfica y el género, desde luego, es el que habla de forma más fiel sobre un lugar y un momento. Asistir al horror en un entorno controlado y ficticio es una experiencia balsámica en medio de un horror real. "El modo en que nuestro cerebro se relaja tras ver una película de terror es enormemente placentero desde un punto de vista neuroquímico", declaró a Bustle la Katherine Brownlowe, de la Universidad de Ohio. "Eso se debe a que la liberación de dopamina relacionada con la respuesta cerebral del sistema parasimpático provoca una gran sensación de bienestar".

Esa es una explicación científica, pero siempre da más de sí la sociológica. Los miedos de cada generación no solo se han representado en la ficción, también se han purgado y aplacado en ella. Wes Craven, maestro del género, dedicó a esta posibilidad una película entera, La nueva pesadilla de Wes Craven (1994), una especie de Ocho y medio delirante donde el reparto de la Pesadilla en Elm Street original se daba cuenta de que, con el villano Freddie Krueger muerto en la ficción, el terror que había estado controlado y contenido en la pantalla se extendía por el mundo real.

¿Qué terreno era el propicio para colocar a unos cuantos jóvenes salidos sin supervisión paterna? Un campamento de verano. Así nació 'Viernes 13'.
¿Qué terreno era el propicio para colocar a unos cuantos jóvenes salidos sin supervisión paterna? Un campamento de verano. Así nació 'Viernes 13'. Cordon Press

Dentro de unas décadas alguien analizará qué cine salió de la pandemia del covid-19, se estudiará cómo un mundo paralizado y confinado reaccionó al terror al virus con el terror en la ficción. Y no será con películas precisamente sobre virus ni pandemias, porque el género de terror, como los sueños, codifica, ritualiza y transforma todo lo que nos espanta para devolvérnoslo estetizado y digerible.

Casa encantadas, vampiros, posesiones diabólicas, alienígenas o monstruos han reflejado el miedo a la crisis inmobiliaria, al colapso económico, al sida, al aborto, al auge del feminismo, a los comunistas o al desastre medioambiental. ¿Pero qué reflejó exactamente esta moda del slasher que, a finales de los setenta, durante los ochenta y a finales de los noventa hizo triunfar en el cine a asesinos enmascarados que mataban de forma cruel y aleatoria a adolescentes calientes como el palo de un churrero? La teoría más sencilla es que representan un castigo del sexo: en Halloween, La matanza de Texas, Viernes 13, El tren del terror, Un San Valentín sangriento, Prom Night, El asesino de Rosemary y demás joyas del género, el que folla muere. Así de sencillo. La heroína que sobrevive es la que ha permanecido casta.

Viernes 13 es una de las primeras películas comerciales en las que al miedo se une el gore. En Psicosis, La matanza de Texas o La noche de Halloween la muerte era estilosa, rítmica, a veces incluso bella, pero en Viernes 13 es sanguinolenta, explícita y dolorosa. Los cuerpos se mutilan, sangran, se deforman, sufren

Es tentador caer en ese análisis un tanto puritano. En el ensayo Monster Show, de David J. Skal (uno de los dos mejores libros que se ha publicado sobre el asunto), el autor le da una vuelta: “Uno debe preguntarse si el ritual compartido por las películas de horror de subcategoría slasher no es, en última instancia, el castigo de adolescentes activos sexualmente, sino más bien un rito de iniciación disfuncional: la contemplación y representación colectiva del asesinato de la infancia a través del sexo prematuro impulsado por los medios”.

Stephen King es más práctico. En su ensayo Danza Macabra (el otro mejor ensayo sobre el terror, ambos fueron editados en España por Valdemar) ensalza el miedo como algo que existe por encima de análisis e interpretaciones y reitera que una historia clásica y sencilla de terror como Viernes 13 “no aspira a reflejar una belleza simbólica, ni a retratar su época, ni la mente o el espíritu humanos. El horror sencillamente está ahí, al margen de toda definición o racionalización”. Efectivamente no aspira a hacerlo: Viernes 13 solo aspiraba a hacer ricos a sus creadores (finalmente, gracias a los royalties de todas las secuelas y del merchandising, no los hizo solo ricos, los hizo millonarios), pero la historia acaba reescribiendo cualquier producto cultural de éxito, incluso uno con tan pocas intenciones de trascender como tenía este.

El célebre asesino de la saga 'Halloween', Michael Myers, en una imagen promocional de 'Halloween 4: el retorno de Michael Myers'.
El célebre asesino de la saga 'Halloween', Michael Myers, en una imagen promocional de 'Halloween 4: el retorno de Michael Myers'. Getty Images

Tal vez la miga de Viernes 13 no está en su trama, sino en algo tan peregrino y secundario como el maquillaje y los efectos especiales. Una de las claves del éxito de esta película, y uno de los aspectos en los que más se invirtió (nadie cobró demasiado por trabajar en ella, ni unos actores debutantes entre los que se encontraban Kevin Bacon y uno de los hijos de Bing Crosby), fueron los efectos visuales. Eso permitió crear imágenes impactantes como la de una joven con la garganta sesgada y sangrante, otra con un hachazo en medio del rostro, a Kevin Bacon con un cuchillo saliéndole de la garganta (la asesina lo clava desde debajo del colchón en el que está escondida, qué puntería) o la propia asesina, al final, decapitada por Alice, la heroína de la película. Todo fue obra de Tom Savini, leyenda de los efectos de maquillaje en Hollywood y cuya historia nos ayuda a sacar una tercera teoría sobre qué quiere decir realmente todo este número y por qué tuvo tanto éxito.

Savini (Pensilvania, 1946), obsesionado desde pequeño con Lon Chaney, estrella de las películas de terror de Universal de los años treinta, soñaba con crear maquillaje y efectos especiales, pero acabó estudiando fotografía en Fort Monmouth y siendo enviado a la Guerra de Vietnam como fotógrafo de combate. “Vietnam me dejó jodido, como a todos los que estuvimos allí, pero contribuyó a mi trabajo”, reconoció a David Grove en Making Friday the 13th. “Cuando hice Viernes 13 mi cabeza estaba llena de imágenes que había visto en Vietnam, de esas heridas de guerra que no eran el tipo de heridas y sangre que veías en las películas de terror. Creo que por eso el público se quedó tan impresionado con lo que vio”.

Viernes 13 es una de las primeras películas comerciales en las que al miedo se une el gore. En Psicosis, La matanza de Texas o La noche de Halloween la muerte era estilosa, rítmica, a veces bella, pero en Viernes 13 es sanguinolenta, explícita y dolorosa. Los cuerpos se mutilan, sangran, se deforman, sufren. La juventud que vio Viernes 13 no era la misma que vio la elegante Psicosis: eran los que habían visto por televisión las imágenes sangrientas de Vietnam, que disfrutaban con la parafernalia sádica del punk y crecieron oyendo hablar en su casa del terror nuclear. En ese ambiente, Viernes 13 no resulta exactamente escapista (una comedia musical es escapista, no esto), pero sí reconfortante: ante un futuro incierto, estas películas mostraban a la juventud que conociendo las reglas uno podía sobrevivir.

En la octava entrega de la saga, el asesino Jason Vorhees recalaba en Nueva York. Paramount aprovechó para crear este curioso cartel en el que Jason destroza el célebre cartel de
En la octava entrega de la saga, el asesino Jason Vorhees recalaba en Nueva York. Paramount aprovechó para crear este curioso cartel en el que Jason destroza el célebre cartel de "I love New York" diseñado en los setenta por Milton Glaser. Cordon Press

Así, todas las películas de Viernes 13 son un lugar cómodo y conocido para el espectador, un lugar feliz y seguro, de alguna manera. Es fácil conocer las reglas porque en todas ellas ocurre exactamente lo mismo. Va a haber un asesinato, de media, cada siete minutos, y la muchacha que aparece en la primera escena es la que va a sobrevivir en la última porque es la única lista como el espectador. Esa previsibilidad y esa cadencia son adictivas. Los seres humanos somos adictos a la rutina, moldeamos nuestra vida en torno a ella, y lo que nos ofrece cualquier entrega de Viernes 13 es pura rutina: un chiste, un polvo, una muerte. Un chiste, un polvo, una muerte. Así durante 90 minutos. La saga Viernes 13 descubrió además algo vital para la industria cinematográfica contemporánea: que lo que desea el aficionado al cine de género es ver la misma película una y otra vez. Y la saga de Viernes 13 es exactamente eso: la misma película rodada doce veces.

Con un presupuesto medio por entrega de apenas tres millones de dólares, todas las películas de la saga recaudaban solo en Estados Unidos unos quince o veinte. No hacía falta ni promoción: la base de fans que ansiaba volver a ver a Jason hacer lo mismo de siempre era suficiente. Era un negocio redondo. No hay nada más fiel que un perro y, después de eso, un fan del género de terror.

¿Hay futuro para la franquicia Viernes 13? Ya hace once años que se estrenó su última entrega, que más que una secuela era una versión. Mucho se ha hablado de una nueva entrega, pero nunca se llegó a formalizar. Halloween, la saga que siempre fue la segunda en términos monetarios, adelantó a Viernes 13 por la derecha con el éxito mundial de su última entrega en 2018 (que le otorgó el título de saga de terror más exitosa de la historia). Pero aquello tenía sentido: con el regreso de la gran estrella del género Jamie Lee Curtis y un subtexto nada disimulado sobre un grupo de mujeres que se defienden de un acosador y alzan la voz tras cuarenta años de silencio, fue definida como la gran película de terror de la era post-me too.

¿Cabe Jason, un asesino sin conciencia, pasado ni futuro, en el siglo XXI? Hoy el mundo es otro y el enemigo es invisible y microscópico, pero el terror atávico que representa un asesino enmascarado y una historia de este tipo es atemporal. También lo es su conclusión: que se puede sobrevivir conociendo unas reglas básicas. Tal vez la gran película de terror sobre el coronavirus surja cuando conozcamos las suyas.

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