“Tu canción es una basura”: así juzgamos la música por motivos que nada tienen que ver con la calidad

Fenómenos como Pink, cuyo último tema ha sido recibido con frialdad, o Pablo Alborán, que mueve a masas pero no a la crítica, ponen sobre la mesa todos los criterios sociales, de género, de edad e identidad que hay tras el juicio a una canción

Pablo Alborán, Laura Pausini, Pink, Rick Astley o Justin Timberlake son ejemplos de artistas que han firmado canciones que el público ha celebrado y convertido en masivas y la crítica especializada ha considerado de segunda.
Pablo Alborán, Laura Pausini, Pink, Rick Astley o Justin Timberlake son ejemplos de artistas que han firmado canciones que el público ha celebrado y convertido en masivas y la crítica especializada ha considerado de segunda.Getty Images / Blanca López (collage)

De la nueva canción de P!nk, Never Gonna Not Dance Again, compuesta por el titán sueco Max Martin (el productor y compositor contemporáneo más exitoso, con 25 números uno en EE UU), no se ha dicho nada bueno. “Sin vida”, “genérica”, “trágica”, “horrible”, se lee en la web especializada en pop más respetada, PopJustice. Cierto, es blanda e inofensiva, pero también pegadiza. En realidad se podría defender que es lo que la mayoría del público busca en la música pop. De ahí surge la pregunta: ¿por qué se consideran “malas” a canciones que cumplen su función, que satisfacen al público al que se dirigen? Hay elementos comunes a la hora de recibir ese sambenito: letras exageradamente sentimentales (o demasiado obvias, o demasiado crípticas) y melodías que, cuando son muy pegadizas o empalagosas, dejan ver sus costuras.

Pink publicará disco nuevo el próximo febrero. Pablo Alborán lo hará dentro de muy poco (La cuarta hoja, el 2 de diciembre, a tiempo para la campaña navideña). Ambos son ejemplos de fenómenos de masas que dejan fría a la crítica. Marta España, musicóloga, crítica musical y líder de su propio proyecto musical, Marta Movidas, subraya la influencia que el “factor identitario” de la música ejerce en el modo en que la valoramos. “Un individuo se define a sí mismo, muchas veces, por la música que consume pero también por la que públicamente decide no consumir”, explica. “Con ello pone de manifiesto los ideales, valores y comportamientos ligados a un género que comparte. Muchas veces catalogamos una canción (y un artista) por lo que representa para una sociedad, aunque sea de forma inconsciente, y eso hace que te guste o no”.

Sebas E. Alonso, director de la web musical independiente Jenesaispop y autor del libro 200 discos clave del siglo XXI, tiene muy claro que la popularidad de la canción no determina su calidad. “La complejidad de la letra, la originalidad del tema tratado, su punto de vista o su relevancia social, como se vio con Ay mamá, de Rigoberta Bandini, pueden contribuir. Que una canción sea pegadiza o comercial no la hace ni buena ni mala. Al final, para mí, al menos en el pop, casi todo es melodía y ganchos”. Alonso señala que existen “canciones hechas para irritar”, como Look What You Made Me Do de Taylor Swift, que le parecía una canción “mala” hasta que descubrió que “la melodía que utiliza en el estribillo es de una sola nota, que para la artista es un rasgo de identidad: está hecho aposta”. De hecho, la canción “va sobre el odio”, por lo que su sonido machacón y repetitivo es deliberado.

A pesar de la vehemencia con que defendemos una canción buena o atacamos una mala, a pesar de la convicción con que defendemnos nuestras ideas, la única certeza es que la subjetividad nos dirige. “No creo que existan canciones malas o buenas”, agrega España. “Existe un canon y un constructo histórico en torno al cual se ha regido la música popular occidental. El reggaetón, por ejemplo, no sigue los principios canónicos occidentales (que provienen, en gran parte, de la música de tradición escrita) y por eso es catalogado como un mal producto por muchísima gente”.

No existe, por tanto, un consenso de lo que es bueno o malo, ni siquiera dentro de la crítica musical: “Lo que para una revista de jevi es una obra maestra, en un medio de electrónica ni siquiera es considerado”, comenta Alonso. “Ni siquiera hay un consenso sobre Bohemian Rhapsody de Queen. Hay gente que la concibe como una obra sublime y otra que la ve como una horterada”. No obstante, también la crítica musical opera “dentro de una serie de convenciones estéticas (aceptadas) en un momento o espacio determinados” y “los medios musicales recomendamos música que o bien se circunscribe dentro de esas convenciones (Dua Lipa como producto pop conectando con los fans de los ochenta) o bien las amenazan (Saoko, que rompió con la imagen que Rosalía había dado en El mal querer)”. Pero que la subjetividad impere, opina el periodista, “no significa que no sea interesante atender a opiniones argumentadas y justificadas, que es lo que intenta hacer la crítica musical”, de la misma manera que “el hecho que todo sea subjetivo no significa que todas las opiniones sean interesantes o aporten algo”.

La popularidad mató al pop

La historia ha dejado multitud de ejemplos que confirman que una canción suele ser considerada “mala” cuando alcanza un nivel de popularidad masivo a pesar que la propia composición de la canción (melodía, armonía, ritmo, voz y letra) entre dentro de unas reglas musicales establecidas que la hacen “buena”. En 2016, TIME eligió Can’t Stop the Feeling de Justin Timberlake como peor canción del año. Esta simpática e inofensiva composición de disco-pop fue, a su vez, la más exitosa de ese año a nivel comercial. ¿Por qué un medio prestigioso como TIME sentencia que la canción más exitosa de 2016 ha sido, a su vez, la peor? Alonso cree que TIME no habría colocado en esa posición “una canción que nadie conoce, porque nadie se leería el artículo”, y cree que fue “víctima de su popularidad”. A la vez, da la razón a TIME en parte, ya que “la canción es facilona de verdad” y “puede que rebase la línea de lo obvio, pues la palabra dance sale unas 40 veces”.

En la evaluación que se hace de ciertas canciones en los medios entran, de nuevo, factores que van más allá de lo estrictamente musical. Pueden influir sesgos machistas o racistas que, en algunos casos, ayudan a configurar el propio canon musical. “Rihanna, Beyoncé, todas las divas pop… nunca se han considerado artistas de culto. En cambio Kanye West es un genio”, argumenta España. “Por supuesto que el machismo influye a la hora de establecer un canon, pero también lo hace la clase, la raza… En las listas de lo mejor del año casi todos los artistas son europeos o norteamericanos. Es hoy más que nunca cuando la globalización está permitiendo que ese canon se expanda hacia otros territorios”.

Quien también ha sido víctima de sí mismo (y del pop) es el cantante británico Rick Astley. Su éxito Never Gonna Give You Up es una de las canciones de pop más emblemáticas de los ochenta, pero también se convirtió en algo parecido al primer meme de internet. Según Tom Breihan, columnista de Stereogum, la canción simplemente es “mala”, lo cual choca de frente con su enorme éxito original (fue número 1 en 25 países en 1987) y con su perdurabilidad actual. Para Breihan, Never Gonna Give You Up es el “pastiche del sonido Motown más superficial y vulgar que escucharás jamás”. Pero es el videoclip de Never Gonna Give You Up el que termina de configurar la broma, pues parece una parodia de lo que eran los videoclips de los ochenta, aunque no lo es. Lo cual nos lleva a otra variable complicada de la crítica musical: juzgar hoy una canción de ayer.

“No creo que sea una canción mala en absoluto”, opina Alonso. “Se han escrito ensayos y libros enteros sobre sus autores, Stock Aitken & Waterman. Hoy en día están bien considerados y reconocidos por medios como The Guardian. El locutor Jaime Cristóbal (Popcasting) ha escrito artículos muy interesantes analizando la complejidad de las armonías y los acordes que escribieron por ejemplo para Kylie Minogue”. Y apunta: “La gente oye pop y piensa que es muy fácil de hacer. No es el caso. Quien lo piense, que lo intente. Hay muchísimo, pero muchísimo dinero en juego”. La misma opinión comparte España: “No hay que menospreciar las canciones que llegan al número uno o se viralizan. Por supuesto que en el momento en el que entras dentro de la industria, la infraestructura que tienes a tu alrededor propicia unos números más favorables a los que el undeground rara vez puede llegar. Sin embargo, hace poco estuve analizando (solo a nivel sonoro) las listas de éxitos en España de la última década y las canciones que la conforman no son simples, se nota que hay gente que sabe mucho de música detrás de todo eso”.

La periodista cree que “catalogar algo como malo por el simple hecho de ser muy masivo es peligrosísimo”, y no descarta que esta actitud pueda nacer de una perspectiva elitista, ya que “no todo el mundo tiene el mismo acceso a la cultura, y catalogar como malo algo solo porque forme parte de la cultura de masas es clasista”. Y recuerda que ·hay música de muchos tipos y cada una de ellas responde a una función social determinada”.

Amor, amor, amor

Una de las razones por las que Never Gonna Give You Up recibe burlas es por su pastelosa letra. Astley promete a su amante: “nunca renunciaré a ti, nunca te decepcionaré, nunca te abandonaré, nunca te haré llorar, nunca te diré adiós, nunca te diré una mentira, nunca te haré daño”. Casi amor cortés medieval aplicado al pop. Y el pastel, el sentimentalismo exagerado, cae mal a la crítica, que directamente ignora lanzamientos de artistas como Pablo Alborán o Laura Pausini, dos artistas de pop melódico apegados al sentimentalismo.

En el libro Música de mierda, Carl Wilson se centra en Céline Dion, una artista históricamente denostada por los medios musicales especializados, para analizar cómo el sentimentalismo siempre se ha considerado de mal gusto. España lo cuestiona: “Todas las canciones son sentimentales, ¿no? Casi todas hablan de sentimientos. Yo creo que todo reside otra vez en el concepto de autenticidad. Es decir, llega el crítico musical de turno y te dice que el sentimentalismo de un grupo no se lo cree pero el de otro sí. Normalmente, más que por la canción en sí, esa opinión deriva de la trayectoria de un artista, de si compone sus propios temas, y también de la estética del momento. La concepción de lo que era hortera y lo que no hace 10 años era totalmente diferente. Ahora, por ejemplo, el EDM nos resulta una cosa muy incómoda, pero estoy segura que dentro de 10 años veremos horterísima todo el revival del hyperpop actual”.

Alonso comparte una opinión parecida y recomienda Música de mierda: “El libro viene a decir que todo lo que consideramos bonito o feo es una convención social de un momento y lugar determinados. Evidentemente una canción que diga te quiero, sin más, no tendrá más valor. Pero al final la interpretación del artista o de la artista, la melodía... pueden hacer que funcione hasta lo más tonto. El cantante de The 1975 dice que se nos ha ido la olla con el cinismo en el mundo de la música underground, y tiene toda la razón”.

De hecho, la música underground y la masiva están, por necesidad, estrechamente relacionadas. “Es muy importante que la crítica musical se mantenga dentro del underground porque, si no, lo masivo fagocitaría todos los espacios alternativos”, arguye España. “Sin embargo, como lo masivo y lo underground se están realimentando constantemente, el underground dicta las tendencias del futuro y después la industria se las apropia y las capitaliza. Para el crítico musical, en la mayor parte de los casos, las tendencias solo son auténticas cuando no se han pegado, es decir, antes de que se popularicen”.

Es pronto para decidir si P!nk ha sacado una candidata a peor canción de 2022 o si pronto llegará el momento de reivindicar a Pablo Alborán como autor, pero probablemente a nadie le importa menos que a ellos (y a los millones de oyentes que los han convertido en un éxito).

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