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Tortilla francesa: una carta de amor a la cena más socorrida

A veces dos huevos, un poco de sal, un chorrito de aceite, una sartén de confianza y cinco minutos es todo lo que necesitamos para terminar la jornada con buen sabor de boca, y eso también es cocina casera

Tortilla francesa
Mònica Escudero

Hay días en los que todo lo que le pides a la vida es una cena sencilla, rápida y reconfortante. Estas noches entre semana, la tortilla francesa era y es una solución infalible, la apuesta segura: no hace falta más para terminar la jornada con buen sabor de boca. Uno de los pocos platos que tardas menos en preparar que en comerte y te permiten dedicar el resto del día a “tus labores”. Que pueden ser doblar ropa, leer el periódico, una novela, explorar la física cuántica o espanzurrarte en el sofá merecidamente a mirar un rato el techo, una serie o la tele, mientras piensas que has vuelto a sobrevivir al lunes.

El amor por este plato —que curiosamente se sirve como desayuno o cena pero raramente como comida de mediodía— está grabado a fuego en la memoria colectiva desde el momento en el que éramos receptores de la comida, y no los que teníamos que preocuparnos por hacerla. Sabe a noche de domingo después de una bañera, “venga que mañana hay cole”, huele a tostada hecha en sartén, a bocadillo de excursión o playa (a veces con el pan chicloso, pero qué más daba, estaba tan rica que sabía dulce).

El sonido de múltiples tenedores rebotando a la vez rítmicamente contra un plato (clac-clac-clac-clac-clac) a través del patio interior, indicador infalible de que tocaba ir poniendo la mesa. También es una de las cosas con las que solemos dar nuestros primeros pasos en los fogones: mientras no saber hacer un huevo frito es el ejemplo popular de inutilidad, con la bastante menos peligrosa tortilla dimos el primer paso —y no precisamente pequeño— hacia la independencia culinaria.

Para hacer una buena tortilla francesa —de esas que no acaban siendo un huevo revuelto con ínfulas o peor aún, una crepe tiesa— hay que seguir pocas reglas. Lo primero, un par de huevos: tan buenos como te los puedas permitir —sí, han subido de precio, pero siguen siendo un alimento accesible—, frescos. No hace falta batirlos hasta que cuente como cardio; lo suficiente para que la clara y la yema se fundan en un amarillo naranjoso uniforme, sin burbujas. Un puntito de sal y tu sartén de confianza, esa que no te hace sufrir.

El fuego importa: ni demasiado fuerte para que no quede reseca, ni tan bajo que la mezcla tarde una vida en cuajar. Una fina película de aceite —o mantequilla, que para eso es “a la francesa”, aunque posiblemente por aquí se llamara “de la Cartuja” a una preparación parecida— que permita que la tortilla se deslice sin nadar en grasa. Cuando los bordes empiecen a despegarse solos; la decisión final: plegarla en dos, sin más, o envolverla con un giro de muñeca y una espátula hasta que quede redondita y canónica (como en el vídeo de abajo).

Es el momento de pensar en el acompañamiento: una rebanada de pan tostado frotado con tomate de colgar, un chorrito de aceite y una pizca de sal; más pan, pero de barra, y convertirla en bocadillo; un tomate aliñado al lado, una ensalada rápida. El relleno nos permite ir desde el clásico queso fundido —con o sin jamón— hasta un despliegue de fantasía en forma de salmón ahumado gorgonzola y nueces, cebolla dulce o setas salteadas, daditos de chorizo o morcilla, los socorridos pimientos de piquillo: las posibilidades son casi infinitas, y en este artículo te dejamos unas cuantas.

En un mundo obsesionado con lo complejo, hay algo cada vez más reconfortante en la tortilla francesa. La capacidad para traer de vuelta la cocina de casa, sin más pretensión que la de comer algo fácil y rico, que nos deja con la sensación de que, una vez más, hemos tal vez no vencido —ni convencido—, pero sí sobrevivido al sistema. A lo mejor no es un jaque mate al capitalismo con triple voltereta, confeti y banda de majorettes de fondo, pero a veces un “pues ya hemos cenado” es todo lo que necesitas para seguir adelante con la vida.

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Sobre la firma

Mònica Escudero
Editora y coordinadora de equipo en El Comidista, web gastronómica en la que publica desde 2013 recetas y artículos para hacerte más fáciles las comidas diarias. También escribe, cocina y pone la mesa en El País Semanal, es profesora de máster en Barcelona Culinary Hub y se encarga de estrategias de comunicación y SEO en la cooperativa BitLab.
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