Poblenou: el paraíso barcelonés de los nómadas digitales

La llegada de extranjeros que trabajan para empresas de todo el mundo desde Barcelona se ha disparado desde la pandemia. Los precios y la playa, lo que más valoran

“Hace años que no tengo que vivir en un sitio concreto”, explica Cyprien Clément-Delmas (36 años). Es director de arte y fotógrafo, y antes de la pandemia ya era nómada digital; suele vivir entre España, Estados Unidos y Francia, su país de origen.
“Hace años que no tengo que vivir en un sitio concreto”, explica Cyprien Clément-Delmas (36 años). Es director de arte y fotógrafo, y antes de la pandemia ya era nómada digital; suele vivir entre España, Estados Unidos y Francia, su país de origen.Gianluca Battista

Issei Aono es de Tokio. Vivió en México y ahora trabaja en remoto como redactor de páginas web desde Barcelona, pero en breve se marchará a Tailandia: el yen se ha devaluado y busca una ciudad más barata. Safia Mimoun nació en Tánger, vivió en París, es consultora de márketing digital y recaló en primavera en Barcelona, desde donde trabaja para startups francesas. Aude Omerin, parisina y freelance, lleva solo un mes aquí y en nada cambia de destino: Ámsterdam. También es de París Cyprien Clément-Delmas, director de arte y fotógrafo, vive desde hace años de ciudad en ciudad, en varios países. Y de Estados Unidos es Ashley Duque: Barcelona es la decimoquinta ciudad donde se establece. Esta vez, asegura, no se mueve.

Tienen entre 27 y 40 años y son nómadas digitales. Trabajan desde cualquier ciudad del mundo para empresas o clientes de todo el mundo. Y todos viven en el popular barrio del Poblenou de Barcelona, de pasado industrial y ahora el paraíso para estos profesionales. ¿Por qué? El clima; la proximidad con la playa; los precios, que les parecen bajos; y lo que consideran una ciudad tranquila comparada con megaurbes como Londres, Nueva York o Tokio.

Aude Omerin, una parisina de 27 años, se dedica a la innovación y el diseño de experiencias. Es nómada digital, y durante el mes de septiembre ha estado viviendo en Barcelona, en el apartamento de un amigo. En menos de una semana, dejará Barcelona y se marchará a Amsterdam. “Después, no sé dónde iré”, confiesa.
Aude Omerin, una parisina de 27 años, se dedica a la innovación y el diseño de experiencias. Es nómada digital, y durante el mes de septiembre ha estado viviendo en Barcelona, en el apartamento de un amigo. En menos de una semana, dejará Barcelona y se marchará a Amsterdam. “Después, no sé dónde iré”, confiesa.Gianluca Battista

La llegada de nómadas a la ciudad se ha multiplicado por seis desde la pandemia, si se consulta el portal nomadlist.com, donde pueden inscribirse estos profesionales. No son cifras oficiales, pero el portal reporta que de mil llegadas al mes en marzo de 2021, han pasado a más de 6.000 en septiembre pasado. La administración, a través de Turisme de Barcelona, promueve su aterrizaje captándoles con campañas en sus países. Y Barcelona Global, la más nueva de las asociaciones empresariales y centrada en la acogida de expatriados ―muchos vinculados al 22@ el distrito tecnológico también, en el Poblenou―, celebra esta nueva vía de “captación de talento”. El visado específico para estos perfiles que forma parte de la Ley de Startups, pendiente de aprobar en el Congreso, permitirá ampliar y cuantificar el fenómeno, apuntan las dos organizaciones. El viernes, el dúo Pantomima Full dedicó su parodia semanal a los nómadas digitales.

Para encontrar a los perfiles citados al comienzo del texto bastó con acercarse a cafeterías o coworkings del Poblenou. El restaurante Sopa; el café especializado en “brunch de insipiración neozelandesa” Little Fern, o al local que comparten el Syra Cafee y el coworking Itnig. Barcelona tiene 329 espacios de trabajo. WeWork, gigante del sector, tiene seis en la ciudad, tres de ellos en el Poblenou.

Los nómadas digitales tienen un mayor poder adquisitivo que el barcelonés medio. Viven pegados a un Iphone, con un portátil bajo el brazo, trabajando en cafeterías con buen tiro de wifi, en ‘coworkings’, o en casa.
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Los nómadas digitales tienen un mayor poder adquisitivo que el barcelonés medio. Viven pegados a un Iphone, con un portátil bajo el brazo, trabajando en cafeterías con buen tiro de wifi, en coworkings, o en casa. Y adaptándose a los horarios de sus clientes, si son de otros continentes. Compran habitualmente de cadenas de comida saludable (Ametller Origen tiene dos en la Rambla del Poblenou y en las colas se escucha inglés con frecuencia). Algunos tienen poco tiempo y piden para comer desde los espacios de trabajo compartido: a cualquier hora puedes ver riders entrando con platos preparados. Están entusiasmadísimos de vivir cerca del mar: vóley playa, correr, pilates. No se declaran especialmente fiesteros ni noctámbulos, atrás quedó su frenesí de estudiantes. Y muchos llegan a Barcelona hartos de ciudades más frenéticas u hostiles.

Safia Mimoun (31 años), lo pasó mal encerrada durante la pandemia en un piso de París. Su marido es francés y eligieron Barcelona “porque está a medio camino entre Francia y Marruecos, y por la playa y la naturaleza”. Conocieron la ciudad siendo universitarios. Encontrar piso ahora fue una odisea. “Nos costó tres meses, hasta que constatamos que era la guerra, parecía un casting a ver quién era más rico, y ofrecimos seis meses por adelantado”. Les salió bien. Pagan 1.800 al mes. Tienen terraza y están a dos semáforos de la playa. “A mí también me gustaría que los pisos fueran más asequibles”, responde Mimoun cuando se le pregunta si conoce el impacto negativo de la llegada de extranjeros en los precios.

Aunque Cyprien Clément-Delmas trabaja durante el año desde decenas de países, Barcelona es su destino favorito. Para cuando vive aquí, tiene alquilada una casa de estudio en el barrio de Poblenou; cuando se marcha a vivir fuera, la realquila a particulares y para hacer rodajes y, así, se gana un extra casi cada mes.
Aunque Cyprien Clément-Delmas trabaja durante el año desde decenas de países, Barcelona es su destino favorito. Para cuando vive aquí, tiene alquilada una casa de estudio en el barrio de Poblenou; cuando se marcha a vivir fuera, la realquila a particulares y para hacer rodajes y, así, se gana un extra casi cada mes. Gianluca Battista

Es el principal reproche que los vecinos del Poblenou hacen a los nómadas. “Veníamos de un mercado inmobiliario tensionado por los empleados del 22@ y los nómadas han hecho que llueva sobre mojado. Los vecinos no podemos competir con ellos”, lamenta desde el Observatorio de Barrios del Poblenou Albert València. Hace unas semanas se enseñaba un piso y se formó tal cola que hasta la Guardia Urbana preguntó qué pasaba: había 80 extranjeros en la calle. La inmobiliaria recibió decenas de correos de aspirantes presumiendo de ingresos estratosféricos.

València va más allá al cuestionar a los nómadas: “Utilizan el Poblenou como un bien de consumo, es una experiencia más para ellos, en la fiesta mayor, en las barras, pedíamos 1,5 euros por una cerveza y entendían 15. Y querían llevarse ‘el vaso del Poblenou’, recuerdo de una ciudad más”. El antropólogo y vecino José Mansilla coincide en que “consumen espacio, no se integran, no aprenden el idioma y si quedan lo hacen a través de plataformas digitales”. “Somos un destino low cost”, remacha València.

El coste de la vida en la ciudad es determinante para los nómadas. Ashley Duque (40 años), especialista en tecnología e inteligencia artificial y CEO de su propia empresa, Almma, con sede en Nueva York, cita lo económico que resulta Barcelona en cuestiones como la sanidad: “Aquí es más barata la salud privada que la pública en Estados Unidos”. Paga 2.000 euros de alquiler en el Poblenou y es consciente de que es una privilegiada. Asegura que planea crear empleo en la ciudad. Dos conocidas están pendientes del nuevo visado para venir, cuenta.

El coste de la vida en la ciudad es determinante para los nómadas. Ashley Duque paga 2.000 euros de alquiler en el Poblenou y es consciente de que es una privilegiada.

Alexandra Marcó, directora de Mercadotecnia de Turismo de Barcelona, que busca atraer a nómadas digitales con la campaña Workation, cree que el futuro permiso de trabajo “permitirá tener datos fiables de la figura del nómada digital que no procede de países europeos sino de Estados Unidos, Canadá o países asiáticos”. Sobre el perfil de los profesionales, apunta: “Son muy techies: programadores, analistas de datos, diseñadores web; pero también traductores, diseñadores gráficos”. El CEO de Barcelona Global, Mateu Hernández, celebra el auge de los nómadas digitales, acelerado por la pandemia y cada vez en más sectores. Grandes corporaciones, señala, apuestan por prescindir de edificios corporativos y, con lo que ahorran, organizan encuentros de empleados en cualquier enclave atractivo. Hernández aplaude a “países como Portugal, Estonia, Letonia, Bálticos o Grecia, que van por delante en legislación”.

El visado que ha creado Portugal ha sido determinante para Lisboa. Lo explica el cofundador de la agencia de alquiler de apartamentos Ukio, Jeremy Fourteau, que ha observado que la ciudad compite con Barcelona, donde entre el 35% y el 50% de sus clientes son nómadas digitales. Pagan a partir de 2.500 euros por pisos que sus propietarios dejan vacíos durante unos años y la empresa los decora y amuebla. Los nómadas también recurren a Airbnb. Fuentes del portal anotan, sin citar una ciudad concreta, que las estancias de más de 28 días han crecido casi un 90% respecto al último segundo trimestre prepandémico. Son ya una quinta parte de su negocio.

Desde Barcelona Global, Mateu Hernández concluye que la presencia de nómadas es complementaria con la implantación de sedes físicas de empresas internacionales que atraen expatriados, trabajadores con estancias más largas. “Tener nómadas en una ciudad se retroalimenta con la implantación de sedes, las empresas pueden tener en cuenta una ciudad atractiva para sus empleados cuanto tenga proyectos formales de expansión”, destaca. “Nos consta que gigantes digitales como Meta, Google, Amazon, Apple, Sales Force se han sorprendido del magnetismo de Barcelona para los nómadas digitales que trabajan para ellos”, celebra. Sobre el impacto de su presencia en el precio de los pisos, valora: “Puede pasar, pero mejor tener estos perfiles, y gestionar lo que comporta; que no tenerlos”.

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