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En la fábrica donde se crean los bolsos que obsesionan a la generación Z

Longchamp es de las pocas casas de lujo que sigue en manos de la familia que la fundó. Los Cassegrain, propietarios de la firma, nos reciben en sus talleres, a dos horas de París, donde se fabrican superventas como Le Pliage y Le Roseau

Bolso Le Roseau en la llamada “sala de tortura” de la fábrica de Longchamp, donde un robot simula tirones y caídas durante cuatro días que equivalen a cuatro años de uso real.Léa Crespi

Ados horas largas de tren desde la estación de Montparnasse de París está la ciudad de Segré. Allí se levanta desde 1959 la manufactura de Longchamp. Entonces era un taller modesto, pero hoy trabajan aquí 420 empleados distribuidos en 60.000 metros cuadrados de acero y vidrio. Hay otros cuatro centros de producción en Francia, pero en Segré se producen en exclusiva los bolsos, cinturones y pequeños artículos de cuero. También el bolso My Pliage Signature, uno de los descubrimientos pospandemia más extraordinarios de la generación Z.

Longchamp es de las pocas marcas de alta gama que sigue en manos de la familia fundadora, los Cassegrain. Ahora están al mando los nietos del fundador: Jean Cassegrain es el CEO; Sophie Delafontaine, la directora creativa, y Olivier Cassegrain, que vive en Nueva York, dirige las tiendas de Estados Unidos. En 2020 los hijos de Jean entraron en el negocio, y en 2024, lo hizo la hija de Sophie. Así que la cuarta generación se prepara para que la marca continúe en casa. Longchamp se proclama “orgullosamente familiar”. Y, en palabras de su CEO, aunque carece del poder de un gran conglomerado, las ventajas merecen la pena. “Somos libres porque no estamos condicionados por indicadores financieros a corto plazo. Tenemos la libertad de invertir para la próxima generación en lugar de para el próximo trimestre. Nuestro proceso de toma de decisiones es rápido y somos más ágiles que una empresa grande”. Sophie está de acuerdo: “Ser independientes nos permite asumir riesgos y mantener viva la creatividad”.

Longchamp nos ha invitado a Segré, su centro neurálgico. Aquí van tomando cuerpo y volumen los bocetos que llegan del departamento creativo de París con la aprobación de Sophie. “Estamos concentrados en crear buenos diseños porque es lo que resuena fuertemente con las generaciones más jóvenes que buscan estilo, pero sobre todo autenticidad y calidad”, explica la directora creativa.

David Burgel, director de la manufactura, es el encargado de mantener el legado y la sabiduría de la casa. La familia confía en él para formar a los nuevos artesanos. “Está entrando gente muy joven a la vez que se van retirando otros que han pasado entre 20 y 40 años en la compañía”, explica mientras nos enseña cómo se controla la calidad de las pieles que se emplearán en Le Roseau, un bolso emblemático de la marca que tiene más de 30 años. “Hemos convertido en artesanos a trabajadores que venían de otros mundos, algunos eran esteticistas, otros vendían flores, y aquí hemos hecho de ellos grandes marroquineros”, dice Burgel. Antes de intervenir por primera vez en cualquier proceso de un bolso, cada operario debe haber sido entrenado al menos dos meses, aunque un entrenamiento completo puede durar un año. Se les prepara para todas las operaciones y se les cuida haciéndoles rotar a diario para evitar las lesiones que pudieran ocasionar la repetición de gestos y movimientos.

Longchamp nació en 1948 con la obsesión por la buena piel. Hoy todas las curtidurías que proveen a la casa son auditadas por el Leather Working Group, una organización independiente de certificación social y medioambiental. En 2024, el 88% de las pieles utilizadas por Longchamp obtuvieron la etiqueta Gold, el nivel más alto de la clasificación.

A los que trabajan con la piel se les nota la experiencia, saben tocar y tratar un material precioso que está en el ADN de la casa: buena piel, un diseño que no pueda enmarcarse en ninguna tendencia y precios controlados. O inteligentes, piensan algunos. Long­champ no ha caído en la tentación de otras marcas de lujo de subir injustificadamente los precios de sus complementos tras la pandemia para beneficiarse de aquello que se llamó la compra de la venganza (revenge shopping). Ellos, muy suyos e independientes, mantuvieron una política de precios sensata y no han sido castigados por su clientela de siempre. Según reconoció Jean Cassegrain el pasado diciembre a Financial Times, los beneficios casi se duplicaron entre 2022 y 2025: “Probablemente han sido los tres mejores años de nuestra historia”.

Desde 2007 la marca tiene el sello Entreprise du Patrimoine Vivant (empresa de patrimonio vivo), una etiqueta oficial que distingue a las empresas francesas que mantienen un savoir faire de nivel excepcional. El patrimonio marroquinero de Longchamp tiene siete décadas. Sus artesanos son maestros del ahorro, minimizan los desechos y aprovechan al máximo el material. Usan una cortadora digital que garantiza la precisión y reduce los errores. Gracias a la integración de los procesos artesanales y las nuevas tecnologías han podido reducir los residuos de cuero en un 15%. “A lo largo de los años hemos ido cambiando procesos que nos han permitido adaptarnos a un mundo cambiante”, expone Jean Cassegrain desde las oficinas de París, y razona: “Probablemente seamos menos jerárquicos que en los tiempos de mi abuelo, pero en general la filosofía sigue siendo la misma: concentrarnos en la marca y en nuestros clientes, valorar el trabajo. Siempre estamos abiertos al mundo y dispuestos a nuevas ideas. Si nos equivocamos, no pasa nada”.

En el departamento de desarrollo de Segré se trabaja en el bolso Le Roseau. Cuando los prototipos están listos se envían a París para que Sophie les dé el visto bueno. Solo entonces comienza la producción. “Nuestros talleres son parte de la maison, ha sido así desde 1950. Hoy son el corazón de la marca. Allí se encuentran la experimentación, las habilidades y la artesanía. Es donde nace el made by Longchamp”, explica la directora creativa.

La calidad y durabilidad de un bolso de Longchamp está fuera de toda cuestión. En la manufactura hay un departamento entero dedicado a comprobar cada costura y cada broche. Se simula el uso que tendría un bolso en la vida. Se prueba que el tejido no haga burbujas y que las asas no se rompan con un tirón, se hacen pruebas de abrasión y se someten las pieles a condiciones extremas de humedad y temperatura (tienen mucha clientela en China y Malasia). Cuatro días de pruebas equivalen a cuatro años de uso. En Segré llaman a este departamento “la sala de tortura”.

Están tan seguros de la resistencia de sus bolsos que han abierto un servicio de reparación donde llegan ejemplares de la década de los cincuenta a los que consiguen darle una nueva vida. Se crean y se mezclan nuevos pigmentos porque hay pieles que ya no pueden encontrarse en el mercado. Cada año reciben unos 6.000 bolsos para reparar. “Algunos arreglos no los cobramos, depende de cuánto trabajo exija la pieza”, explica Burgel.

A la familia no le sorprende la longevidad de los bolsos. Eso es exactamente lo que querían hacer desde el principio. “Desde el primer día nuestro objetivo ha sido simple: crear objetos bien hechos, hermosos y diseñados para durar. Empezamos con equipaje y accesorios para hombre y hemos evolucionado de forma natural”, explica la nieta del fundador.

Hoy Longchamp cuenta con 400 boutiques en todo el mundo y tres cuartas partes de sus ventas son directas al consumidor. Además del imbatible Le Pliage, que según la plataforma Lyst ha aumentado la demanda en un 68% anual en los últimos cinco años, bolsos como Le Roseau, con su distintivo cierre de bambú, están entre los superventas de la casa. Cassegrain, tercer CEO de la compañía en casi 80 años, supo desde muy pequeño que este y no otro sería su trabajo. El directivo piensa que la gran ventaja competitiva de su marca es una virtud rara en estos tiempos: “Somos felices y damos color. Nuestro mensaje es optimista y eso ha gustado a nuestros clientes en una época en que muchas marcas han optado por la oscuridad, la seriedad y la frialdad”.

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