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En busca del edén contemporáneo

Un jardín precisa del agua tanto como del tiempo. Con esas necesidades eternas, ¿exactamente cuál es su contemporaneidad? Un libro trata de explicarlo

Jardín de Luciano Giubbilei en Pienza (Toscana, Italia), creado en 2018.Andrew Montgomery (Cedida por Editorial Phaidon)

El paisaje es la arquitectura más viva. También la más humana porque muta, que es lo que significa estar vivo. Es además la más perfecta porque, con los cíclicos cambios de estación, ofrece la ilusión de volver a empezar. ¿Se puede pedir más?

Cada época ha tenido su jardín. Y cada momento de la historia ha quedado retratado por su relación —el trato de abuso, veneración, sobreprotección o culto— con la naturaleza. Así, el grandeur francés —los parterres para ordenar lo orgánico y la voluntad de control que llevó a desviar ríos para idear los jardines de Versalles— contrastan con la construida naturalidad del jardín inglés, inspirado en los prados abiertos de la naturaleza.

A lo largo de la historia, las modas fueron, como la propia naturaleza, cíclicas: los jardines árabes daban tanta importancia al sonido y el frescor del agua como a la sombra de los árboles. Los medievales estaban vallados (hortus conclusus) para protegerse del bosque y eran pragmáticos: crecían hierbas medicinales. Pero fueron, antes, los griegos los que democratizaron los jardines inventando las macetas.

Aunque árboles, flores y arbustos —del cerezo a las azaleas, pasando por las adelfas— recorrieron el planeta antes que las personas, instalándose primero en los jardines botánicos, o de aclimatación, y luego en las ciudades en su paso hacia las casas, hoy, el mundo, también el vegetal, está curado de exotismo. Existe un consenso: el mejor jardín es el que menos trabajo da. El que consume solo el agua que hay en el lugar: ni las grandes extensiones de césped tienen sentido en el Mediterráneo ni los aguacates pueden crecer en el frío.

Las ciudades se han adaptado. En urbes españolas, los plátanos sustituyeron a los tilos y hoy los exóticos jacarandás moderan el consumo de agua. Lo mismo sucede en las casas. El libro Jardines contemporáneos (Phaidon) retrata ese cambio. Y plantea una pregunta legendaria: ¿existe un jardín contemporáneo?

Las respuestas construyen un retrato de nuestra época. Los jardines han abandonado la idea de decorar para pasar a nutrir y ofrecer desconexión. El exotismo ha sido desbancado por lo que crece en cada territorio. También por la gestión del agua.

En Jardines contemporáneos, 300 vergeles del mundo retratan las últimas dos décadas. Y aunque son muchos los que consideran que el poder transformador de un jardín actúa más en quien lo cuida que en el paisaje, los lugares también hablan.

Al sur de la Toscana (Italia), el paisajista Luciano Giubbilei se inspiró en la montaña más alta de la zona, un volcán inactivo, para levantar un jardín con huerto que mira al paisaje. Hileras de plantas perennes —iris y artemisa— conviven con la calaminta y la oreja de conejo. El efecto es pintoresco: un desorden que construye un orden. Ese estilo fue ideado a finales del siglo XIX por Gertrude Jekyll de manera azarosa: como era daltónica, mezcló flores de colores. El resultado es, naturalmente, deslumbrante.

En Bélgica, los jardines de Erik Dhont indagan en el lugar, en su naturaleza y en su historia, si no es lo mismo. Al noroeste del país, el paisajista restauró el entorno de la granja Bonemhoeve respetando su naturaleza de canales y añadiendo acebos a los álamos. Hoy, esculturas de Richard Long y Antony Gormley conviven con los antiguos tilos y hablan de la eternidad del lugar que cuestionan las plantas. Bonemhoeve es un jardín sostenible. Abandonando pesticidas y fertilizantes, su jardinero jefe, Gijsbert Smid, apuesta por la poda como mejor fertilizante.

Las españolas Clara Muñoz-Rojas y Belén Moreu consideran que la clave del paisajismo contemporáneo está en el agua. Aprendieron de Olivier Filippi cómo atesorarla y, en su Jardín Seco, en la sierra de Gredos, interpretaron las sensaciones del lugar. Allí, el mirto o el lentisco aportan estructura. Las herbáceas perennes y las gramíneas añaden movimiento y reflejan el cambio de estaciones. La suma demuestra que crecer jardines sostenibles arraiga la obra de un paisajista.

Y es que un triunfo de los jardines contemporáneos consiste en entender que los mejores tienen que ser los públicos. Lo comprendieron los mejores políticos y los monarcas más atentos. En España, el Retiro fue el coto de caza de monarcas hasta que la revolución gloriosa de 1868 lo convirtió en parque urbano. En Boston, el mejor jardín de la ciudad se llama Common (and Public Garden). En Terrasson-Lavilledieu, a medio camino entre Burdeos y Lyon, los Jardines de la Imaginación son un parque público que habla del pasado agrícola del lugar. Kathryn Gustafson cosió aquí 13 vergeles atendiendo al lugar, su historia y el uso del agua. Una cinta dorada serpentea los troncos de los árboles para conducir al Teatro Verde —cubierto de trepadoras— una rosaleda y un jardín topiario, legado medieval que convertía las copas de los árboles en escudos, esculturas y otras formas decorativas hoy cuestionadas.

Otra de las características del paisajismo contemporáneo es poner su diseño en manos de artistas. De algunos artistas. Le sucedió al mexicano Gabriel Orozco. En la South London Gallery, lo juntaron con los horticultores de los jardines botánicos de Kew para repensar el jardín contemporáneo. Orozco trabajó con lo local, la piedra de York o el ladrillo londinense, para construir una secuencia de círculos en distintos niveles unidos por caminos sinuosos. Lo maravilloso de esa geometría es que su destino es desaparecer entre las plantas. La canastilla de plata, rastrera y trepadora, compite hoy con el romero en un escenario controlado y descontrolado, paradójico, como corresponde a un retrato del mundo contemporáneo.

En jardines, lo contemporáneo llega hasta lo intocable. La arboleda en el Teatro del Agua de Versalles es el primer jardín reconstruido en el palacio desde los tiempos del rey Sol. Homenajea su origen, el diseño que André Le Nôtre ideó en 1671: una extravagante arboleda donde los amigos de Luis XIV representaban obras de teatro que escribía, por ejemplo, Molière. Hoy los árboles han llegado al escenario. El paisajista Louis Benech ganó un concurso internacional y pidió ayuda al escultor Jean-Michel Othoniel para crear fuentes inspiradas en las coreografías del profesor de danza del rey Sol, Raoul-Auger Feuillet. El resultado habla de ayer y de hoy. También de mañana. Ese es el ambicioso objetivo de los jardines contemporáneo

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