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Pesca
Columna

La angula: controversia y amenazas

Picaresca comercial, libertad de consumo mal entendida y cierto desdén de pescaderos, cocineros y ‘gourmets’ amenazan este tesoro marino

La angula

El forcejeo en torno a la conveniencia o no de consumir la anguila europea y su alevín, las codiciadas angulas —incluidas en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza como especie en peligro crítico de extinción—, ha destapado los entresijos de un problema que reproduce, de manera recurrente, muchos de los reactivos que se activan cada vez que una cuestión incómoda sale a la luz. Desde las tretas de determinados comercializadores que llevan décadas capitalizando el flujo de angulas a escala europea, instrumentalizando al angulero tradicional como coartada moral, hasta los relatos de villas marineras sobre el lucro sumergido del furtivismo, pasando por la inoperancia de quienes legislan sin lograr frenar la desaparición de la especie, sometidos a las presiones del lobby de la anguila, que mantiene contactos con eurodiputados y borra mensajes de felicitación cuando advierte que estos delatan la efectividad de su influencia.

Cuando la evidencia de los datos resulta inconveniente, el debate técnico se sustituye por una batalla de opiniones como maniobra de victimización: “Es un ataque al sector”, “es criminalizar al consumidor”, “es la dictadura de la sostenibilidad”. Se rehúyen así dos ideas fundamentales: la primera, que los científicos no manejan opiniones, sino datos objetivos y cuantificables; la segunda, que una tradición que depende de la desaparición de su propio recurso es una tradición inviable. A su vez, la controversia sobre la conveniencia de seguir capturando y consumiendo un pescado al borde de la extinción ha desenmascarado una realidad incómoda: muchos restaurantes denominados “de producto” no solo no han salido en defensa de este tesoro biológico, sino que han seguido vendiendo angulas, dejando claro que su interés no es preservarlo, sino lucrarse con él.

Ha quedado igualmente al descubierto el silencio de numerosas academias, asociaciones y cofradías gastronómicas. Y, por último, ha dado visibilidad a la aerodinámica desvergüenza y el desdén de clubes de foodies, cocineros, pescaderos y presuntos gourmets que alardean en redes sociales de menús y bacanales con la angula como ingrediente central, amparándose en la excusa de que se trata de un producto legal, como también lo es la pena de muerte en Bielorrusia, China, Irán o en 27 Estados de Estados Unidos.

Lo que debería ser una cuestión puramente biológica y de sostenibilidad se ha transformado así en un campo de batalla ideológico, al entrar los datos en conflicto con intereses, identidades y relatos previos. Por un lado, están quienes consideran inaceptable que instancias externas pretendan dictar pautas de consumo o tutelar la manera en que se viven las tradiciones. Por otro, emerge la defensa del estatus y del capital simbólico, poniendo de manifiesto que, más que la gastronomía en sí, lo que algunos valoran es lo que creen que esta ofrece: diferenciación social, distinción, pertenencia a una élite cuyo valor aumenta cuando se visibiliza.

La paradoja es que quienes acusan de ideológicos a los demás suelen ser, casualmente, quienes más necesitan ideologizar el debate para seguir actuando igual sin asumir el coste ético. A esto cabe añadir un giro copernicano: el paso de la banalización de la complejidad a una reivindicación simplista de la libertad, entendida como desafío a cualquier límite impuesto por aquellos a quienes la sociedad ha dotado de la autoridad de decidir qué llega a nuestra mesa o, como se vio durante la pandemia, de decidir incluso confinarnos.

Se trata de la prerrogativa de zafarse de las responsabilidades hacia los demás: el reclamo de un privilegio absoluto, el de una libertad privada que se empeña en que nadie se entrometa en los ámbitos íntimos para limitar las formas de sentir o de actuar.

Pero el acto de decidir no debería ser, bajo ningún concepto, un privilegio exclusivo de aquellos que tienen la capacidad de pagarlo. A fin de cuentas, la angula, como tantos otros recursos naturales, es víctima de la tragedia de los comunes, donde los incentivos de unos pocos para obtener grandes beneficios a corto plazo —dinero, estatus o exhibición— chocan frontalmente con el interés general: la conservación de la especie.

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