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palos de ciego
Columna
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Contra el sistema

La democracia actual es bastante mejor que la de la II República pero las cosas no han mejorado lo suficiente

La exalcaldesa de Barcelona, Ada Colau, vota en el centro cívico La Sedeta de Barcelona en el referéndum sobre la independencia de Cataluña, suspendido por el Tribunal Constitucional el 1 de octubre de 2017
Javier Cercas

Hace un tiempo varios creadores destacados rechazaron el Premio Nacional que concede cada año el Ministerio de Cultura. La razón alegada por casi todos fue su disgusto por la política del Gobierno, que entonces era del PP. Los Premios Nacionales, sin embargo, no los otorga el Gobierno, sino el Estado, y el jurado lo compone un número variopinto e incontrolable de personas nombradas por distintas instituciones del Estado. Esta confusión entre el Gobierno, que es de tal o cual partido, y el Estado, que es de todos, constituye un error; también, un problema fundamental de la democracia española.

Históricamente, así ha sido: esa fue, sin ir más lejos, una de las peores flaquezas que lastraron la II República. En aquellos años, cuando la izquierda alcanzaba el poder, la derecha se revolvía contra el sistema y montaba un golpe de Estado (el de Sanjurjo, de 1932); pero, cuando quien alcanzaba el poder era la derecha, la antisistema era la izquierda, que montó una revolución (la de 1934). El problema es que el sistema era la democracia —entonces, en España, república era sinónimo de democracia; monarquía, de dictadura— y que, tras cinco años socavando el sistema y desprestigiando sus instituciones, en 1936 la democracia se había quedado casi sin demócratas; resultado: tres años de guerra y cuarenta de dictadura. Es verdad que, en los periodos democráticos o parademocráticos de los dos últimos siglos, los gobiernos españoles padecieron una tendencia irrefrenable a colonizar el Estado. También es verdad que ahora las cosas han mejorado, porque la democracia actual es bastante mejor que la de la II República; pero no han mejorado lo suficiente: la prueba es que la confusión entre Gobierno y Estado persiste. En otoño de 2017, un ministro del segundo Gobierno de Pedro Sánchez y la entonces alcaldesa de Barcelona votaron en el fraudulento referéndum de secesión organizado en Cataluña, con el argumento de que lo hacían para echar a Mariano Rajoy del Gobierno; pero, obviamente, aquella consulta no se montó contra el PP, sino contra el Estado: para echar a Rajoy bastaban unas elecciones (de hecho, ni siquiera eso: bastó una moción de censura); no hacía falta arremeter contra la democracia y colocarnos al borde del enfrentamiento civil. Pero el error del ministro y la alcaldesa era previsible: entonces, con un Gobierno de derecha, la izquierda (o cierta izquierda) era antisistema, mientras que, ahora, con un Gobierno de izquierda, la que es antisistema es la derecha (o cierta derecha). La indignación ha cambiado de bando. Se dice que Podemos no era entonces tan antisistema como lo es ahora Vox; no sé: fue Podemos quien acuñó la expresión régimen del 78 para referirse a la democracia actual y, dado que la palabra régimen no puede más que referirse al Régimen por antonomasia —el franquismo—, la susodicha expresión solo puede significar que esta democracia no es una democracia de verdad, sino apenas una prolongación del franquismo por otros medios, lo cual explica que el propósito declarado de Podemos fuera “acabar con el régimen del 78″ (o sea: con nuestra democracia). Es verdad que, al llegar al Gobierno, Podemos se civilizó un poco, igual que le pasó a ERC en la Generalitat; es lo mismo que dicen algunos que ocurriría si quien llega al Gobierno es Vox (Dios nos libre, porque el famoso cordón sanitario no lo hará; lo único que podría librarnos sería desmontar los embustes de Vox, pero no veo a ningún partido haciéndolo en serio). En eso consiste la estafa: en que uno solo esté a favor del sistema cuando está en el poder; cuando no lo está, se convierte en antisistema.

Lo diré otra vez: no existe la democracia perfecta; la democracia perfecta es una dictadura: la democracia orgánica de Franco, las viejas democracias populares de la órbita soviética. Lo que define la democracia de verdad es su naturaleza perfectible, infinitamente perfectible. Pero, para que una democracia pueda perfeccionarse, resulta indispensable aceptar las reglas que entre todos nos damos, tanto si nos benefician como si no. Sin un mínimo de juego limpio, la democracia está muerta. O en vías de extinción.

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Sobre la firma

Javier Cercas
Javier Cercas nació en Ibahernando, Cáceres, en 1962. Es autor de 12 novelas que se han traducido a más de 30 idiomas y le han valido prestigiosos galardones nacionales e internacionales. Ha recibido, además, importantes premios de ensayo y periodismo, y diversos reconocimientos al conjunto de su carrera. Es miembro de la Real Academia Española.
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