La vida se nos va recordando contraseñas absurdas, borrando correos o cerrando notificaciones

Un estudio realizado por expertos estadounidenses entre 5.000 personas calcula inutilidad ponderada. O dicho de otra manera: la cantidad de tiempo perdido en tareas improductivas ante el ordenador y el móvil.

Una joven diseñadora web trabaja en un estudio de diseño.
Una joven diseñadora web trabaja en un estudio de diseño.Daniel Allan (Gallery Stock)

Reiniciar el ordenador (es lo que siempre recomienda el informático). Intentar acceder hasta tres veces con la misma contraseña. Aceptar que la has olvidado y empezar a crear una nueva (la tercera del mes). Repetir contraseñas que misteriosamente nunca coinciden. Entrar a internet. Mirar el correo electrónico. Pelear con el autocorrector. Cerrar ese vídeo que se ha abierto sin que nadie le diera al play. No conseguirlo. Mirar otra vez el e-mail (lo revisamos cada seis minutos, esto es 121 veces al día). Intentar escapar de ese banner de publicidad que acaba de colonizar tu pantalla y en vez de eso conseguir cerrar la ventana en la que estabas…

Trabajar en 2022 es perder tiempo. Muchísimo. Cada día. De lunes a viernes.

Los obsesos de las mediciones aparecen de vez en cuando con cálculos deprimentes que demuestran cómo a lo largo de la vida se nos escapa una década scrolleando en el teléfono y cuatro meses decidiendo qué ver en Netflix. Un estudio citado por The Economist y atribuido a profesores de la Maryland and Delaware Enterprise University Partnership (MADEUP) extrapola estas cábalas a la vida laboral. Tras preguntar a 5.000 personas en el Reino Unido y Estados Unidos cuántos minutos dedicaban cada día a tareas intrascendentes, se dispusieron a calcular la tasa de inutilidad total ponderada (en inglés, weighted total futility, a las que atribuyeron las nada inocentes siglas WTF). Esta tasa calcula los años perdidos en el trabajo en tareas inútiles, y excluye el tiempo dedicado a las reuniones porque consideran que no son igual de inútiles para todos. Aunque sí lo son para muchos.

El estudio muestra que buena parte de nuestro tiempo y energía se consume, por ejemplo, en pelearnos con el autocorrector de texto que pone “salidos” allí donde quisimos poner “saludos”, o “un brazo” donde debería decir “un abrazo”. El autocorrector insiste y hasta tu tercera corrección no se da por enterado de que en ese e-mail mandas tú. En eso gastamos, calculan los expertos, 20 minutos diarios. Por supuesto, también se nos van las horas corrigiendo nuestros propios errores. Como el estudio se hizo a partir de una encuesta en inglés, el error más común que se detectó fue teclear ­thnaks en lugar de thanks (gracias en inglés).

El informe precisa que 145 días es “el periodo de gestación de una cabra”, y también la suma del tiempo que dedicamos a iniciar sesión cada día a lo largo de nuestra vida laboral. Varios meses se nos van intentando recordar contraseñas, ingresando contraseñas incorrectas y restableciéndolas una y otra vez. En este tiempo, poco menos de cinco meses, también se cuentan los minutos que pasamos con la vista clavada en la pantalla esperando a que pase algo ahí dentro, a que se nos revelen los misterios del alma del ordenador.

Las horas de inutilidad ponderada de la jornada laboral que calcula la asociación Maryland and Delaware Enterprise University incluyen los minutos que dedicamos a cerrar notificaciones, rechazar las insistentes solicitudes para actualizar el sistema operativo o cerrar las ventanas de publicidad.

A lo largo de nuestra vida laboral se nos van cuatro meses limpiando el ordenador y se nos escapan seis semanas borrando e-mails y carpetas. Varios días dedicamos a bichear mensajes de Slack que no están dirigidos a nosotros y a cerrar notificaciones de artículos que nunca leeremos, o desactivando alarmas de sucesos que nunca tendrán lugar.

Las pijadas de diseño y formateo, por ejemplo, establecer los márgenes de un Google Doc o encontrar exactamente dónde va ese corchete que falta en una fórmula de Excel están en la cima del tiempo invertido en tareas intrascendentes. El estudio equipara las horas que un trabajador contemporáneo dedica a cambiar el tamaño y el color de las fuentes durante toda su carrera con el año que Shakespeare dedicó a escribir El rey Lear.

Revisar un documento e incluir sesudos comentarios al texto que luego habrá que aceptar, eliminar o contrarrestar con otros comentarios aún más agudos que a su vez generan una cascada de comentarios de varios colores cuya secuencia nadie es capaz de determinar es otra de las tareas que encabezan el índice WTF. Apartado especial merecen los dramas: documentos que no se guardan, baterías que se agotan o conexiones de internet que fallan.

Seguramente este estudio, bautizado como Made Up por las siglas de la presunta institución de sus autores (en inglés, estudio inventado), no resistiría un enfoque estrictamente científico, pues es solo una extrapolación de cifras, pero sus estimaciones no se alejan de los números que le salen a la consultora IDC, que asegura que cada empleado gasta más de 14 horas semanales en leer y contestar correos, más de 13 en crear documentos digitales, y casi 10 en buscar información. La consultora pone precio a la adaptación a las nuevas tecnologías y sus continuas actualizaciones, lo fija en 7,5 millones de euros, a los que se suman otros 7 millones derivados de no encontrar a tiempo lo que se busca. A ese tiempo muerto la consultora Gallup lo ha denominado absentismo mental. Un estar sin estar. Un limbo que puede habitar en algún momento el 80% de los empleados españoles.

La tecnología está en el corazón del índice de inutilidad total ponderada, pero también podría ayudar cuando se sincronizan las opciones de autocorrección, o se implantan el reconocimiento facial para las contraseñas y las huellas dactilares para iniciar sesión. Quizá entonces tampoco consigamos escribir El rey Lear como sugiere The Economist, pero al menos habremos dejado de recordar contraseñas imposibles.

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