Palos de ciego
Columna
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Orgullosos de ser escoria

Una buena causa bien defendida es una buena causa, pero una buena causa mal defendida puede convertirse en una mala

Una vez le preguntaron a Orson Welles quiénes eran sus tres directores de cine favoritos. “John Ford, John Ford y John Ford”, contestó. Si a mí me hicieran la misma pregunta, la respuesta sería exactamente la misma. Welles vio 40 veces La diligencia antes de rodar Ciudadano Kane; yo la veo una vez al año, más o menos como El hombre que mató a Liberty Valance. De hecho, cuando me preguntan cuáles son mis 10 películas favoritas, seis o siete son de Ford, y las susodichas suelen ser las primeras. Dos películas, por cierto, casi opuestas. Ford estrenó la primera en su plenitud vital, a los 40 años; la segunda, al inicio de su decadencia: en 1962 tenía 63 años y sólo le quedaban 11 de vida. La diligencia es el nacimiento del wéstern moderno y su culminación, y por eso contiene casi todos los tópicos del género y erige su mito; Liberty Valance es el primer canto del cisne de un género que, como la épica —el wéstern es la épica del cine—, se resiste a morir, y por eso dinamita todos sus tópicos y pulveriza el mito (creando uno nuevo). La diligencia es un espectáculo total en el que Ford exhibe su talento sin fin; en Liberty Valance, a Ford le importa tanto lo que tiene que decir que lo dice de la forma más directa posible: el resultado es una obra más destartalada que La diligencia, pero mucho más compleja y profunda. Dos­toievski escribió que, si le preguntaran qué es la vida, su respuesta sería entregar un ejemplar del Quijote; yo haría exactamente lo mismo, pero añadiría una copia de Liberty Valance.

Así que hoy no hablaré de Liberty Valance, que es lo que llevo 40 años haciendo, sino de La diligencia, o más bien de una escena de La diligencia. Ocurre al principio de la película, cuando un puñado de damas imbuidas de su propia virtud expulsan de la ciudad a un médico borrachín, Doc Boone, y a una puta llamada Dallas. “¿Tengo que irme sólo porque ellas lo dicen?”, le pregunta Dallas al doctor, al borde de las lágrimas. “¿No tengo derecho a vivir? ¿Qué he hecho yo?”. Tras un instante de reflexión, Boone trata de confortarla: “Somos las víctimas de un morbo infecto llamado prejuicio social, muchacha. Las dignas señoras de la Liga de la Ley y el Orden están limpiando de escoria la ciudad. Vamos, debes mostrarte ufana de ser escoria, como yo”. Y, mientras echan a andar hacia la diligencia, concluye, teatralmente: “Tome mi brazo, madame la condesa. La carreta espera. ¡A la guillotina!”. No se engañen: Ford no piensa que la ley y el orden en sí mismos sean malos; al contrario: para él, ambos constituyen la garantía del triunfo de la civilización sobre la barbarie. Lo malo para Ford es la intransigencia dogmática del puritanismo. Éste, en su época —y todavía en mi juventud—, era básicamente de derechas, lo que era una bendición, porque podías pitorrearte sin freno de él; ahora se ha vuelto también de izquierdas, lo que es una catástrofe, porque la izquierda tiene razón y el puritanismo es, además de un mal a secas, el instrumento ideal para arruinar una causa. El combate por la igualdad de sexos y razas es indispensable, pero es una calamidad que gentes imbuidas de su propia virtud lo conviertan por momentos en una caza de brujas. No me canso de repetirlo: en la realidad, como en la literatura o el cine, la forma es el fondo; una buena causa bien defendida es una buena causa, pero una buena causa mal defendida puede convertirse en una mala causa —y no hay peor instrumento con que defender una causa que la intolerancia puritana—: lo bueno llevado al extremo casi siempre se convierte en malo. A la mierda con la gente imbuida de su propia virtud: primero, porque el énfasis en la virtud delata al canalla; y, segundo, porque hay que odiar el pecado, no al pecador. Esto lo sabía mejor que nadie Ford, que siente una infinita simpatía por los pecadores: la prueba es que, en La diligencia, Doc Boone no se equivoca nunca en los momentos en que de verdad importa no equivocarse; la prueba es que, al final, Dallas se lía con John Wayne, que es lo mejor que le puede pasar a una mujer.

Disculpen la vanidad: el día que me pierda, búsquenme con las putas y los borrachines.

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