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Perder seres queridos por partida doble y resistir

Por violencia o por covid-19, ver morir a un familiar sin poder darle una despedida digna es algo que muchas personas arrastran. En este día de conmemoración de los desaparecidos, tres mujeres lo cuentan desde el país con mayor tasa de mortalidad por la pandemia

Ruth Morales, de 36 años, espera a la llegada del ataúd de su marido, Juan Paucar Quispe, de 63 y fallecido por complicaciones derivadas de la covid-19, en el cementerio de Carabayllo de Lima (Perú) el 25 de agosto de 2020. Ver fotogalería
Ruth Morales, de 36 años, espera a la llegada del ataúd de su marido, Juan Paucar Quispe, de 63 y fallecido por complicaciones derivadas de la covid-19, en el cementerio de Carabayllo de Lima (Perú) el 25 de agosto de 2020. AP Photo

“…Si me pasara algo, mis hijos deben seguir este proceso judicial (…) No dejar de luchar contra las autoridades y los militares abusivos por la detención arbitraria y desaparición forzada de personas inocentes en los años 1980 a 2000…”. Pocos días después de que Julio Chuchón Prado, de 71 años, sucumbiera ante la covid-19, su hija Edith encontró una carta con estas líneas. Estaba en el cuarto donde él solía leer, debajo de unos papeles. Nadie en su casa había leído este testamento desconocido de siete páginas, donde además de disponer sus bienes, pedía que sus hijos siguieran luchando por la que fue una causa esencial en su vida: esclarecer qué pasó con su primera esposa y con su hermano, quienes desaparecieron en agosto de 1983.

La historia de Julio Chuchón no es única en el Perú, donde durante el enfrentamiento entre el Estado y el grupo terrorista Sendero Luminoso (SL), entre los años 1989 y el 2000, murieron miles de personas y desaparecieron unas 21.000. Sobre la intemperie emocional y social en la que ya vivían los familiares de estas últimas, ha caído hoy la pandemia con toda su crueldad.

“A mi padre lo llevaron de emergencia al hospital del Seguro Social de Ayacucho (capital del departamento andino del mismo nombre) el 1 de julio, y desde allí solo nos comunicamos por WhatsApp”, cuenta Edith, que es suboficial de la policía, escasos días antes de que Perú se convirtiera en el país con mayor tasa de mortalidad por el nuevo coronavirus de todo el mundo. A partir de entonces, cuando él ya tenía el 80% de los pulmones afectados, fueron y vinieron los mensajes cargados de angustia.

En ellos le pedía que cuidara a la familia, que desinfectara las cosas de la casa. En uno, enviado dos días antes de fallecer, pedía casi a gritos Ivermectina, un medicamento que ya le habían aplicado días antes. Después ya no pudo hablar, porque estaba entubado. El 14 de julio, luego de una noche en que su esposa Gregoria Reymúndez dijo haber soñado que estaba mejor, falleció.

Había partido solo en una cama, lejos de su familia y sin poder desentrañar qué ocurrió con su hermano Pánfilo, en el amanecer del 25 de agosto de 1983, cuando habría sido detenido en la comunidad de Chiribamba (una comunidad ayacuchana) por un grupo de militares. Y con su primera esposa, Nelly Salvatierra, quien corrió el mismo destino fatal al día siguiente.

Ambos fueron víctimas de desaparición forzada, esa práctica inhumana propiciada en esos años por miembros descaminados de las fuerzas de seguridad o por Sendero Luminoso. A eso se refería Julio en sus últimas líneas, donde también pedía coordinar con Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú (Anfasep) para que la búsqueda no pare.

Fue uno de los pocos hombres vinculados estrechamente a esta organización, que hasta hoy procura que se sepa la verdad sobre las miles de personas de las que casi no hay rastros. Y a las cuales no se les pudo despedir, como el corazón manda, casi cómo hoy no se puede hacer con quienes expiran por el nuevo coronavirus. Tal como, precisamente, le ocurrió a Edith.

Julio Chuchón, al lado de sus hijas en su último cumpleaños. La de la derecha es Edith, que es suboficial de la policía, y ha recibido el legado de su fallecido padre, víctima de la covid-19, para continuar con la búsqueda de sus familiares desaparecidos.
Julio Chuchón, al lado de sus hijas en su último cumpleaños. La de la derecha es Edith, que es suboficial de la policía, y ha recibido el legado de su fallecido padre, víctima de la covid-19, para continuar con la búsqueda de sus familiares desaparecidos.

“No pude cerrar este duelo”, comenta desde la congoja y sobreponiéndose a la resaca de sus afectos y de su propio cuerpo, porque ella misma tuvo la covid-19, como todos en su casa, por lo que dejó de trabajar unos días y tuvo enormes dificultades para velar por sus dos pequeños hijos y atender a su propio padre. Que se fue sin despedirse bien de ella, sin abrazos ni rezos.

La pérdida sin fin

Según la psicóloga Eva Esteban, de la oficina de Lima del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), “para iniciar un proceso de duelo debe haber una certificación de la muerte, a través de a través de la presencia del cuerpo del fallecido”, y además “hace falta un reconocimiento social, para darle un sentido a lo sucedido”. Algo que no tienen los familiares de los desaparecidos.

Rodomila Segovia, familiar de un desaparecido, durante una actividad denominada ‘tejidotón’ en el 2010, que consistió en tejer una enorme chalina para recordar a las víctimas que nunca aparecieron.
Rodomila Segovia, familiar de un desaparecido, durante una actividad denominada ‘tejidotón’ en el 2010, que consistió en tejer una enorme chalina para recordar a las víctimas que nunca aparecieron. CICR

Si eso no ocurre, se produce lo que la psicoterapeuta Pauline Boss ha llamado ‘"la pérdida ambigua", es decir, una pérdida sin verificación, sin posibilidad de cierre porque no se sabe si el familiar está o no está. Es lo que le ocurrió a Chuchón, pero también a Rodomila Segovia (55), que desde los 18 años carga con el dolor de no saber qué pasó con su abuela Maura Rodríguez.

Ella, junto con sus tíos Santiago Rojas y Francisca Najarro, fue interceptada por un comando de SL un 26 de mayo de 1984, en las cercanías de Seccelambras, una comunidad ubicada también en las sierras de Ayacucho. Los hombres armados acusaron a Santiago de ser “un colaborador del Estado”, para luego torturarlo y, finalmente, degollarlo sin compasión alguna.

A Maura y Francisca (que estaba embarazada), las golpearon y las arrojaron a un río cercano. Unos testigos dicen haber visto sus cuerpos flotando, pero por varios años no se llegó a comprobar si era cierto. Solo 21 años después, en un pueblo cercano llamado Minas Urqu, se encontraron unos restos que podrían ser los de los familiares de Rodomila.

Con la ayuda de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) les hicieron la prueba de ADN a algunos de sus sobrinos y se determinó que los huesos de Santiago y Francisca sí estaban allí. Pero no la abuela. Días después, desesperada porque no la encontraba, Rodomila fue a una Fiscalía en Lima y pidió que le dieran unos huesos de animales también encontrados en la fosa.

Para iniciar un proceso de duelo debe haber una certificación de la muerte, a través de a través de la presencia del cuerpo del fallecido. Algo que no tienen los familiares de los desaparecidos ni de las víctimas de covid-19

A pesar de no estar segura de que fueran los restos de su abuela, de su "mamá Maura", decidió hacer una ceremonia simbólica con ellos. “No cerré el duelo”, dice, al acordarse de esos momentos. Los años fueron pasando, sin que renunciara a encontrar el cuerpo de la mujer que la arropó. A inicios de julio pasado, su padre Julián Segovia se enfermó de la covid-19.

Cuando sus hermanos lo llevaron a una clínica, los médicos determinaron que tenía como el 90% del pulmón afectado. Rodomila, sin embargo, nunca pudo viajar de Huamanga a Lima para verlo o abrazarlo, porque se había declarado la cuarentena en todo el país. “Volví a sentirme —explica— como en los años en que no pude enterrar a mi mamá Maura”

La sombra de la desconfianza

La poca comunicación que tuvo con su familia fue a través —nuevamente— del WhatsApp. Un día antes de la muerte de su padre, el 19 de junio, uno de sus hermanos le avisó por esa vía de que ya se iba, y al siguiente falleció en su propio domicilio, sin que ella pudiera despedirse. Sufrió, nuevamente, una pérdida ambigua, es decir una pérdida que no pudo cerrar adecuadamente.

Si bien, según Esteban, el contexto de la covid-19 es diferente al de las desapariciones forzadas, esta figura puede darse de algún modo en la pandemia, debido a “la no posibilidad de despedir al ser querido con los rituales social y culturalmente establecidos”. No se le ve en sus últimos momentos de vida, o incluso se desconfía de los restos entregados luego de la cremación.

A los familiares de los desaparecidos se les entregan restos óseos y también suelen desconfiar. Quizás por eso no es casual que quienes pierden a alguien por la enfermedad, y a la vez tenían un desaparecido en la familia, suelan moverse de un modo minucioso cuando se produce el deceso, tal como ocurrió con Vanessa Marchena, una mujer que actualmente tiene 36 años.

Rodomila Segovia, con las fotos de sus familiares desaparecidos colgadas en el pecho. Nunca encontró los restos de su abuela, hasta ahora los sigue buscando, pero a la vez es asistente social y ayuda a quienes han pasado por la misma circunstancia.
Rodomila Segovia, con las fotos de sus familiares desaparecidos colgadas en el pecho. Nunca encontró los restos de su abuela, hasta ahora los sigue buscando, pero a la vez es asistente social y ayuda a quienes han pasado por la misma circunstancia. CICR

Desde los ocho años vivió bajo la sombra de la ausencia no explicada de su tío, Rodolfo Cuba Rivas, vendedor de diarios, quien desapareció un 17 de abril de 1992, en el distrito de limeño de Los Olivos, al parecer por acción de dos hombres, “de porte militar”. Y de la detención de su madre, Lili Cuba Rivas, en enero del siguiente año, por presuntamente estar vinculada a la subversión.

No ha podido olvidar el día en que varios policías irrumpieron en su casa y se la llevaron, para luego enviarla a un tribunal de jueces sin rostro que la condenó a 30 años de prisión, lo que hizo que Vanessa se pasara la infancia y la adolescencia visitando sucesivamente en tres penales a su madre. Hasta que en el año 2002 una Comisión de Indultos concluyó en que era inocente y salió.

Al fallecer su padre, Abdón Marchena, por covid-19 el 19 de junio en Lima, Vanessa elaboró una delicada estrategia con una funeraria para estar segura de que las cenizas que le entregaban eran realmente las de él. Habían transcurrido 25 días desde que fue internado, en los cuales ella sufrió lo inenarrable, gastando lo que no tenía en balones de oxígeno, taxis y medicamentos.

Incluso tuvo que dormir una noche entera en una banca, junto con su padre ya en crisis, mientras esperaba la atención hospitalaria. En marzo pasado perdió su trabajo debido a la crisis económica que afecta al Perú por la pandemia, por lo que la principal fuente de ingreso de su familia era, y es aún, el trabajo de taxista de su esposo, con lo que mantienen a sus tres hijos.

Sobrevivir viviendo

Sandy Martel, otra psicóloga que trabaja para el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, sostiene que los familiares de desaparecidos pueden experimentar, a nivel familiar, la falta de certeza de que “el cuerpo corresponda al pariente”, así como la sensación de que “cualquier miembro de la familia puede ser una víctima vulnerable”. Como le ocurrió a Vanessa.

Julio Chuchón Prado, al lado de las cruces que recuerdan a su primera esposa, Nelly Salvatierra, y a su hermano, Pánfilo Chuchón Prado, ambos desaparecidos en 1983. Murió abatido por el nuevo coronavirus en junio de este año.
Julio Chuchón Prado, al lado de las cruces que recuerdan a su primera esposa, Nelly Salvatierra, y a su hermano, Pánfilo Chuchón Prado, ambos desaparecidos en 1983. Murió abatido por el nuevo coronavirus en junio de este año.

Rodomila es la asistenta social de Anfasep y cuenta que, en estos días de desolación y pandemia, se ha dedicado a ayudar a los miembros de la asociación que están en pobreza extrema y que son unos 25. Los llama por teléfono, organiza bolsas con alimentos para ellos, y cada 15 días procura ir a verlos y dejárselas, con los cuidados sanitarios del caso.

“Eso me hace sentir mejor”, explica, deslizando un aire de resiliencia ejemplar, capaz de vencer a cualquier demoledora adversidad. Edith, por su parte, es policía de emergencias, y cuenta que cuando ve a ancianos hacer cola en los bancos para cobrar el bono de compensación otorgado el Gobierno, los ayudo a cruzar la pista o hasta los lleva a su casa en la patrulla policial.

Vanessa, por su parte, quiere irse del país, pero ve en uno de sus hijos, que estudia ingeniería civil en la Pontificia Universidad Católica del Perú gracias una beca, una esperanza, y también en sus otros dos hijos. Está vinculada a la Red de Mujeres Forjadoras de Paz, promovido por la Comisión Episcopal de Acción Social, un organismo de la Iglesia Católica Peruana.

Todas, cargando encima el dolor provocado por la desaparición forzada, la detención injusta o la pandemia, tratan de vivir, contra toda mala hora. “Los familiares de personas desaparecidas —apunta Esteban— podrían estar aplicando estrategias y recursos de afrontamiento que, consciente o inconscientemente, han aprendido y desarrollado durante todos estos años de incertidumbre”.

Los familiares de personas desaparecidas podrían estar aplicando estrategias de afrontamiento que han aprendido durante todos estos años de incertidumbre

Quizás aprendieron a resistir más para sortear esa pérdida ambigua que incluso se puede heredar, como ocurrió con Edith y Vanessa. Como escribe la propia Paulina Boss (en su libro llamado, precisamente, La pérdida ambigua), “algunas víctimas (…) deciden extraerle sentido al caos y —continúa la autora— rebajar la probabilidad de que otros sufran la misma pérdida”.

Es lo que parece hacer Edith, quien enfatiza su deseo de ser “una policía más humanitaria, que entienda los problemas de la gente”. El CICR, por añadidura, está promoviendo en el Perú la campaña Toronjil, para no ahogarnos en el llanto, a fin de crear un acercamiento virtual entre quienes perdieron un familiar por desaparición forzada y quienes lo perdieron por la covid-19.

Los días continúan…

Lo harán mediante un vídeo y bajo la etiqueta #UnAdiosDigno y, según Dafne Martos, jefa de Comunicación del CICR, “la idea es que el toronjil simbolice los abrazos que no se pueden dar”. A nivel regional, se ha lanzado en alianza con Play for Change un concierto virtual en el que, este 30 de agosto varios artistas interpretarán el tema de Natalia Lafourcade llamado Hasta la raíz.

Esa que a la letra dice Sigo cruzando ríos/ andando selvas/amando el sol/cada día sacando espinas/de lo profundo de mi corazón. Edith, Rodomila y Vanessa aún sacan espinas de sus corazones. Y comparten las mismas lágrimas de los deudos de los fallecidos por la covid-19, que tampoco quieren que la muerte pase por su casa y sus afectos sin que haya una digna despedida.

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