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Regreso a Wuhan, donde todo empezó

Durante tres meses, el foco original de la pandemia de covid-19 fue sinónimo de apocalipsis. Los 11 millones de habitantes de esta ciudad china pasaron 76 días confinados y oficialmente fallecieron 3.869 personas. Regresamos al lugar donde todo comenzó en diciembre de 2019. Médicos, pacientes y vecinos recuerdan el horror vivido mientras empiezan a recuperar poco a poco su vida.

El 30 de diciembre en Wuhan, el doctor Zhang Dingyu, director del hospital Jinyintang, estaba perplejo. Su centro médico, especializado en enfermedades infecciosas, empezaba a tratar a los primeros pacientes aquejados de una neumonía extraña, similar al SARS que en 2003 había dejado más de 700 muertos en China, y sobre la que empezaban a circular muchos rumores. En el hospital Central, la doctora Ai Fen, jefa de cuidados intensivos, enviaba a uno de sus colegas el informe del laboratorio que acababa de recibir sobre uno de sus pacientes. Encerrada en un círculo, la palabra “SARS”. En ese mismo centro, el joven oftalmólogo Li Wenliang, cada vez más alarmado por lo que oía en torno a esa dolencia rara, enviaba una serie de mensajes a sus compañeros de Facultad: “Siete casos confirmados de SARS enviados desde el mercado de Huanan”; “Se ha confirmado que se trata de un coronavirus; el subtipo exacto está por determinar”. Tres días antes, la neumóloga Zhang Jixian había alertado a las autoridades sanitarias de que se trataba de un nuevo coronavirus.

El último día del año, China informaba en una comunicación a la Organización Mundial de la Salud (OMS) que había detectado un tipo de enfermedad nueva. Que algunos de los pacientes estaban relacionados con un mercado local, el de Huanan: oficialmente, especializado en mariscos y pescado; extraoficialmente, en cualquier bicho vivo o muerto por el que alguien estuviera dispuesto a pagar un precio.

El 1 de enero, la televisión china anunciaba que ocho médicos en Wuhan habían sido amonestados por difundir rumores falsos que comparaban la nueva enfermedad con el SARS. El 3 de enero, el doctor Li era convocado a la comisaría de su barrio: allí descubría que sus mensajes habían circulado mucho más ampliamente de lo que él había pretendido y habían llegado a la policía. Estaba “haciendo correr rumores” sobre la enfermedad y eso era un delito, le dijeron. Tenía que firmar un documento en el que prometía no continuar sus mensajes o tendría problemas graves. “¿Entendido que si sigues irás a juicio? ¿Puedes abandonar tus actividades ilegales?”, se leía en el formulario. Al lado, la respuesta manuscrita del galeno: “Entendido. Puedo”. Le quedaba un mes de vida.

Oficialmente, a partir del día 5 y hasta el día 17, China no registró nuevos casos. Pero cada vez llegaban más pacientes con síntomas. Los médicos que atendían a esos enfermos ya intuían que el contagio entre humanos era algo más que una posibilidad. Pero la amonestación a sus colegas había surtido su efecto: nadie más levantó la voz en público.

De puertas para afuera, el mensaje de los altos funcionarios chinos era que todo estaba controlado, aunque el día 13 ya se había detectado el primer caso en el extranjero, en Tailandia; entre bambalinas, empezaban a prepararse para la posibilidad de una pandemia. El día 15, el director del Centro de Control y Prevención de Enfermedades, Li Qun, aún declaraba en televisión que “el riesgo de una transmisión sostenida entre humanos es bajo”. Las autoridades locales de Wuhan instaban a los ciudadanos a disfrutar del Año Nuevo lunar, a hacer vida normal, a viajar. En uno de sus distritos se preparaba una cena para 40.000 comensales. Trenes y aviones se marchaban atestados: salieron de la ciudad hasta cinco millones de personas.

El día 17, los casos empezaron a subir. Cuatro aquel día; 17 al siguiente, 136 el de después. El 20, el presidente chino, Xi Jinping, hablaba por primera vez públicamente sobre el foco infeccioso. Ese mismo día, el epidemiólogo Zhong Nanshan, veterano de la lucha contra el SARS, soltaba la bomba en televisión: el virus era contagioso entre humanos. El 22 de enero, los casos confirmados ya eran 571 en toda China y se habían declarado 17 muertes. En casa de los señores Li, él de 78 años y ella de 77, se seguían las noticias con preocupación. Ella se sentía bien; él, un poco cansado. El día 23, de madrugada, en víspera de la Nochevieja lunar, las autoridades de Wuhan anunciaban el bloqueo de la ciudad por cuarentena. Empezaba un experimento que entonces parecía de ciencia-ficción: cerrar una ciudad de 11 millones de habitantes para combatir una enfermedad. Tres meses más tarde, la mayor parte del mundo occidental estaría como Wuhan aquellos días: confinado, asustado, paralizado.

Dos guardias de seguridad con trajes protectores, el 11 de abril a la entrada del hospital Leishenshan, recinto que fue levantado de la nada en 10 días y que acogió en total a 2.011 enfermos en sus 1.500 camas (cerró sus puertas el pasado 15 de abril). ver fotogalería
Dos guardias de seguridad con trajes protectores, el 11 de abril a la entrada del hospital Leishenshan, recinto que fue levantado de la nada en 10 días y que acogió en total a 2.011 enfermos en sus 1.500 camas (cerró sus puertas el pasado 15 de abril).

Wuhan, chispa de la revolución

Sobre lo alto de una colina, a orillas del río Yangtsé —el más largo de China y el tercero del mundo—, la imponente pagoda de la Grulla Amarilla, de cinco pisos, es el símbolo de Wuhan. Desde ella, de un vistazo, pueden divisarse sobre la llanura trufada de lagos y estanques las tres poblaciones —Wuchang, Hankou y Hanyang— cuya fusión creó esta metrópoli en la unión entre el río Han y el Yangtsé. Uno de los enclaves fluviales más importantes de la China imperial, una ciudad de un millón de almas que comerciaba con té, seda y carne cuando Shanghái era todavía poco más que una aldea de pescadores. Un bocado tan apetitoso que en 1858, a consecuencia del Tratado de Tianjin —uno de los “tratados desiguales” que Occidente impuso a la debilitada dinastía Qing durante el conocido en China como “siglo de humillación”—, quedó incluida entre los puertos que debían abrirse al comercio europeo. El Bund, el paseo kilométrico a lo largo del Yangtsé, y los edificios de estilo occidental que salpican la antigua concesión de Hankou dan fe de ese pasado.

Los primeros días, “el teléfono no paraba de sonar”, recuerda un médico francés que decidió quedarse

En 1911, de Wuhan saldría la chispa que encendió la revolución que acabó con la dinastía Qing y convirtió a China en una república bajo el mando de Sun Yat-sen. Durante la segunda guerra chino-japonesa (1937-1945), la ciudad, para entonces ya un gran núcleo industrial y nudo clave de comunicaciones en el centro de China, se convirtió durante unos pocos meses en la capital del Gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek, del país, antes de ceder el puesto a Chongqing.

Favorita de Mao Zedong, pero rezagada en los primeros años del posmaoísmo en favor de las grandes ciudades de la costa como Shanghái o Shenzhen, con el despegue económico de China a partir de la década de 1990 volvió a recuperar el impulso. Hoy día es una flamante ciudad de 11 millones de habitantes, de arquitectura moderna, rascacielos, amplias avenidas y espacios verdes, en la que enseñan algunas de las mejores universidades del país y donde, según sus autoridades, operan 300 de las 500 mayores compañías del mundo. Fabrica el 6% de los vehículos chinos —allí operan Honda y la francesa PSA, entre otros—, maquinaria industrial y componentes para móviles inteligentes, entre otros productos.

“Dos muertos en nuestra habitación”

Para la señora Li, de 77 años, el día que empezó el bloqueo de Wuhan fue cuando comenzaron sus problemas. Su marido empezó a sentirse mal; al día siguiente tenía fiebre alta. Ella cayó un día después. Inicialmente fueron trasladados a un hotel para casos menos graves; una mala reacción a un fármaco de medicina tradicional china le hizo perder el sentido. “Mi marido fue a pedir ayuda, pero nadie quiso ni hablarle. Los voluntarios tenían pánico de nosotros y de acercarse. Nadie nos ayudó. No vino ningún doctor. Me desperté por las sacudidas de mi marido”. Llamadas de ellos y sus familiares a su comité vecinal, a los centros médicos, a cualquier autoridad que se les ocurriese, para implorar una plaza en un hospital. Durante días, nada. Finalmente ingresaron en un hospital el 11 de febrero. “Tenían una lista y para poder entrar en el edificio tenías que esperar a que te llamaran… Llegamos a las tres de la tarde y nos dieron habitación a medianoche. Había mucha gente apretujada en el corredor, esperando. Yo me quedé sin fuerzas, ya estoy muy mayor y tenía que cargar mis cosas”, recuerda.

“Mi marido fue a pedir ayuda, pero nadie quiso ni hablarle. Tenían pánico de acercarse”, dice una afectada

Su habitación era para tres personas. “Con nosotros ingresaron a otra señora de 65 años, le costaba mucho respirar. La vimos morir dos noches más tarde. Tardaron en venir por ella, el cuerpo estuvo en la habitación una hora o dos. Esa noche las enfermeras tuvieron que pasarla con nosotros, para confortarnos y ayudarnos a pegar ojo. A los pocos días llegó otro paciente, de una edad parecida. Tenía una actitud muy optimista, parecía lleno de fuerza. Pero esa noche le subió mucho la fiebre y al día siguiente le trasladaron a la UCI. En menos de 24 horas había fallecido también. ¡Dos muertos en nuestra habitación! Después de eso, tuve problemas graves para dormir”.

Tardó un mes en recibir el alta y ser trasladada a un centro de observación. Cuando habla con EL PAÍS, está a punto de terminar su segunda y definitiva cuarentena, ya de vuelta en casa. Pero, aunque tiene anticuerpos, no se atreve a salir. “Tenemos que protegernos. Ahí fuera hay gente que no tiene síntomas… Prefiero comprar la comida por Internet. Total, he pasado dos meses metida dentro, ya me he acostumbrado. Prefiero ser cauta”, dice.

Hospitales enteros con enfermos de covid-19

El bloqueo de Wuhan duró 76 días. Para atajar allí una crisis que se acabó extendiendo al resto del mundo, y que en esta ciudad costó oficialmente 3.869 vidas y más de 50.000 contagios, hicieron falta 42.000 profesionales sanitarios extra, llegados de otras provincias para tratar lo más rápidamente posible a enfermos que morían en sus casas esperando un diagnóstico; enviar material protector, escasísimo en los primeros días; dedicar hospitales enteros solo a enfermos de covid-19; levantar 14 hospitales de campaña en polideportivos, centros de convenciones o clínicas privadas; construir otros dos —­Huoshenshan y Leishenshan— de la nada en solo 10 días; establecer protocolos para separar a enfermos de sanos, a infectados por el virus de otros pacientes.

Flores frente al hospital de Houhu de Wuhan en memoria del doctor Li, fallecido a los 33 años por covid-19 y uno de los primeros facultativos en advertir sobre el peligro del nuevo coronavirus, acto por el que fue reprendido por las autoridades. ver fotogalería
Flores frente al hospital de Houhu de Wuhan en memoria del doctor Li, fallecido a los 33 años por covid-19 y uno de los primeros facultativos en advertir sobre el peligro del nuevo coronavirus, acto por el que fue reprendido por las autoridades.

Y encontrar medicamentos que funcionaran: en su hospital, el doctor Zhang, tras bucear en los estudios sobre el SARS, experimentaba con una combinación de retrovirales y un medicamento gástrico que, asegura, resultó la fórmula de mayor éxito para impedir que los enfermos se agravasen. El uso de plasma de otros pacientes que se habían curado y tenían anticuerpos también dio algún resultado “espectacular”, según recuerda en los jardines de su hospital, tres meses más tarde y a punto de dar el alta a sus últimos pacientes de covid-19. “Fue como resucitar a gente de entre los muertos. Teníamos un paciente con el que ya habíamos probado todo. Estaba muy mal, se moría. Le administramos plasma y la mejoría fue impresionante en cuestión de solo dos días… Acabó marchándose a casa por su propio pie”, relata.

Otro médico, el francés Philippe Klein, director de la Clínica Internacional de Wuhan, decidió permanecer en la ciudad durante la crisis —“Iba a ser más útil aquí”, explica—, mientras su familia y la gran mayoría de los residentes extranjeros partían en los aviones que fletaron sus Gobiernos para sacarlos de allí. De aquellos primeros días recuerda la confusión, las colas de gente para comprar comida en los supermercados presa del pánico y, sobre todo, la importancia que tuvieron los móviles para diseminar cualquier información. “Grupos de chats. Expatriados. Colegas. Diplomáticos. Todo el mundo intercambiaba consejos, pedía recomendaciones. El teléfono no paraba de sonar”, recuerda.

El número de nuevos contagios solo comenzó a bajar de 3.000 diarios a mediados de febrero, dos semanas después del bloqueo. Con un lenguaje casi militar, el día 8 se dio la directriz de “ingresar a todos los que tengan que ser ingresados”, en hospitales los casos graves o en centros de cuarentena los leves. Se ordenó también el confinamiento obligatorio de todos los residentes. No se podría salir de casa más que en caso de enfermedad o para cubrir servicios esenciales; los comités vecinales, los órganos de representación municipal en cada barrio, quedaron encargados de hacerlo cumplir y de informar del más mínimo síntoma que pudiera presentar cualquier vecino. Se impusieron barreras en las calles para impedir el paso. Wuhan se convirtió en una ciudad fantasma.

“Era como una película de catástrofes, pero sin actores. Sin nadie. El fin del mundo”, recuerda un médico


“Era como una película de catástrofes, pero sin actores. Sin nadie. El fin del mundo”, recuerda el doctor Klein, que, como médico, sí tenía autorización para desplazarse. Los únicos seres vivos con los que se encontraba en esas salidas eran animales. “Perros callejeros. Gatos callejeros. Ardillas. Una locura. La gente no tenía permiso para sacar a sus mascotas, así que muchos las soltaron”.

El confinamiento resultó una experiencia tan nueva como dura. Siete semanas de economía de guerra, de aislamiento en pisos pequeños, en los que la única salida era a sacar la basura, y en los que la comida, proporcionada por los comités vecinales, llegaba en packs ya predeterminados, para hacer más fácil el reparto.

Quizá, admite Klein, hubo retrasos en la reacción china al comienzo, algo que considera “normal”. “Es una situación nueva. No sabes a lo que te enfrentas. Hay que adaptarse”, señala. “Tenemos que recordar que China tomó medidas para parar esta epidemia en un periodo muy corto, el más corto posible. Con esa política muere menos gente”, puntualiza.

El 8 de abril, ya con los nuevos contagios reducidos a cifras de un solo dígito, se retiraron las barreras que bloqueaban las autopistas, se reabría el aeropuerto y salían los primeros trenes de sus estaciones, entre campanadas, espectáculos de luces en la ribera del Yangtsé y pitidos de las sirenas de los ferris. Cautamente, los jóvenes primero, las familias con hijos pequeños después, se han ido aventurando a salir. Bajo los magnolios en flor, los árboles alcanforeros reverdecidos en los parques tras el duro invierno, las parejas vuelven a susurrarse naderías.

A lo largo del parque Jiangtan, a la vera del río, corren los pequeños con sus mascarillas. Grupos de amigas intercambian risas y secretos. Un hombre trata de soltar una cometa trabada en un ciruelo. En la orilla, algunos pescadores consiguen un buen botín: tantas semanas de calma, y de aguas más limpias, han hecho que el caudal lleve más peces, cuentan con grandes sonrisas. Sin la contaminación que otros años empañaba el aire, esta primavera es especialmente bella, y especialmente bienvenida.

Montaña del Dios del Trueno

Oficialmente, Wuhan ya no tiene ingresado a ningún paciente por coronavirus. El domingo 26 de abril recibieron el alta los últimos enfermos; quedaban tan solo algunos que, libres ya del patógeno, padecían aún secuelas graves dejadas por esa dolencia. Solo quedan portadores asintomáticos, a los que se observa para evitar que puedan transmitir el virus o por si desarrollan la enfermedad.

Se han cerrado los 16 hospitales de campaña. Pocos con más simbolismo que el de Leishenshan, o Montaña del Dios del Trueno, uno de los dos construidos contra reloj en los peores momentos de la epidemia. Inaugurado con gran fanfarria propagandística a 20 kilómetros del centro, acogió a 2.011 enfermos en sus 32 pabellones; con un total de 1.500 camas, desempeñó, según su director, el doctor Wang Xinghuan, un “papel muy importante” en la lucha contra la pandemia, al descargar de enfermos graves de covid a otros centros. El día 15 de abril, tras despedir a su último paciente, cerró las puertas, con la esperanza de que sea para siempre. Las instalaciones quedarán ahí, de momento. Los módulos prefabricados que lo forman se acabarán derribando, pero “no este año”, precisa Wang. Sus largos pasillos blancos conservarán mientras tanto, casi como un museo, las caricaturas y mensajes de aliento que dibujaron los equipos sanitarios allí asignados.

Pero si el alta de los últimos ingresados marca, al menos en teoría, el fin de la pandemia en Wuhan, sus consecuencias continuarán aún durante mucho tiempo. El trauma de estos meses, el pánico, el dolor siguen a flor de piel. Los servicios de atención psicológica, desbordados durante el bloqueo, continúan recibiendo llamadas de personas con problemas para dormir, con ansiedad, con síntomas de estrés postraumático. “Sé que no debería sentirlo, pero tengo rabia. Mucha rabia. Deseo un brote como este en Pekín, en Shanghái, verlos sufrir como hemos sufrido nosotros, y ver cómo la gente se vuelve contra ellos como se volvió contra nosotros”, confiesa un joven de 28 años.

Otras cicatrices son visibles: en la cautela de los ancianos que, ciudad abierta o no abierta, se niegan a bajar a la calle por temor al virus. En el olor a gel desinfectante, que llega a ráfagas en el lugar y el momento más insospechados. En las carpas callejeras de los comités vecinales, para controlar quién viene y quién va. En las ubicuas vallas azules y amarillas que una semana después de la apertura de la ciudad aún cerraban el paso a los no residentes en numerosas calles, y que obligan a los comerciantes de barrios como el de Liuhe a hacer malabarismos para entregar la compra a sus clientes por encima de esas barreras. “Apenas sacamos para cubrir gastos y comer”, se lamenta la señora Chen, propietaria de un puesto de verduras. “Como la gente no puede ver bien el género y escoger, hay muchos que pasan de largo. Compensamos algo por lo que vendemos por Internet, pero hacemos poco más que la mitad de lo que ganábamos antes del virus”, explica. Sus vecinos, una tienda de fideos, sí tienen delante una cola importante. “Es porque son los únicos que venden desayunos en toda la calle”, dice la señora Chen.

El empleado de un restaurante entrega a mensajeros pedidos de comida. ver fotogalería
El empleado de un restaurante entrega a mensajeros pedidos de comida.

Esas mismas barreras cercan, marcándolo como un lugar maldito, el mercado de Huanan, cerrado desde diciembre. Junto a la estación de tren de alta velocidad de Hankou y hasta entonces incluso un destino turístico, fue señalado inicialmente por las autoridades sanitarias chinas como el lugar donde el virus saltó al ser humano, aunque desde entonces Pekín ha puesto esta teoría en entredicho. Según un estudio publicado en la revista médica The Lancet, 27 de las primeras 41 personas confirmadas como enfermas tuvieron algún tipo de relación con las galerías de ese recinto de dos plantas, partido en dos por una gran avenida.

Unas telas negras cubren parcialmente los letreros de los puestos. Poca gente se acerca. Donde estuvo la entrada, media docena de policías cubiertos de pies a cabeza con traje protector y gafas ordenan alejarse a quien se aproxima. Entran y salen, en grupos de dos o tres, otras personas pertrechadas de la misma guisa, algunos con blocs de notas. “Desinfectan y toman muestras”, puntualiza un policía. Un fuerte hedor a carne podrida, mezclado con efluvios de desinfectante, flota en el ambiente y se agarra a la garganta a través de la mascarilla.

La palabra en boca de todos en Wuhan es “precaución”. Precaución contra el virus, para no perder lo ya ganado, para no tener que volver al temido confinamiento. Pocos se atreven a entrar en los centros comerciales cerrados. Bares y restaurantes solo sirven comida para llevar o bajo estricta vigilancia de la distancia social. Las empresas piden pruebas de coronavirus antes de readmitir a sus empleados en el puesto de trabajo; las fábricas han impuesto estrictas medidas de separación física para sus obreros. Al menor síntoma, para el hospital.

La misma distancia impera en el transporte público. Grandes láminas de plástico separan a los conductores de taxi o de Didi (el Uber chino) de sus pasajeros. Para utilizar el metro, entrar en un centro comercial o casi para cualquier otro espacio, hay que dejarse tomar la temperatura y mostrar el salvoconducto de los tiempos del coronavirus: el código generado por una aplicación en el teléfono que constata que ni se han tenido síntomas, ni se ha estado cerca de un contagiado en al menos dos semanas. En verde, paso libre. En amarillo, vuelva a casa. En rojo, es usted oficialmente un apestado.

“Recordar a los muertos”

El silencio de aquellos primeros días en las calles —y el caos en el interior de los hospitales— es lo que más recuerda Mister Zhou, un hombre en la cincuentena, miembro de un círculo pequeño pero muy motivado de activistas críticos contra el Gobierno chino. Juntos decidieron documentar las escenas de desesperación que se vivieron entonces en los hospitales: gente agolpada en los pasillos, familias rogando que se atendiera a su ser querido enfermo, médicos desbordados y sin apenas protección.

Para entrar en casi cualquier lugar hay que mostrar un salvoconducto: un código generado por una aplicación

Uno de los miembros del grupo, el empresario Fang Bin, acabaría siendo detenido y puesto en cuarentena en febrero. Su paradero —como el del también periodista ciudadano Chen Qiushi, desaparecido en las mismas fechas— es desconocido desde entonces. “Queríamos que la gente supiera lo que estaba ocurriendo de verdad, que era muy grave”, explica fumando un cigarrillo, cerca de una de las urbanizaciones de altas torres y nueva construcción que se multiplican por Wuhan.

Era lo que había intentado hacer el oftalmólogo Li con sus amigos. En esas fechas, a finales de enero, yacía en una cama de su hospital Central, aislado. Había contraído él mismo días antes la enfermedad sobre la que alertó, cuando atendía a una paciente que la padecía. Desde lo que sería su lecho de muerte, en entrevistas a varios medios, había declarado que “una sociedad que hable con una sola voz no es una sociedad sana”. Falleció el 6 de febrero, desencadenando una ola de tristeza y rabia con escasos precedentes en las redes sociales chinas.

Unas semanas más tarde, su colega la doctora Ai Fen, jefe del servicio de urgencias del hospital Central, daría una entrevista a un digital chino en el que se lamentaba del silencio que mantuvieron muchos médicos. “Si hubiera sabido lo que sé ahora, habría hablado con todas mis fuerzas”, se lamentaba Ai, la especialista que rodeó con un círculo la palabra “SARS” en un informe de diciembre. Ningún otro medio ha conseguido hablar con ella desde aquellas declaraciones.

Un control de seguridad en Wuhan, el 10 de abril, donde los ciudadanos tienen que escanear un código QR al entrar y salir de la zona. ver fotogalería
Un control de seguridad en Wuhan, el 10 de abril, donde los ciudadanos tienen que escanear un código QR al entrar y salir de la zona.

Zhou es pesimista sobre el alcance de aquella oleada de furia y de insatisfacción contra las autoridades. “Fue una manera de descargar tensión, no se buscaba ningún cambio. La gente acabará olvidando al doctor Li. Incluso ahora, si preguntas, ya hay algunos que no caen en quién fue”, comenta, desalentado. “La gente lo que quiere es que le resuelvan su aquí y ahora. Mientras estuvieron encerrados, se quejaban. Ahora que ya pueden salir, ya les da igual. Es como si no hubiera pasado nada”.

Aunque sí hay quien recuerda al doctor Li. El 4 de abril, en la festividad de Qingming o Barrido de Tumbas, el Día de Difuntos chino, varios ramos de crisantemos blancos y amarillos rendían homenaje al médico fallecido en el hospital Central. En su página de Weibo, que continúa abierta y se ha convertido en una suerte de monumento cibernético a su memoria, los internautas continúan enviándole mensajes.

Pocos días después de esta conversación, las autoridades de Wuhan elevaron las cifras oficiales de víctimas, originalmente unos 2.500, para incluir a las que fallecieron en sus domicilios esperando un diagnóstico y otros mal registrados. Pese a la revisión, las cifras continúan bajo sospecha. Comparadas con las de otros países golpeados por la enfermedad, son muy bajas. Líderes como el presidente francés, Emmanuel Macron, han apuntado que “pasaron claramente cosas que no sabemos”. “Nuestra información no es transparente. Uno no puede fiarse de una sola cifra de las que se dan oficialmente”, apunta Zhou.

A él y a sus amigos les gustaría poder, en algún momento, crear una página web parecida con los nombres de todos los fallecidos en Wuhan durante la epidemia, para rendirles homenaje y que el sufrimiento de estos meses no caiga en el olvido. “Que nuestros nietos sepan qué fue lo que ocurrió de verdad”, explica. Pero vuelve a encogerse de hombros, con una sonrisa de impotencia mientras empalma un cigarrillo con otro. “Ahora mismo eso es algo imposible. Toda esa información sobre quién murió, qué pasó, está muy controlada. Como nuestros vídeos del principio”.

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