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El gran confinado

Humboldt y Bonpland, ante una lluvia de meteoros en Sudamérica en 1799.
Humboldt y Bonpland, ante una lluvia de meteoros en Sudamérica en 1799.Ullstein Bild / Getty Images

Eso sí que fue confinamiento. Si nos viera ahora, aquel francés seguramente confirmaría sus peores sospechas sobre los efectos de la molicie en la decadencia de la raza o se preguntaría si no tenemos nada más para quejarnos. Y después, si se lo pidiéramos, quizá nos contaría su historia. Le gustaba, sabemos, contar su historia.

Cuando nació, Aimé Bonpland se llamaba Aimé Jacques Alexandre Goujaud; Bonpland era el apodo de su padre cirujano, y le quedó. Corría 1773, y corría mucho: unos años después el mundo cambiaría para siempre gracias a una bandera tricolor y un par de guillotinas. Entonces Bonpland estudiaba botánica y medicina, aprendía a aprender de la naturaleza. A sus 27, el científico más famoso de esos tiempos, Alexander von Humboldt, lo invitó a acompañarlo en un viaje de exploración. Querían ir a Egipto; terminaron en Estados Unidos, Cuba, Venezuela, Colombia y varios más. Serían cinco años de —dijo Bolívar— “redescubrir América” y surcarla en uno de los viajes más influyentes de la historia: el viaje que, entre otras cosas, inventaría la idea de naturaleza que todavía tenemos.

Después de eso cualquier vida estaría casi de más. Bonpland volvió a París, dirigió el jardín botánico de la emperatriz, escribió libros. Cuando Napoleón fue derrocado decidió irse y eligió, entre tantos lugares, Buenos Aires. Sus gobernantes le habían prometido fundarle un museo; cuando llegó le dijeron que no había plata, que la guerra, que el enemigo, que esperara: un clásico. Esperó, fue médico, desesperó, se fue: subió unos mil kilómetros salvajes para instalarse en el noreste del país, frontera con Paraguay, una región húmeda, verde y caliente donde jamás le faltaría flora que observar.

Bonpland, tropical, se puso a estudiar y cultivar la yerba mate, la riqueza local desde que, dos siglos antes, los jesuitas empezaron a cultivarla y exportarla. Pero Paraguay tenía un autodenominado Dictador Supremo, don José Gaspar Rodríguez de Francia, que no toleraría que cualquier extranjero le birlase su tesoro. La yerba mate debía ser patrimonio paraguayo y ese franchute sería castigado por su osadía prometeica.

“Yo no podía permitir que la yerba se preparara en ese lugar, lo cual dañaría el comercio paraguayo, así que me vi en la necesidad de enviar mis tropas”, contaría el dictador. Una noche, 400 soldados invadieron la plantación, la destruyeron, mataron a la mayoría de sus trabajadores y se llevaron al francés. Allí, del otro lado del río Paraná, había un pueblo infecto llamado Santa María. Allí le ordenaron quedarse, confinado —por el delito atroz de haber plantado yerba mate.

Y allí se quedó. El mártir del mate era famoso; poderosos y célebres del mundo pidieron su libertad; su Gobierno mandó enviados y ultimatums; Humboldt y San Martín clamaron a diestra y siniestra; su viejo amigo Simón Bolívar amenazó incluso con invadir Paraguay si su dictador no lo soltaba, pero nada. Aimé Bonpland se armó una vida confinada: lo dejaban salir a los alrededores de la aldea, mirar plantas y animales, estudiar —y le alcanzaba.

Aimé o Amado o Amadeo Bonpland se pasó 10 años en ese pueblito paraguayo. Su esposa, Adeline, so pretexto de buscarlo, recorrió América como antes él, y fue la primera mujer en cruzar el cabo de Hornos. Él, mientras tanto, descubrió plantas, escribió, bebió ríos de mate, tuvo novias locales, se reprodujo incluso. Extrañaba su mundo; a veces le dejaban escribir una carta, recibir alguna. En esos 10 años Bonpland supo tan poco de los suyos; cuando por fin lo dejaron salir ya no supo volver. Tras unos meses en Francia se instaló de nuevo en Corrientes, del lado argentino del río Paraná, y allí se casó con la hija de un cacique guaraní y se pasó el resto de su vida; allí murió, a los 84 años. Así terminan, a veces, los confinamientos.

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