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La belleza también está en los datos

Espejos que maquillan según la forma del rostro y aplicaciones que diagnostican el estado de la piel. La industria cosmética apuesta por los algoritmos de la inteligencia artificial

La belleza también está en los datos

Espejos que maquillan según la forma del rostro y aplicaciones que diagnostican el estado de la piel. La industria cosmética apuesta por los algoritmos de la inteligencia artificial.

Durante la pasadaedición del Consumer Electronics Show (CES) de Las Vegas, la incubadora tecnológica de L’Oréal presentaba Perso, un dispositivo capaz de ofrecer soluciones cosméticas —cremas, sérums, ampo­llas…— a medida y al momento. Y eso es solo el principio: pronto tendrá la capacidad de crear también labiales y bases de maquillaje a gusto de los usuarios. Todavía faltan meses para que llegue a las tiendas, pero de Perso ya se dice que es todo lo que el negocio de la cosmética estaba esperando de la inteligencia artificial (IA): un sistema que evalúa el estado de la piel, permitiendo adaptar las fórmulas de las cremas en función de los resultados que vamos obteniendo. Juniper Research, una de las mayores consultoras de mercado experta en tecnología, lo anunciaba en su último estudio al respecto: para 2022, gastaremos 6.600 millones de euros en productos desarrollados con inteligencia artificial, cosméticos incluidos.

El ansia parece tal que hay quien no puede esperar: Shiseido acaba de lanzar en Japón su primera línea IA, Optune, un kit de belleza compuesto por una máquina con cinco cartuchos (Optune Shot) que pueden formular hasta un millar de mezclas diferentes a partir de sus ingredientes y una aplicación para dispositivos móviles que informa de cuál es la mejor opción para la dermis según el día si se le ha proporcionado la información necesaria (fotografía de la piel, horas de sueño, humedad ambiental, niveles de polen y contaminación del aire…). Con los datos hemos topado.

De izquierda a derecha, ampollas Proteoglycan F+F, para recuperar la firmeza de la piel; Vitamin C+ y ampollas calmantes Bicalm+. Todas de la firma española Babé, desarrolladas con ayuda de la inteligencia artificial.
De izquierda a derecha, ampollas Proteoglycan F+F, para recuperar la firmeza de la piel; Vitamin C+ y ampollas calmantes Bicalm+. Todas de la firma española Babé, desarrolladas con ayuda de la inteligencia artificial.

“El análisis de datos lleva tiempo presente en el sector cosmético, sobre todo por lo que se refiere a la formulación —mejorar cremas hidratantes o antiarrugas— y venta. Sin embargo, el auge de habilitadores como big data ha permitido un aumento de la demanda en soluciones de IA en los últimos cinco años”, explica Raúl Hussein Galindo, ingeniero informático de ITI, empresa valenciana especialista en desarrollar proyectos de I+D+i y ofrecer servicios de asesoramiento, formación e información tecnológica. La pregunta a continuación solo puede ser una: ¿Y qué es lo que se demanda? “Artículos cada vez más saludables, que vayan dirigidos a un grupo racial con necesidades concretas…”, responde el experto. “En los últimos cuatro meses, he visitado ya cinco grandes empresas que querían saber cómo reducir tiempo con IA para rediseñar sus productos, de manera que sean más respetuosos con el medio ambiente y respondan a los niveles de exigencia actuales del consumidor”.

“En 2022 se gastarán 6.600 millones de euros en productos desarrollados con inteligencia artificial, cosméticos incluidos”

Pese a la velocidad de respuesta que procuran, la IA y la minería de datos tardan en realidad en dar sus frutos. Lo corrobora Aurelio Tornero Feliciano, ingeniero industrial y director general de fábrica de RNB, laboratorio cosmético ubicado igualmente en Valencia. Fundado en 1994 por los farmacéuticos Vicente Ruiz y Romualdo Bertomeu, pioneros de la belleza low cost con la línea de anticelulíticos Deliplus, hoy es un gigante que factura casi 92 millones de euros anuales y llena las secciones de perfumería de cadenas de hipermercados británicas e israelíes. En España, Mercadona es la principal valedora de sus muy ensalzados —­por calidad y precio— tratamientos faciales y corporales.

“Lo que hemos hecho con la IA es centrarnos en los ingredientes para ver cuáles de ellos tenían más sinergias y cómo podíamos caracterizarlos mediante programas compu­tacionales. Una vez que tuvimos el método a punto, empezamos a aplicar los resultados lo mismo en productos que ya estaban en el mercado como en los que teníamos en desarrollo”, cuenta Tornero Feliciano. RNB también es la empresa detrás de Laboratorios Babé, centrada en la producción y venta de dermocosmética en farmacia que pronto lanzará una línea antiedad íntegramente desarrollada con IA.

“Se demandan artículos cada vez más saludables o dirigidos a un grupo racial con necesidades concretas…”

Tornero asegura que trabajar con datos ya es una rutina: “La explotación se realiza mediante técnicas estadísticas avanzadas. Tras extraer la información de nuestros productos, cruzamos datos de ventas con las composiciones de las fórmulas y las características de los químicos utilizados. Un camino que ahora parece claro, aunque en el pasado nos costó darnos cuenta de las inmensas posibilidades que nos deparaba. Así hemos encontrando soluciones a problemas que, a veces, ni siquiera sabíamos que existían”. Y el ingeniero remata a continuación: “Son estas las técnicas que nos han permitido una sustancial mejora en los índices de calidad de las formulaciones de nuestros cosméticos desde el punto de vista de la experiencia del usuario”.

El resultado: cremas más eficientes, texturas más agradables, fragancias más atractivas… Productos mejorados a partir de los gustos y necesidades de cada cual.

Las experiencias, de momento, se centran especialmente en asistentes de belleza digitales, como el sistema ModiFace de L’Oréal. El gigante cosmético adquirió en 2018 la empresa canadiense de IA y realidad aumentada que da nombre a esta aplicación, que permite probar maquillajes de manera virtual y se despacha vía Amazon para Estados Unidos y Japón. También empiezan a hacerse populares los Magic Mirror —probador de los labiales de Bourjois— y Let’s Get Ready de Coty, este último en alianza con Amazon y su Echo Show, desde el que Alexa, su asistente de voz, ofrece consejos, rutinas, tutoriales y recomendaciones.

Además, el rastro de cosmética inteligente puede seguirse en las cada vez más utilizadas aplicaciones y servicios online como Skin Advisor de Olay, ClinicalReality de Clinique o My Beauty Matches. Basta con hacerse un selfi, subirlo y dejar que el algoritmo de turno haga el resto. “La suma de herramientas como el big data y la IA ayudan a prever los comportamientos de consumo, que están a merced de factores socioeconómicos, culturales o modas. ¿Qué ha cambiado? Que antes se trabajaba con muestras, de poblaciones o de consumidores, y ahora hemos ampliado el ámbito de actuación: podemos medir impacto en redes sociales, segmentar al comprador, dirigirnos a él o ella personalmente, motivarles para que participen mediante herramientas [apps]… Por fin hay una interacción, una conversación directa entre el cliente potencial y la marca”, expone Hussein Galindo.

Hay una sombra, y no precisamente de ojos, que empaña esta euforia alrededor de la belleza inteligente. La cuestión de la privacidad, claro. Es oír hablar de big data y empezar a sospechar de mercadeo de información personal e invasión de la intimidad. “La disrupción llegará con el genuino diálogo entre las marcas y los consumidores”, concluye el ingeniero informático. “Debemos seguir madurando en la línea del impacto de este tipo de solución, porque ahora todo el mundo está muy sensible… ¿No me estará grabando ese espejo que me maquilla, con todas esas cámaras de reconocimiento facial integradas? Hasta que no maduremos como sociedad digital, no podrá venir el cambio”.

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