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Columna

Prótesis mentales

Soe Zeya Tun Reuters

LO QUE NOS LLAMÓ la atención de esta fotografía fue la mano y la operación que nuestro cerebro hizo con ella al atribuírsela de inmediato, sin género de dudas, a Shinzo Abe, el retratado, primer ministro de Japón. Podría ser de él, claro, pero podría pertenecer también a otra persona que fuera agachada en el automóvil, por ejemplo. A lo mejor este primer ministro es manco y lleva disimulándolo toda la vida con trucos de tal naturaleza. Ocurre lo mismo cuando vemos asomar la cabeza y la cola de un gato por el lado izquierdo y el derecho, respectivamente, del tronco de un árbol: que damos por supuesto que pertenecen al mismo animal. Reconstruimos, en fin, el cuerpo dividido. El cerebro tiene horror vacui: rellena un hueco allá donde aparece, de forma que si alguien nos atiende detrás de un mostrador le suponemos las piernas, aunque en ese caso no las tenga. Los magos viven de este tipo de artificios mentales.

Donde percibimos una ausencia, colocamos una prótesis. Le ocurre, por ejemplo, al que le ha tocado un padre muy intolerante: que se construye un padre ortopédico demasiado flexible. O al revés. Si las ortopedias emocionales resultaran tan visibles como las físicas, nos asombraríamos de la cantidad de ellas que fabrican nuestras almas. La imagen de esa mano enmarcada por la ventanilla del coche, con todos sus dedos a la vista y con la eme de Muerte obscenamente dibujada en la palma desnuda, es sencillamente estremecedora. Provoca un desconcierto semejante al que implica, para una mirada occidental, descubrir en un automóvil oficial los visillos de tu dormitorio.

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