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Europeísmo

España ha mantenido su lealtad a la construcción de Europa. Pero es una frivolidad pensar que todo está hecho

Una maestra de enseñanza primaria imparte una clase sobre la entrada de España en la entonces Comunidad Económica Europea (CEE) en 1985.
Una maestra de enseñanza primaria imparte una clase sobre la entrada de España en la entonces Comunidad Económica Europea (CEE) en 1985. EFE

Comenzaba el siglo XX y se fue forjando entre la gente nueva, la que había escuchado a Joaquín Costa bramar por la europeización de España, la idea de Europa como un compendio de todo lo que, por su ausencia, había sido causa del desastre de España: ciencia y moral de Alemania, libertad y democracia de Francia, educación y self-government de Inglaterra. De ahí la perplejidad y desolación perceptible en los miembros de esa generación cuando las tierras de Europa se siembran de trincheras en las que solo la muerte espera a aquellos cientos de miles de jóvenes que, obedientes a la llamada de sus respectivas naciones, van cantando a la guerra. 

En España, que permaneció neutral a la fuerza, se extendió lo que Manuel Azaña definió como un “ambiente de guerra civil, salvo los tiros”. Se producían riñas a muerte, entre familiares y amigos de toda la vida, escribirá Josep Maria de Sagarra recordando aquella Barcelona en la que se tachaba de “indeseable a un señor porque se manifestaba francófilo, o se le marcaba de caníbal si opinaba lo contrario”. El europeísmo se partió en dos: de un lado, los germanófilos: curas, militares, aristócratas, mauristas y jaimistas; del otro, los aliadófilos: republicanos, oradores, periodistas y artistas, según la clasificación de Pío Baroja. La Gran Guerra había provocado una escisión profunda en la política española: izquierdas y derechas combatiendo en una guerra civil de palabras con Europa al fondo.

Una escisión llamada a resurgir dos décadas después en la Guerra Civil esta vez con tiros. Es obvia la línea de continuidad entre los germanófilos de los años diez y los militaristas, carlistas, católicos y fascistas de los años treinta, como lo es entre los aliadófilos y los republicanos y socialistas. Fue la rápida intervención de la Alemania nazi y la Italia fascista la que transformó la Guerra Civil en guerra de alcance internacional, con los aliadófilos abandonados a su suerte por las potencias democráticas, Francia y Gran Bretaña, impasibles en su política de “no intervención”, una farsa que permitió a nazis y fascistas hacer lo que bien quisieron en tierras de España.

 Luego, el fin de la Segunda Guerra Mundial, con el cambio de hegemonía en el bloque occidental, convirtió a quienes habían sido germanófilos en fervientes atlantistas, situando a España como peón de la República imperial americana en la nueva Guerra Fría, mientras los antiguos aliadófilos veían evaporarse todas las esperanzas depositadas en una rápida evicción del dictador por las democracias vencedoras: España no entraría como socio en la construcción de la nueva Europa, cierto; pero Europa no movería un dedo por desplazar del poder al general Franco. Los tecnócratas encontrarán la cuadratura del círculo bajo el lema españolización en los fines, europeización en los medios: los planes de desarrollo permitieron pingües negocios a nuestros vecinos europeos, que ya no harán ascos a los tratos con el dictador.

¿Cómo fue posible, en tales circunstancias, que surgiera entre las gentes de la nueva generación, la que no había hecho la Guerra Civil, un renovado impulso europeísta? Muy sencillo: el desarrollo económico se sostuvo en un ingente movimiento de emigración que afectó no solo a la nueva clase obrera, sino a los jóvenes de clase media que salieron a respirar otros aires en la nueva Europa en construcción. Comenzando por el coloquio de Múnich en 1962, ser mañana como eran hoy los europeos se convirtió en ingrediente fundamental de todos los planes discutidos y elaborados para el “después de Franco, ¿qué?”. La respuesta a esa pregunta fue como un eco del viejo sueño de la generación del 14: después de Franco, Europa, sinónimo de cultura, libertad y democracia. Y a Europa llegamos, más como un logro que como un regalo.

Con los vaivenes impuestos por la política del Partido Popular y su delirante alianza de las Azores, España ha mantenido hasta hoy su lealtad a la construcción de Europa. Pero es una frivolidad pensar que todo está hecho, que el europeísmo se reduce a una ingenua esperanza del pasado y que los nuevos nacionalismos no entrañan una amenaza real para el futuro de Europa. Los nacionalismos, imperiales primero, y fascistas después, han destruido Europa por las armas en dos guerras totales, devastadoras, y nada garantiza que no puedan volver a destruirla, esta vez sin recurso a las armas, en una tercera ocasión. La lección del Brexit, con la ceguera e idiotez que las pulsiones nacionalistas han provocado en el conjunto de la clase política inglesa, no debía caer en saco roto.

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