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Medio sueldo por cinco velas, así se vive sin luz en Caracas

Una mujer de Caracas sostiene una lámpara de queroseno durante el apagón del 9 de marzo.
Una mujer de Caracas sostiene una lámpara de queroseno durante el apagón del 9 de marzo. Afp/Getty

No hay luz ni esperanza en Caracas, donde los repetidos apagones tiñen de drama la vida diaria de la gente

CRISTINA ESPERA mi llamada a las 17.45, hora de Venezuela. El tiempo que demora en teclear ­basta para que la conversación se vaya al traste. Por tercera vez en lo que va de semana, la luz se ha ido. Yo vivo en Madrid, ella en ­Caracas, pero entre ambas se despliega una noche que los venezolanos comienzan a saberse de memoria. El poeta Vicente Gerbasi la cinceló con sus versos. “Venimos de la noche y hacia la noche vamos”.

No volveré a saber de Cristina, la bióloga, en dos días. Sin energía eléctrica el servicio telefónico desa­parece, también la conexión a Internet y el suministro de agua. La gente deambula por las calles con botellas vacías buscando donde llenarlas. En una ciudad apagada, los hombres y las mujeres se asoman a los balcones y gritan en la oscuridad. Lo hacen sin propósito ni esperanza. Lo hacen porque están exhaustos y hambrientos.

Hace unas semanas colapsó la central hidroeléctrica del Guri, que surte de energía a los venezolanos desde los setenta, aquellos años de riqueza y petróleo del siglo XX. La falta de inversión para mantener una represa ubicada en el río Caroní hizo con aquel embalse lo que el tiempo con las obras públicas de la democracia: horadarlo, carcomerlo, pudrirlo.
El 7 de marzo, el país entero se quedó a oscuras. Transcurrieron tres días, con sus tres noches. Más de un centenar de enfermos murió en los hospitales. La vida se licuó en el silencio de las máquinas apagadas. La comida, que es escasa y quintuplica el valor de un sueldo medio, se descompuso. Cada puesta de sol se convirtió en un plazo incumplido. Hoy la luz no vendrá.
Supe que Jaqueline, la escritora, leyó con una vela mientras pensaba en su padre francés. Que Nelly, la abogada, comió la primera de las seis latas de atún con las que se alimentó durante tres días y que Rafael, el químico, miró la ciudad en tinieblas desde el piso doce de una torre de apartamentos. A lo lejos sonaban disparos y los ecos de quienes nada tienen, ni siquiera el derecho a una explicación.

El servicio eléctrico se restableció, pero no por completo. Desde entonces, funciona de forma intermitente. Las velas comenzaron a venderse a precio de oro. Un paquete de cinco vale 9.000 bolívares y el salario mínimo equivale al doble. Hay que destinar medio sueldo para conseguirlas. No duran demasiado, una noche cada una. ¿Baterías? Hay pocas y cuestan un ojo de la cara. Por eso Cristina enciende poco su linterna. Eso dijo cuando pudimos, al fin, hablar.
Dispongo de una tarde, no más. La luz puede irse en cualquier momento. Hago diez llamadas que parecen brazadas. La diferencia horaria me lleva de mi noche a la suya, una que todo lo tritura. En Venezuela faltan la luz, el agua, los medicamentos, la comida, la paz, la razón. Hay hambre y sed. El que proteste irá preso, recibirá un disparo en la ventana de su casa o en la nuca. Depende del lado de la ciudad, la penumbra castiga con más fuerza. En las barriadas populares los colectivos afectos al régimen harán diana en el más débil. Solo dispongo de diez llamadas a los habitantes de un país en el que todos gritan al vacío… aúllan en la oscuridad.