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IDEAS COLUMNA i

Una mente peligrosa

Una vez fallecido Leo Strauss, su obra se convirtió en la clave para entender los conflictos planetarios

En primera fila, de izquierda a derecha, varios miembros neoconservadores del gabinete de George W. Bush Tom Ridge, Tommy Thompson, Paul Wolfowitz, Don Rumsfeld, Gail Norton, la esposa de Runsfeld y Mike Levitt. rn
En primera fila, de izquierda a derecha, varios miembros neoconservadores del gabinete de George W. Bush Tom Ridge, Tommy Thompson, Paul Wolfowitz, Don Rumsfeld, Gail Norton, la esposa de Runsfeld y Mike Levitt. Getty

Leer puede ser muy peligroso. Depende de a quién se lea y cómo se lea. Un ejemplo: el vértigo resultante de leer a Leo Strauss de la forma en que el propio Strauss recomienda leer. Este hombre nacido en Alemania (1899) y muerto en Estados Unidos (1973), judío, fugitivo de los nazis, de aspecto discreto y carácter afable, fue tal vez la mente más subversiva y oscura del siglo XX. Apenas tuvo resonancia pública durante los 20 años que dedicó a enseñar filosofía política en la Universidad de Chicago (1948-1968): ningún gran medio le entrevistó, nunca su nombre fue mencionado en The New York Times.

Una vez fallecido se transformó en un fenómeno. Su obra pareció convertirse en la clave de los conflictos planetarios. Se le acusó de haber patrocinado el “imperialismo democrático” que marcó las presidencias de Ronald Reagan y George W. Bush a través de una secta de antiguos alumnos, los neoconservadores (Wolfowitz, Perle, etcétera). Se le atribuyó una fobia profunda hacia todo lo moderno. En 2004, un célebre documental de la BBC, El poder de las pesadillas: el auge de la política del miedo, estableció paralelismos entre Strauss y su contemporáneo egipcio Sayyid Qutb, uno de los fundadores de los Hermanos Musulmanes y el principal teórico del islamismo radical. Aquel profesor casi desconocido fue culpado de la invasión de Irak, del choque de civilizaciones, del aprovechamiento político del terrorismo y hasta del elitismo y de los excesos capitalistas.

Es cierto que su obra atemoriza. Primero, por su densidad casi críptica. Segundo, por sus contradicciones. Tercero, porque cuestiona el culto al progreso y la razón: Strauss no olvidó que la Razón fue incapaz de plantear alguna objeción consistente al nazismo. Cuarto, por su afirmación de que Roma y Jerusalén (o la razón y la revelación) eran igualmente válidas y esencialmente incompatibles. Y, sobre todo, por sus enseñanzas sobre la escritura exotérica y esotérica.

Según él, el filósofo se protege del poder ocultando de forma consciente parte de su pensamiento: eso es la escritura esotérica, la que obliga a leer entre líneas y a comprender por igual lo que se explicita y lo que se omite. Cuando uno se enfrenta a un texto de Strauss permanece con la duda de si el párrafo es exotérico (diáfano), esotérico (encriptado) o una simple tomadura de pelo.

¿Por qué debe protegerse el filósofo? Porque posee una verdad destructiva. Strauss, especialista supremo en Platón, Maimónides y Heidegger, amigo de Alexandre Kojève (el filósofo-planificador del Mercado Común Europeo), enemigo declarado del historicismo (según el cual las ideas están determinadas por el contexto en que se formulan y son, por tanto, siempre relativas), convencido de que la ciencia y la razón no conducen necesariamente a resultados positivos, creía (creo yo) secretamente que ningún régimen político se apoya en una legitimidad irrefutable; que los conceptos de justicia e injusticia son casi intercambiables; que el destino humano es la insatisfacción.

De ahí su fe en la democracia liberal. Le parecía el sistema más capaz de encajar las contradicciones y la incertidumbre. Y de ahí que propusiera la necesidad de que las democracias liberales fueran fuertes, agresivas y hasta cierto punto imperialistas: porque, para un conservador como él, constituían el único dique contra los demás sistemas, basados, todos, siempre, en alguna Verdad absoluta.

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