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Amor y guerra

Está visto que una pareja enamorada puede destruir el planeta

Lynne Cheney en Washington en 1980.
Lynne Cheney en Washington en 1980. Liaison

Lynne, la esposa de Dick Cheney, tenía agallas. Si hubiera nacido 20 años después habría estado sentada en el Congreso o en el Senado. Eso afirma Adam McKay, el director de la asombrosa El vicio del poder, o, mejor aún, Vice, que juega con el título de vicepresidente y el pecado que impulsó a Cheney durante toda su vida. Porque el poder deviene en vicio para la mayoría de quienes lo ostentan, una adicción de la que solo unos pocos logran desengancharse. Durante uno de los muchos infartos que sufrió el imbatible Cheney, Lynne se arremangó y sustituyó a su marido en algunos mítines de su Estado, Wyoming. Estaba en su derecho, en gran medida el futuro vicepresidente había sido una invención suya a partir del momento en que le amenazó con abandonarle si no dejaba su vida gamberra. Le instó a tener ambición. Él se reformó por ella, y ella inspiró su carrera política. En realidad, debiéramos entender la película como una historia de amor, aunque ese amor, finalmente, haya contribuido en gran parte a desequilibrar el estado del mundo. Está visto que una pareja enamorada puede destruir el planeta.

En la campaña de 1978, Lynne subía al estrado ante un grupo de mineros no imitando las palabras que hubiera pronunciado su marido sino expresando las suyas propias: “En California, las mujeres queman los sujetadores; nosotras, nos los ponemos”. Condensaba en una sola frase, de manera intuitiva y admirable, la guerra moral de la derecha. Nosotras nos los ponemos. De las otras guerras, las que consisten en destruir países ignorando el balance de pérdidas humanas, ya se encargaba su marido.

Es temible la desmemoria. Lo percibes en estas dos horas de narración visual. Si el documental se nutre hoy en día de los mecanismos de la ficción para atraparnos, esta película se sirve de documentos reales para acercarnos a un personaje que desde los años sesenta habitaba en las aguas profundas de Washington. Hay que ser imaginativo para sentirse inspirado por un tipo tan poco atractivo como Cheney, hay que ser valiente para asumir el riesgo. Todo lo que aparece en pantalla ya estaba dicho, pero ¿quién se atreve a convertir ese material en película?

La vida política de Cheney, como señala McKay, podía haber terminado en 1993, replegando velas tras la victoria de Clinton. Su trayectoria no hubiera sido tan decisiva para nuestro presente, pero quiso el destino situarlo a la sombra de George W. Bush, en una vicepresidencia que concentró un poder insólito, asumiendo decisiones trascendentales, como la invasión de Irak con el fiasco de las célebres armas de destrucción masiva. Creo que la ingenuidad de muchos americanos ha residido en creer que los poderes del Estado pueden frenar las locas decisiones de un presidente. Si algo muestra esta película, de manera sorprendentemente radical, es cómo un presidente, o el vicepresidente, puede arreglárselas para esquivar los controles dispuestos en una democracia para que el que manda no actúe por su cuenta. Eso es lo que da miedo, la comprobación de que con trucos legales una democracia puede perder su esencia.

Christian Bale no es un actor, es Cheney redivivo. Amy Adams no es una actriz, es Lynne, un ama de clase media americana que inyecta a su marido el nivel necesario de ambición para controlar el mundo en la sombra. Ideóloga y guerrero, una mezcla insuperable. Cuando salimos del cine, pensé si Aznar habría visto la película. Pero el pasado fin de semana estaba en el Congreso del PP, vitoreado. Sin complejo alguno. Y sin remordimiento.

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