Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

¿Fin de la democracia como equilibrio?

Es muy posible que nuestras democracias no acaben colapsando por completo, pero ese no es un gran consuelo

Cientos de personas se han manifestado este martes en contra del presidente electo Jair Bolsonaro, en Río de Janeiro (Brasil).
Cientos de personas se han manifestado este martes en contra del presidente electo Jair Bolsonaro, en Río de Janeiro (Brasil). Marcelo Sayão (EFE)

En su último libro (Why Bother with Elections?), el politólogo Adam Przeworski recuerda que el principal logro de la democracia electoral no es la satisfacción permanente de nuestros deseos o la consecución de la igualdad económica, sino el de ser un mecanismo ingenioso y pacífico para procesar los conflictos que inevitablemente existen en todas las sociedades. El genio de la democracia consiste en que no hay ni ganadores ni perdedores permanentes: los derrotados hoy toleran que otros impongan sus políticas preferidas porque confían en que en algún momento ellos podrán imponer las suyas. Y, a su vez, los ganadores se abstienen de subvertir las reglas básicas de la democracia (en esencia, que las elecciones sean libres y competidas) porque confían en que cuando pierdan las elecciones podrán ejercer de oposición y volver a conquistar el poder. Así entendida, la democracia es un virtuoso equilibrio.

Más información
EDITORIAL | Ante Bolsonaro
Asaltar la realidad

Ahora vemos que ese equilibrio es quizá más precario de lo que pensábamos. Y es que la aceptación de las reglas del juego por ganadores y perdedores depende de una serie de condiciones. Primero, que el coste de una resolución no pacífica de los conflictos sea muy alto para todos. Eso seguramente explica por qué la democracia resiste mejor en los países ricos que en los pobres. Segundo, que los conflictos de intereses no sean demasiado agudos. Si las políticas preferidas por los ganadores están en las antípodas de las de los perdedores, las derrotas, aunque sean temporales, serán difíciles de tolerar. Por eso, las sociedades muy desiguales conviven mal con la democracia. Y tercero, los conflictos tienen que ser articulados por organizaciones políticas con capacidad de pensar en el largo plazo y de convencer a sus miembros de la necesidad de aceptar derrotas transitorias.

Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.
Suscríbete aquí

Mi sensación es que las transformaciones económicas y políticas recientes están haciendo más difícil que se den las dos últimas condiciones. La consecuencia es que la estabilidad de nuestros sistemas políticos descansa cada vez más en el que los costes de la confrontación abierta siguen siendo demasiado grandes. Es muy posible que gracias a ello nuestras democracias no acaben colapsando por completo, pero ese no es un gran consuelo. Si se vuelven incapaces de canalizar políticamente los conflictos, se transformarán en regímenes muy diferentes a los que hemos conocido.@jfalbertos

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS