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Cuestiones diplomáticas

Cuando nuestros dirigentes hacen abyectas reverencias a los sátrapas saudíes, lo hacen en nuestro nombre

El periodista saudí Jamal Kashoggi llega al consulado saudí de Estambul el 2 de octubre. En vídeo, Arabia Saudí reconoce la muerte de Khashoggi.

El 11 de septiembre de 2001, varios súbditos saudíes, dirigidos por el saudí Osama Bin Laden, perpetraron un devastador ataque terrorista contra Estados Unidos. La respuesta de Washington consistió en invadir Afganistán, el país que alojaba a Al Qaeda, e Irak, que no tenía nada que ver. Si alguien quiere comprender la diplomacia, esa fue una excelente lección práctica. Nunca se pensó en presionar a Arabia Saudí. Todo lo contrario. Se aplicó, con la excusa de los atentados, un plan (absurdo) que llevaba años desarrollándose para favorecer las ambiciones de Riad y Tel Aviv, los grandes aliados en la región. La diplomacia no atiende a hechos. Atiende a intereses.

Lo que llamamos política internacional consiste en la proyección de los intereses locales. Tip ­O’Neill, un hábil parlamentario de Boston, solía decir que la única política realmente existente es la que se realiza dentro de una circunscripción electoral o, en los muy numerosos regímenes dictatoriales, dentro de una esfera de poder. Todo empieza y acaba ahí. Lo demás es farsa, cinismo y violencia.

Según informaciones turcas, un médico saudí llamado Salah Mohammed Tubaiqi practicó una autopsia en vivo al periodista saudí Jamal ­Khashoggi. Lo hizo en el consulado de su país en Estambul, mientras escuchaba música. Seguramente se puso una bata porque la diplomacia mancha. Del eslabón final de la cadena diplomática cuelga casi siempre un cadáver despedazado: en una mina de coltán congoleña, en una calle de Yemen o Siria o en una sede consular.

Por supuesto, los diplomáticos son gente respetable. Como los periodistas o los policías, desempeñan un trabajo ingrato que alguien tiene que hacer. Igual que a los periodistas y a los policías, el empleo les convierte en lúcidos o cínicos. A veces ambas cosas.

El régimen saudí consiste en una repugnante mezcla de riqueza petrolera, brutalidad sin límites y miseria moral. Eso lo sabemos desde siempre. Es el régimen que secuestra a un primer ministro de Líbano sin que nadie mueva una ceja, que bombardea Yemen de forma salvaje, que difunde por el mundo una versión del islam absolutamente cerril y que considera el colmo de la liberalidad permitir que algunas mujeres saudíes conduzcan automóviles.

La tortura y asesinato (aún presuntos) del periodista Khashoggi han suscitado la habitual indignación de las opiniones públicas occidentales. A unos cuantos diplomáticos y a unos cuantos políticos les corresponde ahora salir a la pista y acometer una torpe danza ritual, en la que invocarán los derechos humanos mientras guiñan el ojo al aliado saudí. Cancelarán encuentros pero mantendrán los contratos. ¿Hipocresía? No. Salvo que consideremos hipócritas a los trabajadores del astillero Navantia, para quienes resulta mucho más importante construir las cinco corbetas destinadas a las guerras saudíes (son siete millones de horas de trabajo, caramba) que todos esos barullos y crímenes de allá lejos. Salvo que aceptemos una gasolina más cara y escasa. Salvo que asumamos que cuando nuestros dirigentes hacen abyectas reverencias a los sátrapas saudíes, lo hacen en nombre de sus intereses personales y de los nuestros. Que son mezquinos, pero nuestros.

Ojalá tuviéramos otros. No es el caso.

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