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Columna
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De símbolos y emociones

Las dificultades empiezan con el culto a la bandera, transformada en algo superior a la sociedad

Un hombre celebra la boda de Eugenia de York y Jack Brooksbank en los alrededores del palacio de Windsor.
Un hombre celebra la boda de Eugenia de York y Jack Brooksbank en los alrededores del palacio de Windsor.Chris Jackson (Getty Images )

Osvaldo Soriano (1943-1997) sabía tomarle el pulso a la Argentina popular. Uno lee y relee a aquel periodista peleón y futbolero, denostado por los culteranos de la época, y no deja de asombrarse. No hay mejor parábola sobre la crisis recurrente del país que Una sombra ya pronto serás, relato surrealista sobre los tumbos de un ingeniero anónimo por las carreteras desiertas. Ni hay mejor sátira sobre el peronismo que la que Soriano, peronista, destiló en No habrá más penas. En 1972, Juan Domingo Perón retornó a Buenos Aires tras casi dos décadas de exilio y puso en marcha una cruenta depuración entre sus fieles. El peronismo ortodoxo, de derechas, alimentó la Triple A y se dedicó a exterminar montoneros, peronistas revolucionarios. La novela plasma la paradoja con el enfrentamiento en un pueblo perdido de dos bandos que se masacran mutuamente al grito de “viva Perón”. La matanza de los setenta no tuvo grandes consecuencias a largo plazo: el peronismo de izquierdas decidió que Perón no tenía ni idea de peronismo y siguió con lo suyo.Los elementos aglutinadores de carácter emotivo (el peronismo es, al margen de otras cosas, un fenómeno sentimental) entrañan peligro.

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Conviene, por ejemplo, manejar con cuidado las banderas. No me refiero a la situación en que dos bandos, enarbolando banderas distintas, riñen en nombre de verdades presuntamente indiscutibles. Me refiero más bien a la bandera, una sola, como instrumento para inventar unanimidades. En Cataluña, España o Tayikistán.

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¿La bandera representa a una comunidad basada en ciertos valores? Por supuesto, ningún problema. Las dificultades empiezan con el culto a la bandera, transformada en algo superior a la sociedad. Hay quien admira el respeto de los estadounidenses por las barras y las estrellas, olvidando que muchas veces han sido el emblema de la división: sin ir muy lejos, durante la guerra de Vietnam o la guerra de Irak, cuando mantener ciertas opiniones suscitaba aquella simpática respuesta por parte de personas envueltas en la bandera: “Si no te gusta tu país, lárgate”. Es decir, olvida la idea de cambiarlo.

Quien se apropia del emblema cree apropiarse de la razón. Francia aún está pagando los banderazos de Charles de Gaulle, que disfrazó con la tricolor la derrota en la Segunda Guerra Mundial y luego el desastre de la guerra colonial argelina: el rojo, blanco y azul surgidos de la revolución son hoy el recurso más eficaz de la ultraderecha y su idea (falsa) de la grandeur.

Solo conozco personalmente un país capaz de mantener un vínculo intenso y a la vez higiénico con su bandera. Hablo de Reino Unido, que no es una nación. Ayuda a los británicos el hecho de que sus selecciones futbolísticas no compitan bajo la Union Jack, sino bajo la Cruz de San Jorge, la de San Andrés y demás emblemas: preserva el símbolo común de las calenturas de estadio. Les ayuda también el humor, que, incluso en plena fiebre del Brexit, y en previas circunstancias mucho peores, se mantiene como valor esencial de la sociedad.Los españoles no somos británicos y nos hemos matado más de una vez al grito de “viva España”. Que viva. Y que nos deje vivir tranquilamente a nosotros.

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