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Las cuchilladas financieras entre Wolfgang Schäuble y Yanis Varoufakis

Las cuchilladas financieras entre Wolfgang Schäuble y Yanis Varoufakis

Lo suyo fue odio a primera vista. Uno, ministro de Finanzas alemán y guardián de la ortodoxia; el otro, jefe de la economía griega en el peor momento de su historia. Un conservador y un populista. Agua y aceite

CUENTA YANIS Varoufakis en su libro Adults in the Room. My Battle with the European and American Deep Establishment (Adultos en la sala. Mi batalla contra las oscuras clases dirigentes de Europa y EE UU) que su primer encuentro con Wolfgang Schäuble se produjo en el Ministerio de Finanzas alemán, en febrero de 2015, pocas semanas después de haber sido nombrado responsable de la economía de Grecia para lidiar con la mayor crisis a la que se ha enfrentado nunca la sociedad helena. En lo que fue la sede del Ministerio de Aviación en la época nazi, Schäuble esperaba a su homólogo griego al final de un largo pasillo, a la salida del ascensor, y cuando Varoufakis se aproximó a su altura y le extendió la mano a modo de saludo, Schäuble hizo un giro con su silla de ruedas y se dirigió a su despacho sin dispensarle ningún tipo de recibimiento. Sean o no exactos los recuerdos que relata el economista griego, la verdad es que la anécdota bien puede ser cierta a raíz de cómo se desarrollaron las cosas después.

Schäuble y Varufakis, tras un encuentro en Berlín en 2015.
Schäuble y Varufakis, tras un encuentro en Berlín en 2015. Reuters

En el despacho de Schäuble, aparentemente, el ambiente se relajó un poco mientras exponían sus posturas claramente enfrentadas sobre la deuda de Grecia, pero la compostura desapareció en cuanto empezó la rueda de prensa. “Hemos acordado que no estamos de acuerdo”, dijo Schäuble nada más empezar, a modo de broma pero con su habitual tono adusto. “Ni siquiera en eso coincidimos”, remató Varoufakis. Cada uno hizo una pequeña intervención antes de dar paso a las preguntas, y durante la suya, el ministro griego hizo una alusión al nazismo, anatema donde los haya para Berlín, y lo vinculó con la aparición de formaciones de extrema derecha en Grecia. “Necesitamos que nuestros amigos en este país permanezcan firmes en el proyecto europeo de la posguerra y no vuelvan a permitir una depresión al estilo de la de los años treinta que divida a las orgullosas naciones europeas”. Schäuble, que no daba crédito a lo que acababa de escuchar, contrajo su expresión aún más.

Que la relación entre un marxista, experto en la teoría de juegos, vestido con camisas estampadas y chaquetas de cuero negro, sin corbata, y un conservador alemán, antiguo inspector de Hacienda, con una larga trayectoria y pedigrí político, firme defensor de la austeridad, no iba a ser amistosa era fácil de prever, pero aquel comienzo lo complicó aún más. Varoufakis ya había dejado claro antes del encuentro que, pese a la difícil situación por la que atravesaba su país y el preeminente papel que su interlocutor podía jugar en la búsqueda de soluciones, no estaba dispuesto a rendir pleitesía a quien encarnaba entonces la disciplina fiscal que estaba ahogando a Grecia. Y para dejarlo claro, antes de aterrizar en Berlín, el titular griego ya había visitado Londres, París, Roma y el Banco Central Europeo en Fráncfort. Un gesto que no pasó inadvertido para Schäuble.

Estaba claro que eran polos opuestos, desde su apariencia física hasta la trayectoria que habían seguido sus vidas y sus posiciones políticas. La primera vez que el político alemán obtuvo un escaño en el Bundestag fue en 1972 y antes ya había desempeñado un notable papel en las juventudes de la Unión Cristiano Demócrata (CDU). A partir de ahí, desarrolló una larga carrera en el sector público, lo que contrasta con el fugaz y errático desempeño político de Varoufakis, matemático y economista de formación en universidades de Reino Unido, que fue elegido ministro de Finanzas en un Gobierno inicialmente de la izquierda radical, presidido por su amigo Alexis Tsipras, líder de Syriza, como respuesta de los votantes griegos a la austeridad impuesta desde la Unión Europea. En su compromiso político influyó sin duda su madre —alto cargo de la Administración helena con el Pasok de Andreas Papandreu—, pero se desarrolló por caminos insospechados en sus años universitarios, donde perteneció a la Sociedad Comunista, estuvo implicado en movimientos de apoyo al Congreso Nacional Africano, a la Organización para la Liberación Palestina y llegó incluso a ser secretario de la Alianza de Estudiantes Negros, algo poco común para un blanco pero que dice mucho de su carácter. Ese activismo político le llevó a abandonar Reino Unido, donde dio clases en distintas universidades, tras la tercera elección de Margaret Thatcher como primera ministra. Su destino fue Australia, cuya ciudadanía acabó adoptando y donde sigue viviendo su única hija. De vuelta a Atenas, Varoufakis se implicó en política como asesor del Gobierno de Yorgos Papandreu (de quien después se convirtió en un crítico feroz) y se casó con la artista Danae Stratou, perteneciente a una rica familia industrial griega, y con quien en plena crisis posó para una sesión de fotos para la revista Paris Match desde su ático con vistas al Partenón, entre copas de vino, y con quien se le puede ver habitualmente paseando en moto por Atenas. Una exhibición impensable en el caso del político alemán.

Varufakis y su esposa, la artista y heredera Danae Stratou.
Varufakis y su esposa, la artista y heredera Danae Stratou.

Schäuble, casado con la economista Ingeborg Schäuble, ha vivido toda su vida en Alemania, pero eso no implica un carácter acomodaticio. Pese a tener que desplazarse en silla de ruedas desde 1990, cuando siendo ministro del Interior un trastornado intentó asesinarle descerrajándole varios tiros al finalizar un mitin, el político alemán es uno de los habituales en las grandes citas económicas internacionales, pese al esfuerzo físico y el tesón que eso le exige en muchas ocasiones. Incluso en un entorno tan poco propicio para moverse en silla de ruedas como el Foro Económico Mundial, rodeado de nieve, controles de seguridad y con agendas interminables, el ministro alemán solo acude acompañado de asesores técnicos a la cita, sin ningún tipo de asistente personal. “Él se ocupa de todas sus cosas”, confesaba un miembro del personal de seguridad que lo acompañaba en uno de esos encuentros.

Ese dato no constaba en las notas que los asesores de Varoufakis le prepararon para aquel primer encuentro en el Bundesministerium der Finanzen. Entonces su equipo definió a Schäuble como un abogado de los pies a la cabeza, con escasos conocimientos técnicos en economía, enemigo de los mercados y que apuesta siempre por adoptar el papel del poli malo. “Como elementos positivos, es además un ardiente europeísta, cree en el destino de una Europa de estilo alemán y es alguien con quien se puede discutir”. Quienes le conocen aseguran que llega a ser tremendamente encantador y cercano sin abandonar, eso sí, su aura de autoridad. Lo que sí faltaba entre aquellas notas escritas en griego eran dos datos que el propio político alemán siempre incluye: su fe —protestante— y su estado civil y familiar —casado, cuatro hijos—. Dos detalles biográficos que aparecen en un lugar destacado en su currículo, y en el de sus colaboradores, y así constaba en la página web del Ministerio de Finanzas cuando él ocupaba la cartera y que ahora, presidente del Parlamento desde octubre de 2017, también están.

Eran polos opuestos, desde su apariencia física hasta la trayectoria que habían seguido sus vidas y sus posiciones políticas

Las creencias religiosas de Wolfgang Schäuble sobrepasan el ámbito privado. No solo por su afiliación, con 19 años, a las juventudes de la Unión Cristiano Demócrata (CDU), en 1961, el mismo año en que nacía Yanis Varoufakis en Atenas, sino por el impacto que sus convicciones han tenido en sus posiciones políticas y económicas. Schäuble es la viva encarnación de una corriente económica que surgió en Alemania en los años treinta y que ha marcado toda la política alemana desde el final del nazismo, por influencia de Fritz Rittner, el profesor que dirigió su tesis doctoral. Rittner era un firme defensor del ordoliberalismo, una especie de capitalismo social de mercado donde el Estado tiene un papel preponderante para fijar las reglas y garantizar la competencia, pero no para financiar proyectos o impulsar la actividad con dinero público. Eso explica la obsesión germana por la austeridad, el control de la inflación y la reducción de la deuda. Si a todo ello le sumamos el tamiz protestante, esos excesos deben ser, además, purgados y castigados y deben servir de ejemplo para los demás.

Schäuble, en una reunión del Gobierno en 2017.
Schäuble, en una reunión del Gobierno en 2017. Getty Images

De ahí la convicción de Schäuble de que Grecia debía abandonar, al menos temporalmente, el euro aunque con ello hubiera provocado casi con total seguridad el desmoronamiento de toda la unión monetaria. Lo denunció el propio Varoufakis poco después de presentar su dimisión, apenas cinco meses después de asumir el cargo, cuando su Gobierno ganó un referéndum en contra de un tercer rescate pero el primer ministro, Alexis Tsipras, optó por traicionar el resultado y aceptar las condiciones impuestas por la troika. Schäuble entonces lo desmintió, pero el que fuera secretario de Tesoro de EE UU, Timothy Geithner, aseguraba en sus memorias que esa era la idea que el ministro alemán le había trasladado en un encuentro en 2012 en la isla de Sylt. “El argumento era que dejar caer a Grecia haría más fácil construir una Europa más fuerte y con un cortafuegos más creíble”, resume Geithner en su libro.

Años después de abandonar el ministerio, Varoufakis ofreció una conferencia en Patras (la tercera ciudad más grande de Grecia) sobre un nuevo plan económico para Grecia. Y lo hizo vistiendo una camiseta que no pasó inadvertida para nadie. Bajo el dibujo —nada sutil— de un muñeco en silla de ruedas que estaba encima de otro muñeco, al que parecía haber atropellado, se podía leer “Es la economía, estúpido”. Pasados los años, la enemistad permanece. 

Fe de errores

En una primera versión de este texto se atribuyó erróneamente el posado de Varoufakis y su mujer a la revista Vanity Fair cuando en realidad se publicó en Paris Match en marzo de 2015.