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Multa por un piropo callejero

piropo santiago de chile
Protesta callejera contra la violencia de género por parte del colectivo Ni Una Menos Chile, en Santiago el pasado 11 de mayo. NurPhoto/Getty

Un halago de carácter sexual se convirtió en Santiago de Chile en la primera infracción de este tipo en el país.

SIGA COMIENDO ensalada para que siga conservando su linda figura”, le habría dicho un venezolano llamado Rodolfo (ni la prensa ni las autoridades chilenas quisieron revelar su apellido) a una mujer chilena (que también ha querido conservar su anonimato) en el distrito de Los Condes, al noreste de Santiago. Este consejo dietético motivó la primera infracción por piropo en la historia del país. La sanción (de entre 230 y 380 dólares, entre 197 y 325 euros) en medio de la ola feminista masiva y profunda que sacude al país fue recibida con una marejada de memes, donde se ridiculiza con humor que se sancione esa conducta.

De alguna forma esos memes constituyen en su conjunto una suerte de ceremonia fúnebre del piropo callejero. Recuerdan, como se suele hacer en los entierros, que el finado a pesar de todos sus defectos no carecía de algunas secretas virtudes. Una de ella es justamente el doble o triple sentido al que se ve obligado el piropero si quiere hacer sonreír a su víctima. Aconsejar seguir comiendo una ensalada a una extraña obligó al tal Rodolfo a una serie de operaciones mentales y verbales que lo hicieron moverse de la carne que deseaba a la verdura que recomendó al final. Ese ingenio no excusa el piropo de los pesados cargos que pesan sobre él: el piropo es efectivamente una intromisión no buscada en la libre circulación de las mujeres. Es también un juicio sin tribunal y sin defensa que recuerda que los ojos de los hombres vigilan los pasos de la mujer incluso cuando esta cree que camina libremente por la calle.

El piropo es sin duda un acto de violencia y de poder, pero ¿no es también todo eso el humor? ¿No hay en el chiste una carga ritual de violencia verbal, una forma de vigilar al poderoso, pero también al desposeído, de recordarle al otro su cojera, su ronquera, su tontera? ¿Es justo, es bueno, es necesario reírse del próximo?

Quizás lo único alarmante de las demandas feministas que sacuden las universidades de Chile y del mundo es equiparar la violencia física, la verbal y la simbólica. El humor no es humor si no contiene una dosis de violencia verbal y simbólica. ¿Eso hace al humor cómplice de genocidios, violaciones, acoso escolar y callejero? Sería ingenuo o cínico negarlo de plano. ¿Podemos regularlo? No hay país que no lo haga, pero no hay tampoco ley que pueda asegurarnos el sagrado derecho a ser invisible.

¿Cuándo y cómo el derecho a la diferencia termina en el derecho a la indiferencia? Los memes que se multiplican en la Red nos recuerdan que el lenguaje, como cualquier virus, se adapta y multiplica convirtiendo un solitario piropo callejero en el comienzo de una epidemia de piropos virtual. Es quizá el final esperable de todas esas nuevas prohibiciones: las calles cada vez más controladas dejan a la Red como una calle sin cuerpos presentes, donde las identidades se difuminan y confunden. La vigilancia es en ella, no por más virtual, menos permanente.

 

 

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