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El insoportable cinismo de Aznar

El PP señala al silencio del patriarca para desvincular a Rajoy de los casos de corrupción y vengar su vinculación a Ciudadanos

José María Aznar y Mariano Rajoy durante una reunión del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Popular. En vídeo, entrevista a Aznar en la Cadena Ser en noviembre de 2017.

No está claro si Aznar tenía un Gobierno o si pretendía asaltar el tren de Glasgow. Porque se le están amontonando los ministros implicados en casos de corrupción. Y porque la detención de Zaplana con las sirenas de la Guardia Civil demuestra que el expresidente del Gobierno descuidaba el escrúpulo de los castings. La imagen de su Ejecutivo en las escaleras de Moncloa parece una rueda de reconocimiento. Un círculo rojo caracteriza el tormento judicial Rodrigo Rato, de Jaume Matas, del propio Zaplana. Y sobrentiende el papel tutelar de Aznar como cabecilla inmune e impune del laberinto en que ahora se halla preso Rajoy.

La responsabilidad in vigilando se antoja tan embarazosa como la opulencia de la boda escurialense. La megalomanía de Aznar en el monasterio de Felipe II es el pecado venial de la orgía de corrupción en que incurrieron los invitados y que ahora ha quedado escarmentada con la sentencia ejemplar de la Gürtel. No bastan las conjeturas para señalar el papel inductor de José María o la autoría intelectual, pero sobran las impresiones y las exhibiciones para identificar en aquellos fastos nupciales el descaro de la cultura del cohecho, de la comisión, del blanqueo y de la obscenidad.

La resaca de la corrupción en tiempos del aznarismo amenaza con sepultar las últimas opciones políticas del PP. Se explica así que la exhumación de Zaplana haya pretendido resolverse en Génova como una manifestación extemporánea del antiguo régimen, hasta el extremo de que los populares identifican el silencio de Aznar como un gesto de cobardía o como una expresión de complicidad. El objetivo no solo consiste en hacer responsable al antiguo jerarca de los años del pelotazo y de las sentencias en curso, sino en fomentar el papel candoroso e impecable de Rajoy. Sería la de Mariano una corrupción heredada. El presidente del Gobierno ha encontrado oxígeno de baja calidad en los socorristas del PNV, pero la estabilidad que le garantizan los Presupuestos se expone a la conspiración de los esqueletos. Han salido de sus tumbas los fantasmas del aznarismo. Y va a resultarle muy difícil desvincularse de ellos. Entre otras razones porque el propio Rajoy,  atrincherado en la superstición de los "casos aislados", proviene de aquella época oscura y porque proliferan los escándalos contemporáneos. Bárcenas era “su” tesorero de confianza. Rato fue “su” presidente de Bankia. Rita Barberá prosperó a su vera. Incluso la trama del PP madrileño operó debajo de su despacho.

Aznar ha logrado sustraerse a las fechorías que cometieron sus ministros y sus compadres. Acusa a Rajoy de haber dilapidado el patrimonio político que le dejó en herencia, pero se desvincula al mismo tiempo de los escándalos que van a laminar la credibilidad del PP. La lentitud de la Justicia se entromete en la agonía de Rajoy como el agua de antiguas tormentas, de forma que los aliados del presidente han decidido matar al padre Aznar. No ya como referencia atmosférica de las antiguas corruptelas y como fusible de los escándalos que se avecinan, sino porque se ha erigido en adulador y protector de Albert Rivera, ungiéndolo en la intimidad como campeón del liberalismo y del patriotismo. Estremece la paradoja: Aznar elude su responsabilidad en la época más nauseabunda del PP y aspira a convertirse en evangelista de la victoria de Ciudadanos.

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