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Pasiones

Maxwell Reed y Joan Collins, en la recepción de su boda en 1952.
Maxwell Reed y Joan Collins, en la recepción de su boda en 1952.

Se conocieron durante unas vacaciones en un pueblo donde ella se había aislado del mundo y de su última decepción amorosa. Él tenía en común con sus anteriores compañeros su destreza entre fogones.

Tras cada relato hay al menos dos versiones que, lejos de desmentirse, completan la relectura de lo sucedido a partir de los fragmentos que con el tiempo se van incorporando a la historia. Al menos eso pensaban las amigas de Valentina, que veían cómo sus idilios, lejos de inmortalizarse en noviazgos duraderos, se consumían pasado un ciclo que oscilaba entre los 6 y 36 meses. Ricardo subió la media en la duración de los romances, dejando la medida de las aspiraciones hacia la eternidad en algo más de tres años.

Se conocieron durante unas vacaciones en un pueblo costero donde ella se había aislado del mundo y, especialmente, de su última decepción amorosa. A lo largo de los días se cruzó con él en varias ocasiones mientras deambulaba entre las lonas y toldos que, a modo de puestos improvisados, ofrecían prendas y artesanía a los turistas. Finalmente, él probó a entablar conversación con ella, y lo que surgió como un intercambio de palabras banal prosiguió con un encuentro de miradas furtivas y una invitación a tomar algo en un pequeño bar a pie de playa. Ricardo era un hombre que rebasaba los 50 años, aunque aparentaba bastantes menos. Era de piel marrón oscura, pelo negro y una mirada serena y curiosa. Hacía un par de años que había salido de una relación tortuosa que, además de una hija, le había dejado un corazón más severo. No obstante, al día siguiente invitó a Valentina a cenar al apartamento que había alquilado y ella aceptó con una sonrisa que alcanzaba toda su cara, desde los labios hasta la frente. Durante aquel encuentro la mirada de ella saltaba desde los platos que había en la mesa, cuidadosamente preparados, hasta la cara complacida de él, que no dejaba de fijar los ojos en aquella joven tan atractiva.

En menos de tres semanas ya estaba instalada en casa de un nuevo pretendiente, con la ropa dispuesta en los cajones y el cepillo de dientes acomodado en el cuarto de baño

Tres años después, cuando la indiferencia disfrazada de rutina irrumpió, el ciclo terminó. Es difícil asumir que las relaciones se transforman y a veces devienen en decepción. Pero cuando se produce, con la desilusión llega la pérdida de expectativas y el tiempo de calidad compartido se ausenta.

Lo que ensalza o destruye una relación son las cosas sencillas, se decía Valentina a sí misma mientras el silencio en la mesa preludiaba el final. En días así, el placer se retiraba de la mesa, el estómago se hacía pequeño y las sobremesas quedaban huérfanas. En trances así, los cubiertos pesaban más de lo habitual.

Pero como sucedió tantas veces, tras el abatimiento inicial y el paso de la estima por el desguace, Valentina se repuso y emprendió una nueva relación en tiempo récord. Nada de amasar la pesadumbre o instalarse en la precariedad emocional, se decía. Y en menos de tres semanas ya estaba instalada en casa de un nuevo pretendiente, con la ropa dispuesta en los cajones y el cepillo de dientes acomodado en el cuarto de baño. Su entorno asumía que no se puede desear lo que se quiere, que el amor obedece a extrañas reglas, que la pasión nubla el entendimiento y socava el juicio, y que los instintos asedian el sentido común. Pero las sospechas nacían del hecho de que Valentina encadenaba una colección de idilios con tipos bastante mayores que ella y con los que aparentemente no compartía nada. Sus amigas fatigaban las palabras tratando de hacerle ver que esas relaciones eran insólitas y no tenían futuro.

Al expirar este último amorío, Valentina resolvió buscar consejo en un terapeuta que le impidiera perpetuar lo que sentía, las mismas ineficiencias. Fueron semanas de trabajo rastreando sentimientos y pensamientos, revisando creencias, analizando rutinas y tanteando preferencias, para concluir que la premura en hallar pareja de Valentina respondía a un hecho inapelable: no quería dejar de comer bien, algo que adoraba a pesar de no saber cocinar. A los compañeros que tuvo les vinculaba su destreza entre fogones, exclusivamente eso, haciendo patente que el barómetro del deseo, a veces, lo determina un recetario y que la confianza se recalienta charlando frente a una copa de buen vino. 

Mero al vapor con costra

Pasiones

INGREDIENTES
(para cuatro personas)

El aliño: 40 gramos de tapenade de aceitunas de Aragón (en el caso de no conseguir tapenade de olivas, triturar 40 gramos de aceitunas de Aragón sin cáscara), 80 gramos de tomate seco en aceite, 20 gramos de guindilla picada, 100 gramos de tomate fresco, 10 gramos de perejil picado, 50 mililitros de aceite de oliva. El mero: 4 filetes de mero de 160 gramos por ración.

ELABORACIÓN
El aliño:
– Picar el tomate seco, la guindilla y el tomate fresco
en brunoise (en pequeños dados). Reservar.
– Picar el perejil finamente y reservar.
– Mezclar en un bol el tomate seco, el tomate fresco,
la guindilla, el perejil, la tapenade de aceitunas de Aragón
y el aceite de oliva.

Acabado y presentación
– Cocer el mero en un horno a vapor, a una temperatura
de 84 grados con un 40% de humedad durante 7 minutos.
– Una vez cocido, disponer los filetes de mero en cada plato,
separar las lascas y terminar con el aliño.

Calorías

El mero aporta 118 kilocalorías por 100 gramos de porción comestible. Su principal macronutriente son las proteínas de alto valor biológico. Su contenido en grasa es de alrededor del 6%.

Vitaminas

Destacan en este pescado las vitaminas del grupo B, como la B12, la B1 y la B6, entre otras. En cuanto a los minerales, cabe reseñar el potasio, el fósforo y el selenio.