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LA PUNTA DE LA LENGUA

Puigdemont a bordo

Nadie le diría a un amigo “iba a bordo de mi coche escuchando la radio"

Carles Puigdemont atiende a los medios en Berlín, Alemania.
Carles Puigdemont atiende a los medios en Berlín, Alemania.

El mal lenguaje periodístico tiende a distanciarse de la manera sencilla de hablar de la gente instruida. Uno de los trucos de columnistas y redactores para tirarse el folio como si fueran de otra estirpe consiste en expresar con exceso todo aquello que se puede decir sin artificio.

Entre esos estiramientos figura la sorprendente querencia hacia la locución adverbial “a bordo”. El último ejemplo general se dio con la detención de Carles Puigdemont en Alemania. Rara fue la noticia que no incluyó oraciones como las siguientes (todas ellas reales): “El dirigente catalán fue seguido mientras viajaba junto a otras cuatro personas a bordo de un vehículo Renault Espace”. “A bordo del vehícu­lo en el que intentaba llegar a Bélgica había otras cuatro personas”. “La Policía Nacional ha ordenado investigar a los dos miembros de la policía autonómica catalana que acompañaban a Puigdemont a bordo del vehículo”. “A bordo iban dos mossos y dos amigos del expresident”.

Nadie imaginaría una conversación entre dos conocidos que se dijeran en la calle frases como éstas: “Ayer me llevó mi hermana a casa a bordo de su Opel Corsa”. “Iba a bordo de mi coche cuando oí por la radio que habían detenido a Puigdemont”. “No sé si mañana nos desplazaremos a bordo del coche o a bordo de la moto”.

Cuánto estará sufriendo en su rinconcillo la modesta preposición “en”.

La locución “a bordo de” se usa desde hace siglos para mencionar el interior de una embarcación; es decir, de lo que tiene borda o bordo (antiguamente, las lindes de un navío). Mucho más tarde se extendió a los aviones, igual que gran parte del léxico marino (“embarcar”, “proa”, “popa”, “babor”, “estribor”, “navegación”, “borda”, “nave”, “velocidad de crucero”, “bodega”…). Pero la Academia mantenía quieta desde el siglo XVIII la definición de “a bordo” (“en la embarcación”, decía simplemente), sin ampliarla a la aviación pese a la frecuencia de ejemplos como “estoy a bordo del avión”, “no se puede fumar a bordo de la aeronave”, o “los secuestradores siguen a bordo del aparato”.

El uso se ciñó a barcos y aviones durante muchos decenios hasta que a cierto gabinete de prensa policial le dio en los años ochenta por escribir cada dos por tres “los atracadores huyeron a bordo de un coche”. Recuerdo haber leído con extrañeza oraciones como ésa en las notas oficiales que llegaban a la Redacción para dar cuenta de los sucesos madrileños. La nueva expresión fue invadiendo los teletipos y los diarios porque algunos redactores la reproducían textualmente. Después empezaron a aparecer en los coches los carteles de “bebé a bordo”, copia literal del inglés baby on board (hay un bebé dentro).

La Academia percibió con el tiempo ese uso frecuente (tal vez ese abuso) de “a bordo” para los autos, y lo reconoció a partir de la edición del Diccionario de 2001. En ella señalaba ya que significa “en una embarcación y, por extensión, en otros vehículos”.

No se precisa cuáles son esos “vehículos” de la extensión, y por tanto podrían acogerse a ella todas las personas que dijesen haber viajado a bordo de una bicicleta, o quizás a bordo de un patinete. Y también los dos amigos que acompañaban a Puigdemont, quienes tendrán a su alcance alegar que formaban parte de su “dotación de a bordo”; mientras que los dos policías autonómicos, lejos de actuar como supuestos cómplices de su fuga, siempre pueden aducir que los habían contratado como tripulación.

 

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