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Razones y consecuencias de poseer 300.000 objetos

Razones y consecuencias de poseer 300.000 objetos

Durante milenios vivimos con unos pocos objetos radicalmente necesarios. Hoy todo es desechable.

Lo pensé ayer, casi sin pensarlo, cuando pegué en la pared del baño de mi casa un ganchito autoadhesivo de fina lata virgen: que no tenía ni la menor idea –ni la menor posibilidad de hacerme una idea– sobre su origen. No tenía modo de saber quién lo habría hecho, cómo sería el lugar, cómo el trabajo, cómo su recorrido desde algún rincón de la China hasta el chino de la esquina de mi casa. Como casi todo lo que usamos, el ganchito llegaba de la nada –y ni siquiera nos sorprende.

Durante milenios, las cosas que cada quien tenía tenían una historia –más o menos– conocible. El dueño de un martillo sabía que lo había hecho Lope, el del taller de la otra cuadra, el hijo de Trini, la prima del tío Perro. Ahora no –y además tenemos tantas cosas que si les conociéramos la historia no tendríamos tiempo para nada más.

Vivimos en la civilización de los miles de cosas. En Estados Unidos –donde hacen estas cuentas– un estudio reciente dice que un hogar promedio posee 300.000 cosas, “desde clips hasta tablas de planchar”. En Inglaterra un niño de 10 años promedio posee 238 juguetes, aunque juega con diez o doce. Y la investigación de una aseguradora inglesa dice que nos pasamos diez minutos por día promedio buscando cosas que perdimos: en una vida pueden ser 200 días perdidos en la búsqueda. Casi nada, comparados con los 2.000 que pasamos de compras.

Tenemos miles de cosas y hay miles de millones que no tienen casi: nosotros, el 12 por ciento de la población que vive en Europa y Estados Unidos, consumimos el 60 por ciento de los bienes del mundo –nos tragamos el mundo–, mientras que el 33 por ciento más pobre –africano y asiático– consume el 3 por ciento. Hace unos años fui a escribir sobre el Movimiento Sin Tierra en un rincón del Amazonas. Una mujer Gorette me prestó su cabaña, y yo creí que la mejor descripción de la pobreza era contar la falta: “En la cabaña de Gorette hay un machete, 4 platos de lata, 3 vasos, 5 cucharas, 2 cacerolas de latón, 2 hamacas de red, un tacho con agua, 3 latas de leche en polvo con azúcar, sal y leche en polvo, una lata de aceite con aceite, 2 latas de aceite vacías, 3 toallitas, una caja de cartón con muy poca ropa, 2 almanaques de almacén con paisajes, un pedazo de espejo, 2 cepillos de dientes, un cucharón de palo, media bolsa de arroz, una radio que no capta casi nada, 2 diarios del Movimiento, el cuaderno de la escuela, un balde de plástico para traer agua del pozo, una palangana de plástico para lavar los platos y una muñeca de trapo con vestido rojo y rara cofia. Esas son sus posesiones en el mundo, junto con 3 troncos para sentarse, un par de hawaianas, un candil de kerosén y exactamente nada más”.

Así vivimos, por milenios: con unas pocas cosas radicalmente necesarias, laboriosamente conseguidas, que conocíamos y apreciábamos. Ahora cada cosa no significa nada: es desechable, reemplazable, no vale la pena cuidarla o repararla porque es más fácil y más barato comprar otra. Y, además, nada nos da tanto gusto como comprar otras.

Contra esta polución aparecieron últimamente los “minimalistas”: personas que postulan que no precisamos tanta basura para vivir bien y que la sabiduría consiste en no tenerla. El chiste es que el sistema económico mundial necesita que “necesitemos” cada vez más cosas –porque vive de fabricarlas. Son las delicias del capitalismo global, que se piensa como un avión: si no ruge a 800 kilómetros por hora se desploma. Si dijéramos basta, si organizáramos un uso racional de los recursos, millones de personas –obreros, empresarios, empleados, empresarios, vendedores, empresarios– tendrían problemas graves. O quizás inventaríamos algo: a veces pasa.