Mensajes contra la violencia machista en Mozambique

La plataforma M-Health atiende a víctimas de maltrato en el distrito de Matola, una de las provincias con mayor número de agresiones a mujeres en el país

Anastasia, víctima de violencia de género, tiene 27 años. Fue maltratada por su pareja durante siete. Su hija, Josi, estaba presente.Tras denunciar a su ex pareja, se fue a vivir an la casa de su madre. Isac Macussede, educador social, la visita regularmente como protocolo del programa de lucha contra violencia de género.
Anastasia, víctima de violencia de género, tiene 27 años. Fue maltratada por su pareja durante siete. Su hija, Josi, estaba presente.Tras denunciar a su ex pareja, se fue a vivir an la casa de su madre. Isac Macussede, educador social, la visita regularmente como protocolo del programa de lucha contra violencia de género.Andrea Jiménez
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Entre el caos arquitectónico de edificios derruidos y moles de cemento que levantan nuevas fachadas, una valla publicitaria se erige sobre una de las carreteras más transitadas del centro de Maputo, capital de Mozambique, para lanzar un mensaje de esperanza: “Mujer, cuando tu amor se transforma en tu agresor, no sufras en silencio, ¡grita! Existe una ley a la que puedes acudir”. La campaña forma parte del programa de lucha contra la violencia de género en uno de los países subsaharianos con mayor índice de mujeres que sufren violencia.

Matola, a 12 kilómetros del corazón de la capital, es la mayor zona industrial de Mozambique y una de las provincias más afectadas por la violencia machista del país. Su distrito más popular, Ndlavela, acoge desde 2013 el Centro de Asistencia Integrada a las Víctimas de Violencia (CAI), donde organización Médicos del Mundo, responsable de la campaña, ha implantado la tecnología m-Health para ofrecer a las víctimas contacto inmediato con el centro a través del envío de un mensaje de texto gratuito al 90603.

90603 es el número que Anastasia grabó en su memoria la noche que fue ingresada en el hospital. “Llegó borracho a casa entre portazos y gritos. Me golpeó tan fuerte que tuvieron que atenderme de urgencia”, cuenta la joven. Aconsejada por una enfermera, decidió mandar un mensaje de socorro con su localización. Al día siguiente un trabajador social se presentó en su casa. La llevaron al centro, la examinó un médico y recibió asistencia psicológica, poniendo fin a los siete años de maltrato físico y psicológico del padre de su hija.

Cinco meses después de la denuncia interpuesta a su ya expareja, y bajo el asesoramiento de una abogada del CAI, esta superviviente de 27 años relata su experiencia. “Antes vivía en una jaula, ahora puedo salir a la calle cuando yo quiera, quedar con amigas o acompañar a mi hija al colegio sin tener que pedir permiso a nadie. Soy una mujer libre”.

Una de cada dos mujeres, víctimas de violencia

Anastasia es una de las más de 50 mujeres víctimas de violencia de género que fueron atendidas en 2017 por la plataforma m-Health. Las estadísticas oficiales de muertes por violencia machista en Mozambique no existen, ni siquiera las estimaciones. Solo se registran las denuncias por maltrato. “Es uno de los objetivos del sistema de mensajería: alentar a que las mujeres denuncien y apoyarlas en todo lo posible para evitar abandonos”, explica el responsable de la coordinación de la ONG en el país, Emanuele Lini.

En Matola, un 33% de los hombres justifican el derecho de pegar a las mujeres

A través de puntos locales del puesto administrativo correspondiente, la víctima puede llegar a ser atendida en el mismo día. “Todo queda registrado en la recién implementada ficha única, un expediente que guarda toda la información de la víctima, como el tipo de violencia sufrido, la situación económica o si ha habido transmisión de enfermedades”, detalla Fernando Come, oficial de monitorización, evaluación y comunicación del programa de Violencia de Género en la ONG y responsable principal de la gestión del sistema SMS.

La violencia como cultura

Relatos como el de Anastasia animan el trabajo de Come. “Solemos llegar a recibir de media una veintena de mensajes al mes, pero la mayor parte de ellos se quedan en el primero porque las mujeres dejan de contestar o desconectan el móvil”, lamenta.

Según una encuesta realizada por Médicos del Mundo en Matola, un 33% de los hombres justifican el derecho de pegar a las mujeres. “Mozambique es un país donde la gestión de la familia se hace a través de la legitimación de la violencia. Es la forma de educar a los hijos, sobre todo en las zonas más alejadas de la capital”, explica Come con resignación. “Yo mismo crecí a base de golpes”.

Isac Macussede, educador social de MDM y oriundo de Matola, recorre cada semana distintos barrios para acercar la existencia de esta plataforma a los vecindarios y hacer un seguimiento de las víctimas. “Hay que hacer entender a la población que la violencia es un crimen que debe ser denunciado y penado. Tenemos muchas mujeres con formación, ocupando cargos importantes, que fuera de la esfera pública están siendo maltratadas. Pero no denuncian. Casos como el de Josina son muy excepcionales”, menciona Macussede haciendo referencia al mediático caso de Josina Samora, la hija del expresidente de Mozambique Samora Machel que denunció a su agresor.

Una de las razones es la falta de apoyo que enfrentan las víctimas en su propio hogar. “Si las familias apoyasen a las mujeres, los hombres dejarían de maltratarlas porque no contarían con ningún tipo de protección”, recrimina el trabajador. De hecho, muchos de los casos que acuden al CAI son derivados de conflictos patrimoniales. “Atendemos diariamente a mujeres que sufren acoso por parte de distintos miembros de la estructura familiar, como viudas que tras la muerte de su compañero se han quedado sin nada”, explica Lucía Celestino, psicóloga del CAI.

Pero las consultas más comunes que atiende Celestino las ocupan las agresiones sexuales. “Las violaciones son una epidemia”, asegura la especialista, que señala como los casos más difíciles aquellos que implican a menores. “A veces recibimos niños que no llegan a los cuatro años con muestras de agresiones sexuales. Lo más duro es desconocer si fueron agredidos fuera o dentro de casa. Estos casos son muy desalentadores porque casi nunca se acaba conociendo al autor del delito”.

La cooperación se queda sin fondos

El CAI también cuenta con un centro de rehabilitación para víctimas sin medios, limitado a ofrecer nada más que una cama y agua para el aseo. “No contamos con financiación pública para el centro, que sobrevive gracias a nuestros socios y a proyectos externos. A veces nos apoya el Instituto Nacional de la Acción Social mozambiqueño, pero no hay dinero para mantenerlo debidamente”, explica Lini. Matola es una provincia muy grande y el equipo que dirige el cooperante muy reducido. “Si tuviéramos acceso a más fondos podríamos apoyar más centros y trabajar en más distritos”, afirma.

Los recortes de los últimos años en la financiación a la cooperación han hecho mella en las estructuras de las ONG y consecuentemente en la ejecución de sus presupuestos. Mientras las políticas de la cooperación española se encuentran en mínimos históricos, las organizaciones consiguen sobrevivir gracias a las campañas de sensibilización, que han disparado los ingresos privados.

Feminismo frente a tradición

Mozambique, un país a la cola del Índice de Desarrollo Humano (IDH), en el que ocupa el puesto 181 de 188, y con el lastre de una guerra civil de 25 años cuyas consecuencias siguen azotando la memoria de su población, no es terreno fácil para la cooperación.

Tenemos muchas mujeres con formación, ocupando cargos importantes, que fuera de la esfera pública están siendo maltratadas. Pero no denuncian

A la fragilidad de sus instituciones democráticas y a la drástica situación de los recortes para la ayuda humanitaria, se suma la complejidad que acarrea trabajar de la mano del sector público mozambiqueño, dependiente al 80% de la financiación externa de los donantes.

Haciendo frente a estas dificultades, Médicos del Mundo ha conseguido poco a poco posicionarse como un referente en la lucha de violencia de género. “Estamos a punto de implementar conjuntamente con el Ministerio de Igualdad la ficha única de atención integrada a más mujeres víctimas de violencia en el resto del país”, celebra Lini.

Un paso enorme, incluso para un país que encabeza la lista de los adelantados en políticas de igualdad en el sur de África debido al elevado porcentaje de diputadas que ocupan las sillas de su parlamento. “Las mujeres empiezan a tomar representación en las instituciones, pero el discurso que llega a la población en torno a la violencia machista desde el poder sigue reduciéndose a que las mujeres ni se dejen pegar ni se dejen violar. Un sistema que asigna las tareas de la casa y la gestión de los hijos a la exclusiva responsabilidad de la mujer, dista mucho de ser igualitario”, lamenta Lini.

Las estadísticas oficiales de muertes por violencia machista en Mozambique no existen, ni siquiera las estimaciones

Para acabar con esa disparidad, para exterminar esas prácticas diarias de subordinación de la mujer hacia el hombre, tan arraigadas en la tradición como asumidas por la estructura social mozambiqueñas, “es necesario que el discurso feminista cale a través de la educación y la sensibilización”, cree Lini. Charlas en colegios, actividades de empoderamiento para que las mujeres tomen conciencia de su derecho y sus posibilidades de ser independientes; debates, obras de teatro y otros talleres dirigidos también a hombres que hagan replantear los roles de género en las comunidades y remuevan conciencias.

“Hasta llegar a esa igualdad, tenemos que seguir trabajando para que la difusión de nuestra plataforma llegue a todos los vecindarios, que todas las mujeres sepan que existe un número que las puede ayudar”, comenta Macussede mientras señala por la calle distintos anuncios que visibilizan la labor de la organización en la zona. Con carteles enormes que bordean las carreteras principales del centro de Maputo, los que cuelgan en la entrada de hospitales y centros sociales, o hasta de la puerta de pequeños comercios de alimentación en los barrios más humildes de las zonas rurales.

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