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ANÁLISIS

No en nuestros cráneos

Cajal se peleó contra los nacionalistas catalanes del cambio de siglo; ¿podemos extraer alguna lección?

Autorretrato de Cajal en su laboratorio de Valencia, hacia 1885. Ampliar foto
Autorretrato de Cajal en su laboratorio de Valencia, hacia 1885.

He leído u oído, solo unas pocas veces, que el independentismo catalán es del tipo "etnicista", que es una forma británica y calmosa de decir racista. Pese a que mis amigos catalanes me han contado algunas conversaciones privadas incómodas, sigo creyendo que los independentistas no lo son por etnicismo, sino por convicción política. Pero esto no siempre fue así. Lee en Materia las evidencias aplastantes de racismo que lastraban al nacionalismo catalán en el anterior cambio de siglo (el del XIX al XX), y cómo el genio de Ramón y Cajal explotó contra esas ideas retrógradas y pseudocientíficas. La forma de los cráneos como argumento del supremacismo. Qué vergüenza histórica.

En 1899, el médico Bartolomé Robert dio una conferencia titulada "La raza catalana", donde exponía "la sólida prueba del índice cefálico de las distintas razas, siguiéndolas en su camino a través de España". Según el doctor Robert (¿no hay una canción de los Beatles que se llama así?), los valencianos tenían una cabeza ovalada, muy diferente de la redonda que caracterizaba a los primitivos habitantes de la península, esos que venían de África, tú sabes, toda esa gentuza. El cráneo catalán, dijo el doctor Roberts, era intermedio entre los de la jungla y los de los països del Levante, ¿eh?, no mezclemos las razas y las cosas.

"Nuestra nacionalidad subsiste y no se confundió en la hegemonía castellana o francesa, porque tiene una base étnica propia y fundamental (revelada, entre otras cosas, por el cráneo sardo, el más numeroso en Cataluña y aún en Valencia y Mallorca)", escribió luego el historiador José Pella y Forgas.

La especie humana es la más homogénea del planeta Tierra

Por desgracia para estos teóricos del caos, Europa es "genéticamente muy aburrida, como dice el gran evolucionista Jaume Bertranpetit, de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Si ya la especie humana es la más homogénea del planeta Tierra –como corresponde a nuestro origen reciente, hace unos 200.000 años—, los europeos somos homogéneos al cuadrado, un verdadero rebaño de ovejas bajo el prisma de la genética. Hay diferencias relevantes entre una persona y otra, pero no se debe a su origen étnico, sino a la variabilidad individual dentro de cada población. Haber nacido en un territorio u otro es irrelevante, salvo en la mente de los fanáticos.

El asunto de medir los cráneos hunde sus raíces en el mismísimo Darwin, y sobre todo en su primo listo, Francis Galton. La selección natural –el mecanismo evolutivo que descubrió Darwin— implicaba unas transiciones graduales y parsimoniosas. Si la evolución humana se había basado en ella, cabría esperar que las distintas islas remotas y continentes inexplorados mostraran distintos grados de evolución hacia el cerebro victoriano. El primo Galton refinó esa hipótesis hasta donde pudo en su tiempo. Todo aquello quedó en nada.

Las poblaciones humanas somos genéticamente "aburridas". Los nacionalismos tendrán que buscarse otra excusa.

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